Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

 

I

En la Avenida El Dorado los carros formaban pasillos por los que caminaban vendedores ambulantes. Sobre el puente de la Avenida Sesenta y ocho había otra fila de carros y buses. MariaTé recordó sus días en Bogotá: las madrugadas, los trancones, los buses con personas colgando de las puertas. Las tardes de más buses y más trancones. Cinco años de esa rutina. Cinco años en los que la ciudad se llenó de escombros.

Como ella.

Como su matrimonio.

Regresaba a la ciudad gracias a que Rodrigo, su ex-esposo, le escribió un e-mail después de dos años de silencio. Lo veía todos los días en el buzón sin decidirse a leerlo. Un domingo lo abrió llevada por el ocio. Era un correo que removió aguas profundas: Rodrigo detallaba las razones por las que Cristina, la mamá de él, había estado al borde de la muerte. Entre la historia de la hospitalización y los posteriores días de recuperación, dejó claro que estaban cerradas las heridas de la ruptura: “sólo queda una cicatriz que no incomoda ni duele”.

En el posterior intercambio de emails, MariaTé se enteró que Rodrigo vivió en casa de su hermana durante un año. Luego se fue a la casa de Cristina porque no le daban trabajo por la edad y los antecedentes clínicos. Por su parte Rodrigo supo que MariaTé encontró trabajo en Santa Marta después de errar por empleos y ciudades, sin que se acomodara en ningún lugar.

Al final del segundo mes de correos, MariaTé dejó de atormentarse con la idea de que todos habían conocido los detalles de la ruptura.

—Es asunto de los dos y sólo queda entre nosotros —dijo Rodrigo en una llamada.

Quizás esa fue la razón por la que ella decidió comprar los pasajes para irse a visitar a su ex-suegra. Al bajarse del taxi contempló la casa de Cristina. Se veía igual: el antejardín crecía en la misma anarquía de años atrás y el desagüe tenía la misma costra de óxido en el codo que está sobre el marco de la puerta. Tomó aire y pulsó el botón. El mismo timbre agudo. Levantó la mirada y vio en la ventana de la casa vecina a la mujer que asediaba a Rodrigo desde su adolescencia. No hubo navidad que no lo abrazara ni año nuevo que no le diera un beso cerca de la boca. Como tampoco hubo oportunidad que no la mirara a ella como si le dijera que Rodrigo sería suyo algún día.

—Gorda de mierda —susurró MariaTé sin dejar de mirarla.

La vecina levantó el dedo mayor y cerró la cortina. MariaTé sintió una punzada en la boca del estómago al pensar que era probable que se le hubiera cumplido el sueño de acostarse con Rodrigo. Finalmente tuvo el camino libre por varios años.

—¡Hola! —dijo Rodrigo a su lado.

MariaTé gritó. No lo había sentido: Rodrigo tenía pasos de gato. Nadie lo sentía llegar o irse. Parecía una sombra que se filtraba por las paredes. Rodrigo soltó una carcajada y después le dio un beso en la boca que ella no esperaba. Entraron a la casa.

En la sala estaba Mariana, la hermana de Rodrigo, quien la contempló de los pies a la cabeza. MariaTé la miró sobre el hombro. Se detestaban con el odio sordo y sin tregua de las mujeres que compiten por el mismo hombre. Saludó a Cristina dándole la mano. Estaba pálida. Eran evidentes los estragos de la enfermedad.

—Les traje unas bobadas de Santa Marta —dijo MariaTé para romper el silencio. Le entregó la bolsa a Rodrigo quien se inclinó para darle otro beso. Ella movió la cabeza para que sus labios se estrellaran contra la mejilla.

Mariana se puso tensa y después miró hacia el piso al tiempo que se rascaba la nuca.

—¿Cómo vio Bogotá? —preguntó Cristina.

—Está igual que cuando me fui: los mismos trancones y las mismas calles rotas.

—¿Y cómo está Cali?

—No sé, doña Cristina, no he vuelto desde que murió mi mamá. Llevo tres años viviendo en Santa Marta, donde soy jefe de Talento Humano de la Drumond.

