Artes plásticas

El insólito duelo del pintor Édouard Manet

Javier García Blanco

10/07/2019 - 06:20

 

El insólito duelo del pintor Édouard Manet
El pintor Édouard Manet

No importa a qué época echemos la vista atrás: la Historia del Arte está repleta de ejemplos de la excéntrica personalidad de la que hicieron gala multitud de artistas, ya fueran pintores, escultores o arquitectos.

El siglo XIX fue especialmente notable en este sentido, sobre todo en la segunda mitad de la centuria, pues la vida bohemia y nocturna que llevaban muchos artistas era propicia para este tipo de situaciones singulares.

Un buen ejemplo lo encontramos en la figura de Édourard Manet, considerado como “padre” de los impresionistas y bien conocido por su carácter rebelde, controvertido e irascible. Manet no se contentó con escandalizar a buena parte de la sociedad de su época con pinturas como “Almuerzo sobre la hierba” o “La Olimpia”, sino que también puso en el “punto de mira” de su personalidad colérica a algunos de sus mejores amigos.

Manet solía frecuentar varias tertulias en las que intercambiaba puntos de vista –y a menudo discutía airadamente– con otros pintores, artistas e incluso críticos de arte. El pintor se había ganado una merecida fama de duro contrincante dialéctico, y eran pocos los que se atrevían a iniciar una discusión con él, y menos aún los que lograban salir airosos de sus enfrentamientos.

Normalmente aquellas disputas no pasaban de acaloradas discusiones, pero al menos en un par de casos llegaron a las manos. Uno de estos episodios –sin duda el más singular– tuvo lugar en 1870, cuando el crítico de arte Edmond Duranty escribió un comentario negativo sobre parte de la obra de Manet.

Aunque Duranty y Manet eran amigos desde hacía tiempo, el artista se tomó muy mal las críticas del comentarista, y así se lo hizo saber en cuanto se cruzó con él. Ambos se encontraron en el café Guerbois –uno de los principales centros de reunión de artistas y bohemios del París de la época–, y Manet no dudó en darle un puñetazo y después exigió la celebración de un duelo para resarcir su honor.

Duranty accedió al reto, y ambos acordaron batirse en el bosque de Saint-Germain, a las afueras de París. La noche previa al encuentro Manet estuvo visiblemente nervioso, pero no por la proximidad de encararse a la muerte, sino porque al parecer estaba obsesionado por conseguir un buen par de botas con las que batirse cómodamente en el “campo de batalla”.

Una vez llegado el día clave, ambos contendientes escogieron las espadas como arma para batirse, a pesar de que ninguno de ellos tuviera el menor conocimiento en el arte de la esgrima. Eso no fue óbice, en cualquier caso, para que ambos se golpearan con gran violencia una vez se inició el combate.

Aunque a ninguno de los contendientes les faltaba arrojo o decisión, su falta de conocimientos en esgrima provocó una situación un tanto cómica: al golpear con fuerza sus espadas sin técnica alguna, a los pocos minutos ambos contendientes habían visto con desagrado como sus armas habían quedado dobladas en un amasijo de hierros inservible.

Aquello puso fin a la lucha –con Duranty herido de levedad en el pecho–, y Manet se sintió satisfecho con el resultado, y consideró que su honor había quedado limpio de mancha. Tras haberse batido a muerte, pintor y crítico retomaron su amistad ese mismo día, aunque según el relato de uno de los testigos que asistieron al duelo, Duranty se marchó diciendo entre dientes: “Le habría matado si mi espada hubiera estado recta”.

No fue aquel el único encontronazo protagonizado por Manet. En otra ocasión, el artista se enfadó con su amigo y también pintor Edgar Degas, y al igual que en el caso de Duranty, el enfrentamiento subió de tono y ambos llegaron a las manos. En aquel caso, el enfado fue tal que uno y otro decidieron devolverse los cuadros que se habían regalado mutuamente.

 

Javier García Blanco

Arte secreto

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