Jueves, 14 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Entrada del cementerio de Tamalameque (Cesar, Colombia)

 

Dicen que si quieres conocer realmente cómo son los moradores de un pueblo, debes visitar su cementerio. En el campo santo encuentras pistas significativas que te develan los rasgos de comportamiento de sus habitantes. Esta tesis me la explicaba un amigo andino que visitaba a Tamalameque. Lo llevé a nuestro cementerio católico, el cual recorrió con la curiosidad propia de un sabueso que husmea rastros para seguir su presa. Leyó en silencio la frase que hay en la única entrada, hizo una visita general por los desordenados pabellones y luego volvió sobre sus pasos mirando lápidas y epitafios, se fijaba mucho en las fechas escritas en dichas placas, me formulaba pregunta sobre los difuntos, sus familias, sus formas de vida, oficios u profesiones y entre preguntas aventuraba unas conclusiones que me sorprendían.

No sé de dónde sacó tremenda tesis, lo cierto es que al final del fúnebre paseo me dijo con mucha seriedad, ustedes son un pueblo que se debate entre la tradición y el abandono de su cultura, en algunos aspectos siguen fieles a sus mayores, pero en otros, la mayoría, emprendieron el viaje del olvido. Los tamalamequeros tienen mucho arraigo familiar y un sentido de respeto y amor por sus mayores, pero el embate de la modernidad les empuja a no seguir sus costumbres y tradiciones. En fin, me hizo casi que una radiografía de lo que éramos, de lo que somos en estos momentos y acuñó una predicción sobre nuestro futuro.

Debió notar mi incredulidad, me miró directo a los ojos y me dijo: ¿No me crees? —y con gesto de desencanto sentenció— cuando me vaya, visita el cementerio y trata de hacer por tu cuenta el recorrido que acabamos de hacer, saca tus propias conclusiones.

Hace poco me acordé de mi amigo y tomé la decisión de hacer el recorrido, lo hice tomando los mismos referentes y sí, llegué a la conclusión de que mi amigo tenía razón. Observé muchas tumbas abandonadas, tragadas por la maleza, otras derrumbadas y destruidas por el paso del tiempo, en cambio vi otras con una especie de boato, adornadas y arregladas con la dedicación con que las familias honran a sus muertos.

Pensé en esas familias, en su formación y forma de vida y encontré que los apellidos de las tumbas abandonadas en su mayoría eran gentes humildes y de escasos recursos, de grado de escolaridad promedio en la básica primaria, que se desempeñaban en oficios varios y que tenían muy bajos ingresos, aclaro no todas, pues algunas tumbas de esas familias estaban arregladas con humildad y sobriedad, limpias y sin malezas. Otras en las que sus apellidos descendían de familias adineradas, observé que eran bóvedas sólidas construidas en concreto y con buenos acabados, pero al igual que las de familias humilde había tumbas abandonadas y derruidas, tapadas por la maleza y el olvido.

En la entrada principal de nuestro cementerio católico, en una placa de mármol llena de moho reza una frase que dice: «Aquí comienza el viaje a la eternidad», si entendemos la muerte como la eternidad de la nada, donde termina la vanidad y dónde se igualan los muertos, podíamos decir que en el sentido general y profundo es verdadera, ahí todos somos iguales, polvo que se convierte en polvo, despojos humanos que se deshacen por descomposición, osamentas con iguales partes, no hay fealdad ni belleza, no hay vanidades ni oropeles, esqueletos desnudos, restos mortuorios de humanos despojados de riquezas y pretensiones.

Otra cosa son sus dolientes, sus familiares vivos que cuidan afanosamente sus sepulcros, otra cosa los desagradecidos que olvidan a sus muertos, los que les niegan unas flores, los que son tacaños en elevar siquiera una oración por sus seres queridos, nunca hacen una visita o limpian la sepultura de sus difuntos. Entre estos dolientes, los hay, de los que muestran compasión, agradecimiento y compromiso familiar por honrar a sus seres queridos. Hay otros que muestran ostentación y riqueza al edificar bóvedas con algo de fastuosidad y orgullo tratando de mostrar más su poder económico que respeto por sus muertos.

Un amigo, mamagallista empedernido, me contó que a la entrada del cementerio de Mompox rezaba una frase culta: «Aquí confina la vida con la eternidad» y que en esa alegría permanente de nuestra gente, algún vago. con el gracejo y sabor popular del hombre del río, escribió lo mismo en una de las paredes de la entrada de un cementerio de un pueblo cercano, pero en lenguaje popular: «Aquí torció la puerca el rabo»

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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