—Imagino que también abandonará la empresa como acostumbra hacer con todo —aseguró Mariana.

Quiso responderle que ella no tenía la costumbre de dejar todo tirado. Que fue vergüenza y no deseos de abandonar el matrimonio lo que decidió su huida. Sin embargo dijo:

—Creo que es hora de irme.

—Pero acaba de llegar. ¿Quiere acompañarnos a comer? —preguntó Cristina tomándola de la mano al tiempo que le abría los ojos a Mariana para reprocharle su imprudencia.

—Muchas gracias doña Cristina, pero creo que no es buena idea.

—No me haga ese desplante.

—Me da pena. Es que…

—¿Cuál pena?, si eres de confianza. Ya mismo acomodo la mesa —interrumpió Rodrigo. Después se fue hacia el comedor.

Minutos después estaba lista la mesa.

Rodrigo acarició la mano de su mamá antes de sentarse. Fue una caricia dulce, espontánea. MariaTé recordó los días en los que Rodrigo la acunó en su pecho al tiempo que le rascaba la espalda hasta que quedaba dormida, los desayunos de domingo en la cama, los cuidados cuando enfermaba. Sintió el deseo de invitarlo a un trago pero sabía que no saldría esa noche porque no dejaría sola a su mamá. Tampoco lo haría para evitar una pelea con Mariana. Ella había asumido la responsabilidad de organizar su vida desde que eran niños. Con el paso de los años se transformó en una especie de esposa que lo celaba con todas las mujeres que se acercaban.

MariaTé se fue cuando terminó la comida. Pero no para el hotel, como le dijo a Rodrigo, sino a recorrer Bogotá para verla con los ojos de la madurez. Entró al primer bar que encontró en la carrera Quince. Pidió una cerveza mientras observaba a muchachitos de veinte años que bailaban como zombis enajenados. Dio dos sorbos antes de decidirse a buscar los bares que frecuentó años atrás. Pero no encontró ninguno, todos habían desaparecido. Uno tenía un cartel en la puerta que informaba que había sido clausurado por vender licor a menores de edad. El bar de León estaba cercado por la cinta de franjas amarillas y negras que pone la policía cuando se comete un crimen. Todo el sector se había reducido a cinco bares. Uno de ellos se fue llenando con las personas que bajaron de una chiva que llevaba la música a todo volumen. Una mujer que nunca había visto, y quien llevaba una corona y cinta de reina de belleza, la arrastró desde el andén hasta el bar. En la puerta MariaTé la empujó y se fue caminando hacia la Noventa donde sólo encontró sombras. No había ni un solo lugar abierto. Las farolas no funcionaban. El Parque El Virrey era una franja de tinieblas que llegaba hasta la autopista.

Detuvo el primer taxi que apareció y se fue hacia el hotel. En el trayecto recordó los años en los que vivió en Bogotá: años de rumba y desenfreno que terminaron la noche en la que los fantasmas —los suyos y los de Rodrigo— salieron a destrozar las puertas y ventanas de unas vidas que avanzó en tres patas.

II

Al siguiente día Rodrigo y MariaTé fueron a un restaurante.

—¿Qué piensas hacer mañana? —le preguntó Rodrigo a MariaTé.

—Almorzar con Andrea en su casa.

—Y supongo que estará Ángelito —dijo molesto.

Rodrigo sentía un odio instintivo hacia Ángel, el esposo de Andrea. Era un odio inexplicable si se tiene en cuenta que sólo lo había visto una vez, a la distancia. Apenas un manchón debajo del marco de una puerta. Pero desde ese momento, por una razón desconocida, sospechó que le hacía propuestas indecorosas a MariaTé.

—Sólo con Andrea; ellos se separaron hace rato.

—¿Por qué lo sabes? ¿Has hablado con él?

—Rodrigo, ¡por favor! Hablé con Andrea. ¿Qué te pasa?

