Sábado, 16 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Creo que todos, en algún momento de nuestras vidas, sentimos esa desazón interior que nos indica que no estamos sintonizados con la comunidad donde vivimos o con la institución donde laboramos. Sentimos como una punzada en el alma, señal de que estamos desalineados con nuestro entorno, que los intereses personales, no compaginan con los del colectivo.

Últimamente vivo sintiendo esa sensación y noto en las redes a gran cantidad de amigos y contactos con igual síntoma. Se refleja en los estados publicados, en los memes y comentarios el sentir de muchas personas que, con sentido crítico, sienten irse en contravía con sus grupos. Cada vez son más las personas que muestran su desencanto por la poca reacción de un pueblo como Colombia, que sucumbe ante la indiferencia, un pueblo que pareciera que está de acuerdo con la suerte de desventura a que lo tienen condenado sus políticos y dirigentes.

En un pueblo donde se destapan los mayores escándalos de corrupción y se alborota el avispero de la prensa y de la crítica, que con grandes titulares hace el despliegue de la denuncia repitiéndola por semanas enteras, hasta la saturación del público, que en última instancia no quiere saber más de lo mismo, pues el desencanto es tal, que de memoria sabe que esa sobresaturación lleva como propósito fines políticos y electoreros de acuerdo con los intereses de los dueños de los medios. Sabe el pueblo que, semanas después, comienza -o más bien continúa- la desinformación, ya que en forma sistemática comienzan las excusas de los implicados y la suavización de la noticia buscando hacerle el lavado cerebral al público, que ya corre entretenido detrás de otro gran escándalo. Pues con un acto de corrupción mayor tapan al anterior, como si de romper récord de bandidajes se tratara.

En las redes se refleja el resultado de esto, encontrando comentarios sobre los diferentes casos, unos defendiendo los implicados y otros clamando justicia, unos publicando mensajes críticos y otros a la riposta con una agresividad enorme que incluye insultos y amenazas. En tanto otros utilizan el sarcasmo para enmarcar sus críticas, las cuales me parecen ingeniosas y por cierto las leo y me las gozo. Incluso, algunas por el ingenio y la criticidad, me permito compartirlas en mi muro.

En el caso de los municipios y los pueblos, se replica con mayor ahínco la actitud nacional, pues acá en estos pequeños poblados de la costa uno lee y escucha cosas que lo dejan pasmado, bien por el descaro y desparpajo con que se dice, o bien por la ignorancia de quién las emite que no sabe la dimensión del despropósito de lo dicho. En estos pueblos se escucha expresiones tales como: “Todo el que llega a la alcaldía o a la política va a robar” y no falta lógica y verdad en lo dicho, no obstante el pueblo da por sentado que ésta es la norma y que no hay manera de cambiarlo, desconociendo que en el ejercicio ciudadano del voto está la cura, pues se debe votar por personas que muestren rasgos de honradez y transparencia, sé que estos son escasos, pero los hay.

Escuchar decir a defensores de una administración: “Es que ellos también tienen derecho a comer, así como comieron los demás”, y decirlo con una naturalidad que nace del desencanto y de la permisividad, donde se legaliza la corrupción al ser aceptada por el común de la gente, es por decirlo de alguna manera un acto de entrega de la decencia hacia la deshonestidad colectica que acolita y aplaude el fraude y el robo del erario como cosa natural y lícita.

Este es un país donde se desorienta fácil el ciudadano, encontrando que es más fácil que los guerrilleros de la FARC cumplan su palabra de desarmarse y reintegrarse a la sociedad a que los políticos y mandatarios actúen con decencia. Así es fácil desalinearse, es fácil sentirse incomodo dentro de una sociedad que se descompone y corrompe sin sentir los síntomas de la metástasis del cáncer de la corrupción que de los políticos pasa a la sociedad. ¡Es necesario un cambio de mentalidad!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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