Artes plásticas

Jair Maya: “Destruí más de 70 obras. Así como le pasó a Gauguin”

Johari Gautier Carmona

05/12/2013 - 11:30

 

Jair Maya y José Anibal Moya en la inauguración de Sereno y sonriente, el artista vallenato Jair Maya acude a la Alianza Francesa con su casco de moto en la mano. Su parsimonia contrasta de inmediato con el trazo de sus figuras misteriosas y compungidas, retratos repletos de doble sentidos, que abren majestuosamente la exposición “Miradas e Instantes”.

El aire del patio nos permite encontrar la calma, abrir un espacio para las anécdotas, y más adelante, entender lo que nos lleva a estar sentados, el uno enfrente del otro, y hablar de arte.

Sus primeras palabras nos llevan a Luis Caballero: el artista colombiano que lo motivó a adentrarse en este mundo de expresiones y metáforas pintadas. “Me encantaba su obra más que su vida”, me explica antes de marcar una pausa.

Lo que viene después es el Jair espiritual: el hombre que busca un sentido a la vida y a su obra, que reflexiona sobre los motivos y la utilidad del arte, aunque también cede a los impulsos de la creación.

“Los seres humanos, lejos de Dios, vivimos con angustia”, expresa mi entrevistado antes de anunciarme que es creyente y que tuvo la suerte de conocer a Jesucristo hace dieciséis años. Sus reflexiones delatan una búsqueda existencial constante que no se limita a los aspectos de su vida doméstica sino también a su pensamiento y sus creaciones. “Uno está lejos de casa cuando está lejos de Dios”, añade.

Me interpela esa necesidad natural y espontánea de encontrar la paz, el amparo de Dios, el inicio y el fin de todo, pero también ese inconformismo con la naturaleza del ser humano. La sensibilidad de Jair es evidente y no puede callarse frente a los actos destructivos. El dolor, la indiferencia y la injusticia que pueblan este mundo lo empujan a pintar y dibujar con un grito de indignación y de protesta.

“Todos hemos vivido ese conflicto de la violencia, del egoísmo, de la altanería. Hacemos maldad con el corazón lleno de rencor –manifiesta–. Y nos acostumbramos a vivir la vida así”. Luego se apacigua y agrega: “Dios es el que pone el deseo de perseverar. Dios permite conquistar una vida moral”.

Su formación artística empezó en el año 1991 cuando ingresó a la escuela de Bellas Artes de Valledupar. Luego, decidió irse a Cartagena en 1994 al lado del pintor José Anibal Moya, a quien considera uno de sus mejores amigos. “Las ganas de conocer mundo me llevaron allá. El sueño de ser artista nos animaba”, expresa con una sonrisa nostálgica.

A su regreso a Valledupar en 1996, Jair Maya combina la venta de obras pictóricas con la docencia y se ilusiona con el hecho de transmitir el gusto por el arte. “Mi idea era que los alumnos fueran sensibles ante una obra”, me comenta.

Rápidamente, su arte genera ruido y confusión. La violencia se acapara de cada espacio, de cada línea, y, ante las reacciones de incomprensión y el rechazo, el artista no termina de entender los motivos de tanto dolor en su obra. “Yo visitaba centros psiquiátricos y describía lo que veía –revela Jair Maya–.  Mi obra contenía muchos estados agónicos, personas amarradas, sufriendo…”.

La crisis existencial llega más adelante. Luego de realizar una serie de más de 200 trabajos, Jair experimenta una serie de hechos que le invitan a cuestionarse profundamente. “Yo no hacía pupilas en mis rostros y mis obras estaban por toda la casa –explica–. Una noche, al apagar el foco, vi que los ojos de una obra iluminaban. ¡Me impresioné con esa obra! Nunca hice esa obra para que iluminara”.

Poco después, el artista vallenato invita a su casa una familia y la reacción de una niña frente a un cuadro donde se expone un acto de abuso le impactan. También la expresión de una señora en la Universidad Popular del Cesar, quien admite su desconcierto y pavor ante las obras de Jair Maya, incitan el artista a tomar decisiones drásticas.

“Tuve que desaparecer las obras –admite el artista–. Destruí más de 70 obras. Así como le pasó a Gauguin. Tenía pesadillas con ellas y le pedía a Dios qué hacer”.

El tormento de Jair Maya es el reflejo de un artista que no acaba de entender su arte, que siente la necesidad de crear como instinto natural pero se ve cuestionado inmediatamente por el entorno. “Yo no veía mi obra violenta y agresiva, pero la gente sí”, me explica el artista después de una pausa reflexiva.

A partir de entonces, Maya se dedicó exclusivamente a Dios durante seis años, trabajando como ministro en una iglesia. Sólo decidió retomar los pinceles en 2012, cuando la Fundación Universitaria del Área Andina le propuso un puesto de docente dentro del programa de diseño gráfico.

Ese regreso a la pintura fue paulatino. Jair comprobó que el amor por el arte seguía vivo en su interior e inició un proceso de reflexión. Habló primero con el pastor de su iglesia, quien le aconsejó que retomara su actividad y, a continuación, se dedicó a encontrar la motivación y la inspiración. “Leyendo un texto bíblico, decidí volver a pintar”, revela sonriendo.

Así pues, la exposición “Miradas e Instantes” representa para Jair Maya el retorno a las salas de exposición y el reto de ver nuevamente las reacciones de las personas ante su obra. Él se lo toma con positivismo. Su obra ha cambiado y muestra ahora a un hombre nuevo: un artista que sigue el dictado de Dios y se esmera en aportar un mensaje constructivo.

“Todas las obras [que aparecen en la exposición Miradas e Instantes] son un reflejo mío –argumenta–. Las vendas en los ojos es porque antes no veía lejos y la boca tapada porque ahora mis palabras no quieren herir a nadie”.

Antes de despedirme, Jair comparte su estado de plenitud. Dios es lo que le ha hecho vivir. “Dios es felicidad”, me asegura.

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co

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