A MariaTé no le molestó tanto la pregunta como el hecho de que Rodrigo tuviera razón en sospechar que se encontraría con Ángel: se había citado con él el lunes en la tarde en el lobby del hotel. Había sido una imprudencia causada, quizás, por la esperanza de que Bogotá siguiera siendo la ciudad que conoció años atrás. Pero desde la noche anterior tenía la certeza de que habían terminado los días de desenfreno para la ciudad y para ella. Tomó aire para espantar el malgenio. Se dijo a sí misma que debía enviarle un mensaje a Ángel para cancelar la cita y dio un sorbo con el que intentó ahogar el desengaño. Al rato le dijo a Rodrigo:

—¿Qué hacemos? ¿A dónde vamos?

—…

—¿Vamos a comer helado a algún pueblo?

—No sé.

MariaTé vio una sombra pasando por la cara de Rodrigo.

—¿Qué pasa?

—No tengo plata porque no he tenido trabajo estable desde que te fuiste. Me sostengo con la ayuda de Mariana, de mi mamá y con algunas cosas que me salen de vez en cuando.

Pero incluso esos trabajos ocasionales empiezan a escasear.

—Por eso no te preocupes.

—No quiero abusar de tu generosidad.

A MariaTé la conmovió el desamparo de Rodrigo. Esperaba encontrar un hombre fortalecido por las circunstancias, pero encontró al mismo niño desorientado del que se enamoró.

—Si quieres te presto y luego me pagas.

Rodrigo aceptó con un movimiento de la cabeza.

—Entonces, ¿a dónde vamos? —preguntó MariaTé animada.

—¿Qué te parece Sopó?

—¡Me encantaría! Muero por un helado.

En Sopó comieron helado y deambularon por caminos de herradura hasta entrada la noche. Después buscaron la autopista para tomar el colectivo que los llevó a Bogotá.

—Quisiera que volvamos, que lo intentemos de nuevo —dijo Rodrigo rompiendo un silencio de más de una hora.

MariaTé sintió deseos de llorar. No sabía si de tristeza o de alegría. Sólo quería llorar hasta que se desarmara el nudo que tenía en la garganta.

—¿Y tu mamá? No olvides que está enferma. Que necesita de ti, no puedes irte de su lado. No ahora —dijo MariaTé.

—Viviríamos cerca de ella.

De nuevo callaron.

—¿Por qué ahora? Te llamé por años. Te escribí. Nunca respondiste. Creí que me odiabas, que no querías saber de mí. Y lo entendía. Fue terrible lo que te hice. No sabes… —se le quebró la voz y después lloró.

Rodrigo la abrazó y le dio un beso en la frente. Las lágrimas bajaban por sus mejillas hasta perderse en la curva de la quijada 

—Estuve mal: la crisis nerviosa, la falta de trabajo. Regresar a la casa de mi mamá. Tantas cosas.

—¡Fue terrible lo que te hice! —insistió MariaTé entre lágrimas.

—Olvídalo. Haz de cuenta que nunca pasó.

—Nunca sabrás cuánto te extrañé. Cuánto te extraño aún. Todas las noches espero que seas tú quien abra la puerta de mi apartamento —la voz de MariaTé se puso ronca, como si se le hubieran atascado las palabras en la garganta.

Se besaron con la misma ternura de la tarde en la que MariaTé, acorralada por la indiferencia de Rodrigo, lo invitó a tomarse una cerveza en el Café Pasaje.

III

—¿Por qué no trajo a la señora esa? —le preguntó Mariana a Rodrigo durante el almuerzo.

—MariaTé está almorzando con Andrea, una amiga del trabajo.

—La recuerdo vagamente. Imagino que ella también es una pe…

—Mariana, por favor —la interrumpió Rodrigo antes que la llamara perra, como acostumbraba hacerlo.

Silencio.

—¿A dónde fueron?

—A almorzar y después dimos una vuelta por Sopó.

