Jueves, 22 de feb de 2018
Valledupar, Colombia.

 

Caminar por las calles de Valledupar es un acto de encuentro del hombre con la naturaleza. Al paso, los mangos que se yerguen sobre el suelo saludando a la majestuosa Sierra, que mira nuestro andar bajo la vigilancia cómplice de la brisa y el susurro del Guatapurí, que camina presuroso a los brazos del Magdalena, bajo el pacto de una luna de miel en las aguas de La Ciénaga Grande de la Zapatosa.

Es este mismo valle de amaneceres y acordeones, de canciones y amores, bajo este mismo cielo, en esta misma calle deambula el poeta con el saco del olvido en su hombro, con la condena del anonimato, durmiendo quizás sobre la estera de la indiferencia colectiva; pero con la lámpara de la sensibilidad que le alumbra una nueva óptica, puede iluminar la oscuridad que lo margina y hacer eclosionar el poema en este desierto de abulia. Como un vagabundo con los enseres de su recuerdo en la mochila, con las lágrimas del desamor como tinta, plasma en el papel de la vida el acontecer desapercibido de los humanos.

El sol abraza al valle y los frondosos árboles de caucho de la gobernación del Cesar sirven de paliativo a la inclemente sofocación, y es en ese punto donde encuentro al poeta cargado de letras, preñado de prosas y revestido de la dignidad que da la literatura; al ver al poeta que me extiende un manuscrito de 10 hojas rudimentarias en forma de libro, lo hojeo y al otear su contenido me encuentro con un bello poemario con el título Jardín de pringamozas, firmado por César González. Al levantarme de la jardinera el joven me dice: “si compra este poemario y el de mi compañero de allá, le cuesta cinco mil los dos”;  adquiero el producto, el otro se llama Chinchurrias para el alma, de Andrés Cuadro; al sumergirme en mis ratos de ocio sobre estos dos poemarios encuentro la rebeldía de Gómez Jattin, y pienso nuevamente en la sociedad que no conoce al poeta y el aparato estatal que lo ignora, pero también pienso en la valentía de los dos escribanos de afuera, que como Florentino Ariza se rebelan al olvido y plasman en sus versos sus ideas, sus sentimientos, o quizás burlándose de la sociedad misma como Gómez Jattin de los cereteanos que lo señalaron y lo ignoraron; pero también, los poetas adulan al amor y la gente como el loco de Cereté lo hizo en su momento con su Cereté de Córdoba.

Bajo a la hora de salida de mis labores y me encuentro en el Parque de Las Madres con cuatro locos de la poesía que le cantan a la vida, entre ellos una chica que plasma en sus versos miedos de infancia; mientras recita, enciende un cigarrillo, habla al compás que el humo se esparce en su rostro, ella luce su cabello alborotado y pantalones rotos, Laura Bracho es su nombre y la poesía es la puerta por donde sale de su encierro.

César es un joven que viste de bermudas que en su momento fueron pantalones largos que la abuela cortó, me habla de su historia como colectivo literario, y concluye que la vida se confabuló para unirlos, los encontró en los bares de la Sexta donde, al son de los guaros y los amores furtivos de una noche, conocieron ese lazo indisoluble que los une desde hace un par de años y que desde entonces los reúne en el parque de Las Madres, El Viajero, el río o cualquier esquina de la ciudad; siempre habrá un sitio no convencional para escribir poesía no tradicional.

Andrés Cuadro lo interrumpe y dice que el único sitio donde no pueden estar los cuatro es en la gran oficina del Manjol: el bar Buchanan’s. Por ser un lugar de placer al cual Laura no puede asistir, todos ríen. Carlos García es alto de cabellos largos, con pinta de rockero alternativo, de su voz sale la pregunta que quería hacer desde que llegué, ¿Por qué nos llamamos el Manjol? Y con ella la respuesta: «los manjoles sirven para que las ciudades no sean una mierda, ellos canalizan esos desechos y evitan que esto sea un mierdero».

Andrés Cuadro dice que “su poesía es coloquial, huele a chinchurria y sabe a butifarra”; para César González, sus poemas reflejan «la generación que no entiende la vida a garrote, en el poema hay esperanzas, hay vida para los que no la tienen»

Hoy, días después con los poemarios en la mano, puedo saborear el talento de estos dos bohemios osados de la vida; pero también al frente de este escritorio estatal siento la impotencia del beneficio, el fresco del chorro presupuestal que se desliza en las nóminas estatales y obras inconclusas, mientras la literatura yace allá fuera, en una lucha encarnizada contra la miseria.

Me asomo a la ventana desde el cuarto piso de la Gobernación del Cesar y observo la Plaza de Banderas, a la cual cada 4 meses le cambian los gallardetes de los 25 municipios del Cesar para que la brisa, el sol y la lluvia las devoren; y observo a los poetas con sus librejos, impresos en cualquier café internet, recortados y grapados por ellos mismos, vendiendo en las esquinas su trabajo por el miserable valor de tres mil pesos y entonces pienso que El Manjol no evitó que todo sea una mierda.

 

Wladimir Pino Sanjur

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