Artes plásticas

Eder Pisciotti, ante la escena del crimen

Johari Gautier Carmona

13/05/2014 - 12:20

 

Eder Pisciotti La puerta se abre con un lento gemido –de esos que erizan la piel– y el espectáculo que revela es estremecedor. Ante los ojos del visitante, sangre y muerte. Una niñita que se escondía aparece con los ojos afligidos, trémula y sin palabras. Ella es otra víctima. Una más.

La escena de este crimen nace de una obra de arte de Eder Pisciotti: “Homenaje a los campesinos”. Una obra incluida en la exposición El Grito y que exhibe la locura de los peores años de la violencia en Colombia, cuando paramilitares y guerrilleros irrumpían en los pueblitos de la costa Caribe para ajusticiar a quienes se oponían a sus planes. Un baile de hipocresías, locuras y exigencias que desangraba a los trabajadores del campo.

La idea de esta obra surge con la experiencia de un viaje a Curumani. “Me agarró la guerrilla, me detuvieron durante tres horas, me tildaban de policía o militar. Era un viaje de trabajo, para impartir un taller de arte en la Casa de la Cultura”, explica Eder.

Dos años después, cuando regresa al mismo pueblito, todo se precipita: “Paso otra vez por ese mismo sitio. Me estacioné en la casa donde me retuvo la guerrilla, me tomo una gaseosa en la tienda de enfrente y pregunto por lo que pasó, y me informan que los paramilitares mataron a la señora, mataron al señor, amarraron la puerta, los quemaron. ¡Eso me impactó!”.

El conflicto y el miedo se acaparan de Pisciotti. De repente se da cuenta que el horror sigue vivo, que las puertas esconden muchas atrocidades, que detrás de ellas siguen ocultos misterios y tragedias.

La puerta es una representación del dolor y de la consternación. Es una entrada a un mundo lleno de sufrimiento. “Las puertas tienen muchos significados –comenta Eder–.  En aquella época, los autores del conflicto tumbaban las puertas para matar a campesinos inocentes, para asesinar a madres e hijos. Tú entrabas a esa escena y encontrabas dentro de la casa una tristeza”.

La puerta que presenta Eder Pisciotti en la Casa Luque hace parte de un trabajo más amplio. Una serie de puertas pintadas recogidas en pueblitos, que terminan siendo el vestigio del horror y la desazón. Las puertas son una forma de adentrarse en la realidad de otros.  “Cada vez que consigo una [puerta], pregunto qué pasó en esa casa –explica el artista–. ¿Por qué está sola? ¿A quién perteneció esta puerta? Hay que preguntar e investigar para hacer un buen trabajo”.

En este caso, la puerta viene del pueblo de Badillo (Cesar). “Era de una señora que le tumbaron la puerta y de quien mataron a los hijos”, explica el artista. Otra casa que terminó abandonada y cayó en el olvido más severo, devorada por las hierbas y el recelo.

Ante la escena del crimen que nos reúne, y como si fuéramos a dilucidar algún enigma,  Pisciotti se queda meditabundo. Mira con insistencia a esa niña que juega con su caballito. “¿Qué va a ser de esa niña?”, le pregunto. Él se mantiene callado. Su silencio es un eco que explora los detalles de la historia, y luego, cuando ya creo que no habrá respuesta, contesta: ¿Qué va a ser de los pobres niños sin padre ni madre? ¿Qué va a ser de ellos? Eso genera más violencia…”

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co

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