—Si ve mamá lo que usted hizo con él: debió mimarlo menos, darle más rejo para que se convirtiera en un hombre de verdad y no se hubiera metido con esa vieja que…

—Mariana —nuevamente la interrumpió Rodrigo con un tono de voz que se acercaba más a la súplica que a la orden.

—¿Qué? ¿Cómo se les llama a las mujeres que…?

—Mariana, por favor. Mi mamá está enferma. Respétela aunque sea en el almuerzo.

—Ahora viene a hablar de respeto, cuando fue usted el que la trajo a la casa.

—Vino a visitar a mi mamá y ella no tuvo problema de recibirla.

—Y todavía la defiende. Eso sí es ser muy pendejo en esta vida. ¡Mamá: dígale algo!

—Tiene cuarenta años; sabe lo que hace. Y no se habla más del asunto.

Callaron. Sólo se escuchaban los cubiertos golpeando los platos.

—Le propuse a MariaTé que lo intentáramos nuevamente.

—¿Qué? ¡Está loco! —gritó Mariana—. ¿Olvidó la madrugada que llegó a mi casa a punto de desmayarse? Me tocó llevarlo a urgencias. Y después la crisis. La clínica de reposo. Sólo Dios sabe todo lo que tuve que hacer para cuidarlo. Casi pierdo el trabajo por su culpa. Y ahora viene con el cuento que va a volver con ella. ¡Por favor! Tenga pantalones. No se deje ver las huevas de esa perra.

—¡Mariana!, —gritó Rodrigo.

Era la primera vez que la gritaba. Cristina se levantó, dejó el plato en la cocina y subió a su cuarto sin decir una palabra.

—A ver, genio, ¿qué va a pasar con mi mamá? —preguntó Mariana intentando contenerse.

—Vamos a vivir a tres cuadras.

—Suena muy bonito, pero eso no es soplar y hacer botellas.

—La semana pasada alquilé un apartamento.

—¿Cómo va a pagar el arriendo?

—De la misma manera que pagué el anticipo.

—¿Robando a mi mamá?

—¡Deje de joder! ¡Está celosa y ardida porque es una solterona de cuarenta y… —dejó la frase inconclusa. Sabía que había hablado más de la cuenta. Se sentó y continuó comiendo.

—Vea, Rodrigo, haga lo que le dé la gana. Lo único que le digo es que haga de cuenta que me morí. ¿Bueno?

Se levantó, llevó el plato a la cocina y se fue dando un portazo.

IV

En la noche se encontraron MariaTé y Rodrigo en Café Pasaje para evocar la primera cerveza y el primer beso. A las once fueron al bar del hotel y a las tres subieron al cuarto donde tuvieron sexo hasta que les cogió el sueño. A la mañana siguiente el hotel estaba solo. Apenas se sentía el rumor de pasos apagados por el tapete. MariaTé dormía con la cabeza doblada al tiempo que Rodrigo pensaba en la pelea del día anterior. Se levantó, se puso la camisa, el pantalón y los zapatos.

—¿No piensas bañarte? —preguntó MariaTé con la voz enredada en las telarañas del sueño.

—Tengo un hambre tenaz. Dudo que aguante un segundo más.

—Pidamos al cuarto.

—Sabes mejor que yo que se demoran una eternidad para traerlo. Y más a esta hora —dijo señalando el reloj de su muñeca.

Dieron dos golpes a la puerta. Silencio. Dos golpes más, pero los dieron con la palma de la mano.

Rodrigo abrió la puerta asustado: creía que había sucedido algo grave, pero no fue así: Ángel estaba al otro lado de la puerta, tambaleante y con sonrisa idiota. Rodrigo lo miró de los pies a la cabeza: zapatos sucios, jean grasoso, chaqueta de cuero con los puños y el cuello carcomido y una botella de aguardiente en la mano derecha.

MariaTé se apretó la cara con las dos manos, recordando que había olvidado cancelar la cita.

—Buenas tardes señoras y señores —dijo Ángel en el vano de la puerta—. Disculpe —le dijo a Rodrigo mientras lo empujaba con la mano en la que tenía la botella.

