Artes plásticas
El refugio de los colores de Douglas Mendoza

En Bogotá, donde el cielo a veces se cubre de nubes, hay un hogar que guarda el calor de La Guajira y los aires de Valledupar, un refugio donde los colores cantan y las emociones respiran.
Es el hogar de Douglas Mendoza, un espacio cálido y espacioso que abre de par en par a sus amigos del alma, dentro de los que me cuento, que aunque no he pisado las galerías donde sus lienzos han brillado en ciudades como Miami o Shanghai, he tenido el privilegio de sentarme entre sus obras, sus archivos personales, y un torrente de más de 200 piezas inéditas creadas entre 2024 y 2025. Allí, en su sala, el arte no es solo algo que se ve: se siente, se vive, se abraza.
Douglas pinta como quien lleva el Caribe en las venas, aunque ahora sus días transcurran bajo la brisa fresca de Bogotá. Sus rojos arden como el sol de mediodía en Cañaverales, sus azules susurran como las olas que acarician la costa y el río frío de aquel Guatapurí que recorre los Valles, y sus amarillos danzan como el polvo levantado por el viento, llevando una brisa de oro resplandecer. “Pinto momentos, emociones y aunque por instantes juegue bajo el aliciente de la memoria, estos paisajes ya no solo pertenecen al territorio descrito por el recuerdo”, era la melodía que resonaba esa tarde de domingo, mientras cada lienzo de su espacio propio parecía vibrar con vida, vida propia. Sus palabras son un faro, y sus obras, un viaje al alma de un hombre que transforma cada pincelada en un latido.
En ese mismo refugio, conocí los verdes de Luigi, su hijo, un joven pintor que lleva en su paleta un universo propio. Sus tonos, que van del esmeralda profundo al jade que parece respirar, son un contraste mágico: en ellos se siente la huella de Douglas, su pilar, pero también la fuerza de quien traza su propio camino. Cada pincelada de Luigi es un diálogo entre la herencia y la libertad, un homenaje a su padre y un grito de su propia voz. Ver sus verdes junto a los colores vibrantes de Douglas es como escuchar una melodía que une generaciones, donde el pasado susurra y el futuro canta.
Nuestra amistad es un lienzo tejido con charlas largas, risas que calientan el corazón y un respeto que no necesita alardear. Como padres cabeza de familia, Douglas y yo sabemos lo que es sostener un hogar con amor y esfuerzo, y encontrar en el arte un refugio donde el alma descansa. En su casa, entre los recorridos por cada espacio y confidencias, compartimos no solo la pasión por los colores, sino la certeza de que el arte es un puente entre lo que somos y lo que anhelamos ser.
Las más de 200 obras inéditas de Douglas repartidas en cada rincón de su hogar son un testimonio de su espíritu inquieto, de un hombre que pinta como si el tiempo no alcanzara para contener sus emociones. Cada lienzo lleva un pedazo de su Guajira y su querida Valledupar, pero también el pulso de esta Bogotá que lo acoge, con sus días grises y sus noches llenas de sueños. Y en los verdes de Luigi, veo la promesa de un arte que no se detiene, que crece, que se atreve.
Como caribeña, como arquitecta que diseña con el corazón y como artista que cree en el poder del arte para sanar, invito a quienes lean estas palabras a imaginar el refugio de los colores de Douglas y Luigi Mendoza. Que se dejen envolver por esos rojos que queman, esos verdes que respiran, esa luz que no se apaga, incluso en la penumbra de la ciudad. Porque en cada trazo suyo hay un pedazo de nuestra Colombia, un canto a la familia, al amor, a la vida.
Yarime Lobo Baute
Sobre el autor
Yarime Lobo Baute
Obras son amores
Soy la que soy: Mujer, Artista desde mi esencia, Arquitecta de profesión, Fotógrafa aficionada, Escritora desde el corazón y Emprendedora por convicción. Una convencida de que la OBRA está más allá de los cementos, son cimientos que se estructuran desde el SER, se traducen en el HACER y traen como consecuencia un mejor TENER.
Las OBRAS son esos AMORES intangibles y tangibles que están por encima de las mil y una razones.
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