Opinión

Doña Petra

Luis Carlos Guerra Ávila

05/10/2022 - 04:45

 

Doña Petra

Dedicado a todas las mujeres trabajadoras y dignas de mí pueblo.

 

Señora de pueblo, trabajadora, honrada en todo el sentido propio de la palabra, había dado los estudios a sus tres hijos, sin pedirle un peso a nadie. Ella misma lo decía. Y desde niña, trabajó y ayudó a estudiar a sus hermanos, de los cuales dos son médicos, orgullo de la familia. Doña Petra infundía respeto y admiración, no sólo educó a sus hijos, sino que sostuvo a sus padres hasta los últimos días de su existencia. Ejemplo de entrega y tesón por su familia.

Un día cualquiera, Doña Petra llegó a la tienda del paisa, ubicada a dos calles de su casa. Siempre formal, saludó amablemente:

––Buenos días, cacha ––dijo.

––Buenos días, Doña Petra ––contestó el paisa.

––Véndame una olla grande, que la que tengo ya está muy viejita ––argumentó, Doña Petra.

El paisa cogió la escalera y la colocó al fondo para subirse hasta donde estaban las ollas en el último estante del armario. Una vez agarrada, la bajó, la limpió por fuera y se la entregó.

Ella, con olla en mano, salió de la tienda y se dirigió hacia el mercado, allí en la mañana vendía la primera olla de empanadas, y era que los clientes la esperaban, pues, no había otra empanada más sabrosa que ésa en toda la región.

Doña Petra le dejó la olla nueva recién comprada al carnicero, mientras ella terminaba el recorrido en el pabellón de la carne. Al señor Chema, el carnicero, le causó curiosidad la olla nueva, y la abrió, la observó por dentro y se dio cuenta que estaba llena de papeles de periódicos arrugados. Cuando Petra regresó, Chema le dijo: “Fuera un billetico de cien mil, no me la dejas”. Sonrieron ambos por la chanza y Petra contestó: “Ojalá y los periódicos se convirtieran en plata”.

Siguió por la calle central y entró al billar de Don Miguel. Allí colocó la olla nueva en una silla, y empezó a vender las empanadas. “¡Uy! Estrenamos olla”, dijo un jugador. “Sí”, contestó Petra. “Para las empanadas de mañana…, bueno, discúlpeme, ya la abrí y está llena de periódicos arrugados”, dijo el jugador. Acto seguido cogió sus dos ollas y se fue hacia la cancha de fútbol donde se jugaba un partido. Igualmente, dejó la olla a un vendedor de raspao o chupero para que se la guardara, y terminó de vender todas las empanadas del día. Cuando reclamó la olla nueva y dio las gracias, el señor le dijo: “Si esos periódicos fueran plata, fueras millonaria”. “Dios te oiga”, contestó ella.

Doña Petra acostumbraba a llegar más o menos a las tres o cuatro de la tarde a su casa. Compraba el maíz y lo colocaba en remojo, para al día siguiente moler y hacer las empanadas. Llegó y entró directamente hacia el patio, puso la olla nueva en el lavadero, y se dispuso a lavarla.

Sacó los periódicos y sus ojos no podían dar crédito a lo que estaban viendo, llena de rabia gritó: “¡Cachaco hijueputa! Un vecino, que alcanzó a escucharla, le dijo a su hijo: “¡Corre! Coge la bicicleta y dile al paisa que doña Petra va con la olla nueva. Como que le encontró un defecto, va emputá a devolvérsela”.

El joven salió corriendo en la bicicleta y se lo iba contando a todo el que se encontraba. Doña Petra, enfurecida, caminaba con la olla debajo del brazo. Los ojos se le querían salir de la rabia. Cuentan en el pueblo que la última vez que la vieron así, cacheteó a un vecino y hubo que internarlo en la clínica. Cuando Doña Petra, llegó a la tienda del paisa, medio pueblo se encontraba allí, observando aquel desenlace. El paisa no alcanzó a cerrar la tienda, él sabía de lo fregada que era esa señora, y no quería tener problemas con ella, entonces se subió nuevamente al armario y bajó dos ollas más, para entregárselas de regalo por haberle vendido una olla en mal estado.

Doña Petra entró a la tienda del paisa, puso la olla en el mostrador, sacó los periódicos, y tres fajos de billetes de cinco mil pesos, y le dijo: “¡A mí me respeta! ¡Con cascaritas a mi! ¡Si quería probarme para ver si soy ratera, se equivocó! ¡Cachaco Hp!”. Acto seguido salió de la tienda con su olla nueva y el paisa casi desmayado y pensativo. Al fin supo, donde había escondido los quince millones que había ahorrado durante muchos años de trabajo y que desde hacía un año los daba por perdido.

Epílogo:

Contaron en un periódico local, que el carnicero duró dos semanas sin ir al mercado, el jugador nunca se enteró del suceso y el vende raspao, compró disimuladamente varias ollas, en varias tiendas.

 

FIN

 

Luis Carlos “El Tachi” Guerra

Sobre el autor

Luis Carlos Guerra Ávila

Luis Carlos Guerra Ávila

Magiriaimo Literario

Luis Carlos "El tachi" Guerra Avila nació en Codazzi, Cesar, un 09-04-62. Escritor, compositor y poeta. Entre sus obras tiene dos producciones musicales: "Auténtico", comercial, y "Misa vallenata", cristiana. Un poemario: "Nadie sabe que soy poeta". Varios ensayos y crónicas: "Origen de la música de acordeón”, “El ultimo juglar”, y análisis literarios de Juancho Polo Valencia, Doña Petra, Hijo de José Camilo, Hígado encebollado, entre otros. Actualmente se dedica a defender el río Magiriamo en Codazzi, como presidente de la Fundación Somos Codazzi y reside en Valledupar (Cesar).

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