Artes plásticas
Habitar el infinito: Yayoi Kusama y el cemento transformado en útero

Hay muertes que no cierran ciclos, sino que abren portales. La partida de Yayoi Kusama me ha dejado un ruido sordo en el pecho, un eco que no me deja en paz y que me obliga a mirar mis propias manos, mis propios muros, mi propio desorden. No vengo a escribir la biografía académica que cualquiera encuentra en un buscador. Vengo a hablar de la obsesión de ser mujer, del peso de crear y de esa bendita terquedad que nos hace levantar estructuras donde el mundo solo ve vacíos.
Kusama se salvó a sí misma multiplicando puntos en la oscuridad. Lo que muchos llamaron locura o estrategia comercial, no era más que su respiración artificial: pintar para no asfixiarse, repetir para contener el derrumbe. Como mujer que habita el arte y la arquitectura, entiendo ese delirio con una nitidez que asusta. El papel en blanco o el plano frío de un diseño son prisiones muy estrechas. Por eso terminamos rompiendo el molde; por eso necesitamos que el arte se salga del cuadro, que camine por las calles, que se vuelva mosaico, que abrace al que pasa, que se incruste en la piel del territorio. Yayoi metió al mundo entero en sus salas de espejos para recordarnos que nadie es una isla, que todos somos fragmentos de un universo infinito que se busca desesperadamente.
Ser mujer y creadora es, desde el primer día, un acto de guerra silenciosa. Nos toca parir la obra en espacios que otros diseñaron para nuestro silencio. Kusama lo vivió en carne propia en Nueva York, viendo cómo mentes masculinas se alimentaban de su audacia mientras a ella la relegaban a la esquina del exotismo oriental. Pero la respuesta a la violencia del olvido no puede ser el lamento. Nuestra respuesta es la persistencia indomable. Si nos cierran la puerta, inundamos las paredes; si nos niegan el centro, convertimos la periferia en el epicentro del mundo. El arte en manos de una mujer no es decoración: es un cordón umbilical con la memoria, una trinchera política hecha de texturas y verdades descarnadas.
Miro los lunares de Yayoi, esos puntos que parecen no tener fin, y veo mis propios trazos, el color encendido que desafía la monotonía, la urdimbre de nuestra herencia. Ambas sabemos que una calabaza o un muro no son objetos inertes; son úteros contenedores de historias, espejos de un alma que se niega a ser borrada. Ella logró que lo más íntimo y doloroso de su ser se convirtiera en un grito universal que hoy conmueve a millones. Eso es el verdadero éxito, no la cifra del mercado, sino la capacidad de tocar el misterio humano sin pedir permiso.
El ser se manifiesta cuando creamos sin cadenas. El hacer cobra sentido cuando cura nuestras propias heridas y las de nuestra gente. Y el tener... el tener es este legado inmaterial que desafía a la muerte. Yayoi Kusama no se ha ido; se diluyó en su propio infinito de puntos y luces. Nos deja a nosotros, las que nos quedamos sosteniendo el pulso del color y el cemento, la tarea sagrada de no bajar la guardia. Porque al final del día, más allá de cualquier teoría, las obras solo valen si nacen del amor más puro, ese que es capaz de transformar el barro y la piedra en un puente eterno hacia la libertad.
Yarime Lobo Baute






