Artes plásticas

Historia de un retrato expuesto en la Alianza Francesa de Valledupar

Johari Gautier Carmona

07/02/2014 - 10:15

 

Samny Sarabia y José Luis Molina “¡Cuidado con lo que vayas a pintar!”. La advertencia es severa y, en ese instante, el artista no puede evitar un gesto de incomodidad, un leve temblor de la mano derecha con la cual sostiene el pincel.

A modo de distracción, el pintor sandiegano, José Luis Molina, trata de disimular. Primero con una sonrisa y, luego, con una respuesta vaga y confusa. “No te preocupes, esto va a quedar bien”.

Sin embargo, todos hemos visto cómo el artista tragaba su saliva amargamente, con un sonido gutural que recuerda el latido de un bongo en pleno concierto de salsa. Al mismo tiempo, El Turri se lleva instintivamente la mano a la cabeza como si se dijera para sí mismo: ¿Y cómo salgo de ésta?

No es fácil retratar a alguien, y menos cuando la persona en frente es reconocida por su carácter explosivo. En esas situaciones, el artista debe manejar el arte de la diplomacia a la perfección.

La coordinadora de la Alianza Francesa, Samny Sarabia, es la que esta noche tiene el gusto de verse reflejada en las obras de José Luis Molina. El artista se lo ofreció como un regalo, lo hizo de manera muy natural, esbozando una sonrisa como sólo él sabe soltar, y, luego, le aseguró que figuraría en la exposición de la Alianza. No hay nada que asombre más a una mujer. Él lo sabe.

Antes de ella pasaron por el mismo lugar  Beto Murgas (el director del taller literario Relata en Valledupar), Frank Domínguez (el experto vallenato en temas audiovisuales), la hermosa Martha Navarro (musa que ya tiene dos retratos en su haber) y otros artistas allegados, sin embargo, Samny Sarabia no logra disimular un aire de desconfianza. “Si me retratas mal, ¡Tu exposición no abre!”, manifiesta con desaire y el artista sólo puede lamentar su iniciativa y adentrarse en los enigmas de una aventura con final improbable.

La primera tarea de un retratista consiste en crear confianza, explicar al modelo que lo que surgirá de ese encuentro es una obra de encanto, algo único, y sobre todo, alejar la posibilidad de un retrato irreconocible, una burla o algún garabato desastroso que pueda herir susceptibilidades. Por eso, José Luis Molina se vale de una técnica muy bien aprendida. La usa a diestra y siniestra con la agilidad de un artista plástico que también cultiva la poesía: “Yo, cuando pinto, retrato la personalidad, la esencia misma de la persona”. Estas explicaciones, sostenidas en varias ocasiones el día de la inauguración de la exposición, sirven en realidad para confundir el retratado. ¿Representación real o momento divino de iluminación? Ésa es la pregunta.

Sentada acomodadamente sobre su silla, Samny Sarabia ha dejado de moverse. Siente que cualquier gesto, por muy pequeño que sea, puede venirle en contra. Por eso, José Luis invita algunas amistades a su taller. Su fin es entretener a una mujer que ya se ha convertido en una auténtica estatua (o retrato).

Lamentablemente, el efecto es el contrario al deseado. El artista no contó con que los visitantes lanzarían sus pensamientos más atrevidos sin ningún recato. ¿Ésa es Samny? ¿De verdad es ella? ¿No? Risas y manos cubriendo risas. El efecto no podía ser más contraproducente. Samny Sarabia se tensa, esboza algo de incomodidad, busca en los presentes un viento de sinceridad, y al encontrar únicamente expresiones irónicas, gira su mirada hacia José Luis Molina que, a su vez, decide concentrarse sobre la obra.

Obligado por las circunstancias, El Turri se alza, se aleja, y circunspectamente, medita sobre lo que debe mejorarse. Su semblante hermético no deja entrever ningún defecto, parece que la obra sea perfecta y, sin embargo, cuando vuelve a sentarse, el hombre se enzarza en un sinfín de retoques. Líneas verticales, pinceladas multicolores, borrones discretos… De repente, lo que fue ya no es. Sin decir nada, el Turri ha iniciado una nueva obra sobre la que ya existía.

“¿Qué? ¿Algo va mal?” La pregunta de la coordinadora de la Alianza Francesa suena como un disparo en un campo sereno y verde, pero el artista no responde. Mantiene la mirada fija en el retrato que se desdibuja y en el nuevo que reaparece. “No…No. ¡Todo está bien!”.

Desmentir, negar, silenciar y, luego, simular que todo esté perfecto, ésa es la estrategia que José Luis Molina –como muchos otros retratistas– opta por aplicar durante largos minutos, quizás esperando lo imposible, hasta que, de la nada, y quizás por revelación inesperada del universo, surge esa obra con carácter. El mismo artista parece sorprendido y observa sus manos como si no fueran suyas.

En ese instante, el Turri se reconcilia con Freud y Rembrandt, sus inspiradores. El hombre puede estar satisfecho, los meses de dura labor dedicados al retrato se ven reflejados en esta obra. Con un gesto ambiguo, José Luis Molina muestra el cuadro a la modelo y ella, manteniendo el misterio hasta el final, suelta un suspiro y una carcajada. Le gusta.

En la exposición, la obra resplandece con un título inesperado: La dama de hierro. Una última pincelada que Samny Sarabia no acaba de entender.

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co

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