Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Oswaldo Aguilar MejíaLa tierra del Cesar, y todo Colombia, han conocido momentos de inmensa violencia que son, ahora, la fuente  de obras literarias y de un imparable movimiento de memoria histórica. Escribir sobre lo que nos rodea y lo que no debe repetirse jamás es un deber del escritor comprometido y coherente con su tiempo. Un esfuerzo que ayuda a recuperar la claridad y la sensatez.

Oswaldo Aguilar Mejía, un destacado gestor cultural y docente de deporte de Valledupar, presentó el pasado 9 de febrero del 2012 su primera novela: “Desterrada en su propia tierra”. Una obra que aborda la violencia en el Cesar con un estilo ameno y versado, que destapa ciertas realidades sobre la vida cotidiana de la región y de su gente, e invita a reflexionar sobre la irracionalidad de ciertas situaciones.

“Desterrada en su propia tierra es una novela que se plantea desde la óptica que nos permite nuestra sociedad”, expresa el autor antes de iniciar una lectura de un fragmento de la novela y recordar que el escenario que describe “puede ser cualquier escenario del país donde se den las circunstancias de violencia, abandono del estado, desidia e irresponsabilidad”.

Con un tono sereno y emocionado, Oswaldo Aguilar Mejía leyó un fragmento extraído de su obra que aquí presentamos:

““Josefina Orozco estaba curtida por los años y por los rigores del tiempo, para ella cada año representaba sólo un periodo en la vida, donde nada cambiaba, ni siquiera el viejo calendario que colgaba de la tiranta principal de la vivienda y que hacía propaganda al bar “la Cama de Piedra” que mostraba un hermoso jardín de heliotropos rojos y amarillos y una bellísima mujer semidesnuda percibiendo el aroma de las flores, con una subjetiva leyenda donde se leía: El amor cura todas las heridas, incluidas las que ocasiona el amor.

En uno de los rincones de la habitación, construida con unos cuantos pedazos de tablas de tablas viejas, estaba colgado un descolorido cuadro de “El sagrado corazón de Jesús” que era fiel representación paupérrima del lugar, la manchada imagen estaba casi a la intemperie, salpicada por las gotas de lluvia que se filtraban por el techo de la habitación. La brisa que entraba casi libremente al interior del lugar, lo había rasgado y aunque Josefina Orozco lo remendó pegándolo con almidón de yuca, que ella misma sacara la última vez que hizo cazabes, además cosiéndolo con hilo, se hacía visible su deterioro, y era una muestra fehaciente de la realidad que allí se vivía””.

El escritor Oswaldo Aguilar también habló de la grandeza de los mitos que existen en cada callejón y cada calle de los pueblos de esta región. “Intervienen personajes fascinantes, nacidos de la realidad de nuestra región, que albergan una triste realidad social, de la cual el Estado siempre ha estado de espaldas y en algunos momentos hasta en su contra”.

Como lo explica su propio autor, esta obra intenta un recorrido majestuoso, pero crudo a la vez, por el oscuro túnel de desplazamientos forzados. También representa la grandeza de nuestras tradiciones pueblerinas encarnadas en personajes míticos y fantásticos, que viven inadvertidos en esta provincia.

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