La situación desbordaba a Rodrigo. Por un momento tuvo la sensación que era una pesadilla causada por la mezcla de alcohol y medicamentos psiquiátricos.

—Oiga, ¡qué le pasa imbécil! —gritó MariaTé desde la cama, al tiempo que se cubría el cuerpo con las cobijas.

—Ahora se va a poner arisca porque su maridito está presente —susurró Ángel mientras daba un paso hacia la cama—. Acuérdese que usted misma me invitó; hasta me dio el número del cuarto —continuó.

Puso la botella en medio de las piernas e hizo el amague de meter la mano en el bolsillo. La chaqueta le incomodaba. Levantó el brazo violentamente, como si quisiera rasgarla. De su brazo izquierdo emergió el tatuaje de un ancla verde, con los filos oxidados. Rodrigo sintió una marea oscura que subía desde el fondo del estómago cuando vio el tatuaje. Le temblaron las piernas. Sintió vértigo y náuseas. La escena le recordó la última noche de su matrimonio: era la despedida de la empresa, bebió y río hasta que cayó en cuenta que hacía buen rato que no veía a MariaTé. Fue a buscarla. Deambuló por oficinas con decenas de escritorios separados por tabiques de un metro de altura que parecían zozobrar en el silencio del amanecer. En el quinto piso vio una luz encendida. Avanzó dando pasos que se amortiguaban por un tapete negro con líneas grises. Cuando estuvo a treinta metros de la oficina, vio las piernas desnudas de un hombre sentado sobre el escritorio y MariaTé haciéndole sexo oral. Tenía los ojos cerrados. El movimiento de su cuerpo y el palmoteo sugería que otro hombre la estaba penetrando por detrás. Los senos se movían como si estuvieran hechos de una sustancia espesa. Una mano salió detrás de la puerta. Los dedos se hundieron en su cabello, giraron, lo apretaron y jalaron lentamente. Rodrigo, a pesar de la distancia, vio claramente que el brazo tenía el tatuaje de un ancla. Entró a la oficina vecina antes de que lo vieran. Contempló la pantalla del computador cubierta con papelitos amarillos. Cerró los ojos mientras escuchaba palabras entrecortadas, gritos ahogados, golpes de las piernas contra las nalgas y susurros que se deshacían en gemidos. Su corazón se desbocó cuando tuvo consciencia que los gritos de MariaTé eran provocados porque era penetrada por dos hombres. Un deseo oscuro le subió del fondo de las entrañas. Se bajó los pantalones y se masturbó con rabia. Después se fue para la casa de Mariana.

—¡Haga que me respeten, maricón de mierda! —le gritó MariaTé a Rodrigo para que saliera de su letargo.

Ángel le apuntaba con el pico de la botella a MariaTé mientras le decía perra. Estaba apoyada en las rodillas y al parecer no le importaba que Ángel la viera desnuda. Rodrigo la miró a los ojos, dio media vuelta y salió del cuarto dando un portazo.

Mientras caminaba por la Avenida El Dorado sabía que iría a la casa de Mariana. Era probable que lo consolaría como hizo la noche que llegó desorientado y con nauseas. Fue paciente: escuchó las frases entrecortadas con las que pretendía relatar la búsqueda, el sexo oral, la doble penetración y el pajazo en la oficina vecina. Le limpió las lágrimas de sus lloriqueos de maricón de mierda, como le acababa de decir MariaTé. Lo acostó en su cama, lo peinaba con la mano como si fuera un niño, le desabotonó la camisa y el pantalón. Ella se desvistió con movimientos acelerados, con las manos temblorosas. Hablaron desnudos hasta que el amanecer se filtró por las cortinas.

La brisa levantó una espiral de polvo y hojas secas en la Avenida El Dorado. Al fondo se veía el puente de la Avenida Sesenta y ocho con una fila de buses en su lomo. Lamentó haber dejado la chaqueta en el hotel. Levantó el cuello de la camisa y caminó entre los escombros de una ciudad que se hundía en la oscuridad.

 

Diego Niño

@diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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