Artes plásticas

Walter Arland: “Soy poco amante de poner nombres a las obras”

Johari Gautier Carmona

16/09/2013 - 10:25

 

Walter Arland En la casa de Beto Murgas tenía que entrevistarlo. No fue casualidad. No existe la casualidad cuando de arte se habla. Walter Arland es uno de esos grandes artistas plásticos de Valledupar, consagrados y reconocidos, que vuelven a sus raíces para asuntos puntuales, proyectos especiales y reuniones de carácter familiar que calman esa nostalgia insistente que suele arropar al artista.

Unos pocos días antes, lo encontré en una de esas discusiones que nació inesperadamente en el patio de la Alianza Francesa. El hombre andaba en compañía de John Bolivar, otro buen animador en esas veladas interminables donde las anécdotas terminan transportándonos a épocas coloridas  o nos contagian el gusto por declamar poesía (hasta que el vino se termina).

Le pregunté cuántos días estaba en la ciudad, me contestó que pocos. Curioseé acerca de sus obras. ¿Dónde puedo ver alguna de ellas? Y su respuesta fue concisa, como la mayoría de ellas: “En casa de Beto Murgas donde acabo de entregar la escultura de un acordeón”.

La obra moderna irradia la entrada de la casa con un anaranjado que rezuma extravagancia y alegría. Al fondo de la casa, en el patio, está Walter preguntándose cómo he podido perderme en un taxi.

Nos sentamos en medio del patio, debajo del árbol que brinda tranquilidad a este cuadro y, en ese momento, caigo en cuenta de que el mural que yace en el fondo es el que Walter pintó hace veinte años, es decir poco tiempo antes de que se fuera a vivir a la capital.

Ahora luce distinto, renovado con sombras y nuevos matices que le dan un estilo moderno, pero, más allá de esa obra hermosa que recalca la trifonía de la música vallenata,  me complace la idea de que este punto de encuentro sea el refugio del artista en Valledupar. No hay nada como conocer a un pintor en su entorno. La casa Beto-Murgas también podría ser la Casa Arland.

A continuación, indago sobre su recorrido. La lluvia nos invita a guarecernos pero no nos impide repasar algunas etapas claves de la vida del artista. “En Bogotá me fui porque uno tiene que buscar horizontes en su trabajo –me explica–. Me invitó un galerista y, cuando llegué allá, decidí quedarme”.

Como todo artista en busca de reconocimiento, y deseoso de sobreponerse al entorno, Arland encontró en la capital del país un lugar más receptivo al arte y la pintura. Allí sus escenas y objetos típicos de la vida cotidiana vallenata se ganaron un público apreciable. Su famosa serie “Después de” –en la que retrata los instantes que vienen después de la parranda y otros eventos clásicos de Valledupar– fue aclamada por críticos y coleccionistas.

Obviamente, el cambio no fue fácil. Alejarse de la tierra de la que uno se inspira nunca lo es. “Sentí nostalgia en los primeros años”, me explica Walter aunque en su respuesta percibo el realismo de un hombre que debe tomar decisiones. Era crecer en la distancia o dejarse atrapar por la cercanía.

Las exposiciones en Miami, Puerto Rico y Nueva York en medio de los años 90 le permitieron romper con esa dualidad “Bogotá-Valledupar” y adquirir una perspectiva más amplia. Y mientras su arte se internacionalizaba, el hombre siguió experimentado. “Siempre estuve haciendo escultura”, me explica Walter cuando pregunto acerca de sus etapas creativas.

En las memorias queda la última exposición del artista en Valledupar inaugurada en el año 2010 (en la ya desaparecida sala de exposiciones de la Biblioteca departamental). Fue un homenaje al compositor Rafael Escalona, pero con un estilo diferente que desconcertó el público local.

El Pop que introdujo Walter Arland rompía con su etapa anterior –el hiperrealismo– y suscitaba una oleada de comentarios inesperados. “Se me criticó mucho en ese momento –manifiesta Walter Arland–. Algunos colegas salieron a hablar pestes, quizás porque no conocían mi secuencia”.

El asunto no le afectó para nada. En realidad, es todo lo contrario. Con esta exposición, el artista impuso su lado más imprevisible, experimentador y novedoso. “La gente estaba esperando el Walter clásico”, añade mi entrevistado y en ese comentario vislumbro un tono victorioso. Walter Arland consiguió avivar el diálogo artístico, reivindicar una estética personal, pero sobre todo, confundir un mercado que lo había encasillado en los objetos o la naturaleza muerta.

En la casa de Beto Murgas, Walter sigue planeando algunas exposiciones, pero las evoca a medias. Evidentemente, la prudencia es una de sus virtudes. Discierno una posible exposición en la Casa de Beto-Murgas para el Festival Vallenato y otra en Bogotá, pero todo queda por confirmar.

Lo seguro está en la entrada de la casa. El acordeón de acero sonríe como si de él manara un merengue vivo y envolvente. Walter no le ha dado nombre. “Soy poco amante de poner nombres a las obras –admite y enseguida añade–: ¡Los nombres surgen!”.

Así pues, una obra viene de nacer. Está dando sus primeros pasos y el tiempo –ese amigo que nos pone a prueba– nos dirá cómo se llama…

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co

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