Artes plásticas

Dos nocauts y medio en un concurso de pintura rápida

Johari Gautier Carmona

13/01/2016 - 06:20

 

Pacho Ruiz (Izquierda) y Roberto Smith Ponce (centro) / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co

Primer round

En la escarapela que ostentan los artistas Pacho Ruiz, José Luis Molina y Armando Iguaran resalta la palabra jurado con una leve resonancia a autoridad y privilegio. Ellos son los que podrán ir y venir en medio de los concursantes que han decidido participar al Primer concurso de pintura rápida de Valledupar, detenerse y esbozar algunos comentarios de carácter determinante debajo del Palo e´ mango: un árbol tan majestuoso como simbólico, que reina desde hace más de siete décadas sobre la plaza Alfonso López; y luego decidir sobre los ganadores.  

Sonrientes pero cautelosos en su modo de pasear, los jurados no abusarán del poder que les ha sido conferido. En una suerte de acuerdo tácito, los tres se reúnen en un ambiente de tranquilidad y amabilidad, resueltos a escoger el mejor de los que están dispuestos a invertir la mañana de un sábado en la pintura. El profesionalismo también existe en el arte, parecen señalar los comentarios ponderados de los llamados a escoger. Uno pregunta por la temática, otro por el tiempo máximo y, entre ellos me integro para cerrar la lista de los cuatro jurados. La única voz que parece sugerir un poco de diversión es el artista Pacho Ruiz quien propone negociar con los organizadores del evento la mejora de algunas condiciones de trabajo. “Estoy mirando a ver si conseguimos una botella de whisky”, explica él con una sonrisa sardónica. Sólo le falta frotarse las manos para parecerse a un diablillo.

Valledupar tiene esa particularidad de asemejarse a una jungla frondosa y virgen donde surgen proyectos novedosos pese a la apatía del entorno administrativo y el oficialismo. Los gestores culturales se asemejan a aventureros que pasean a pie, bajo el sol desolador, y con mochila indígena al hombro, pidiendo a las autoridades un apoyo que garantice el evento, pero casi siempre llevándose gran parte del peso a cuestas. Así es como nacen proyectos como los foto-paseos, encuentros poéticos y de danzas, exposiciones, concursos de crónica o cuento, festivales de música alternativa y otras iniciativas que destacan en su momento, y luego vuelven a caer en el abandono a la espera de que otro aventurero las rescate. 

El caso de este Primer concurso de pintura rápida se estrena en un contexto distinto ya que la fundación que lo apadrina lleva seis años seguidos organizando el Mes del Patrimonio: unas de las festividades más importantes de la ciudad, dirigidas especialmente a crear interés por el patrimonio cultural. La presidenta de la Fundación Aviva, Alba Luz Luque, se empeña en recalcar la importancia del centro histórico de la ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, y los logros del colectivo que representa no son desdeñables: las últimas casas de bahareque del centro han sido restauradas gracias a su tesón. Sin embargo, esto no impide que las paredes de las casas contiguas a la Plaza Alfonso López y del barrio Cañaguate, sus monumentos y andenes decaigan en el más aterrador de los olvidos.

El concurso de pintura rápida responde a la necesidad de llevar la Cultura a los escenarios más representativos de la ciudad y en este sábado matutino, la presencia de los pintores consigue su cometido. En total, una treintena de artistas se encuentran desde las nueve concentrados en la tela. Pedro Antonio Vivas es uno de los que más llama la atención del público. La Sierra Nevada, que recrea con sus pinceles, ya tiene un estado avanzado y se beneficia del resplandor de la vegetación que abajo le rinde tributo. Por su lado, Sergio Liñan también sobresale con la ilustración del Santo Ecce Homo, el patrono local, que brilla por su solemnidad frente a la Iglesia Inmaculada Concepción.

Ambos artistas han empezado con brío. Encabezan los pronósticos de una mañana dada a las apuestas. Yo mismo, me muestro embaucado por la facilidad con la cual ambos pintores definen las líneas, les dan vida y luego, las vuelven a redefinir en un entorno que se construye con voluptuosidad y movimiento. José Luis Molina nos llama la atención sobre un pintor ubicado en la tarima Francisco El Hombre, el único en pintar uno de los elementos que rodean la plaza Alfonso López: la casa Maestre. Sus argumentos son entendibles: hay que dar importancia a los concursantes que miran primero su entorno, y luego lo recrean a su manera con pinceladas ágiles y precisas en sus lienzos. No obstante, Pacho Ruiz pone el dedo sobre otro punto destacable: la creación abstracta del pintor Baldot, quien se ha lanzado en una carrera intensa y fértil.

Uvaldo Torres, conocido como Baldot, se encuentra en pleno ritual. Ignorando a los otros artistas que pintan convencionalmente frente a su atril, él ha preferido colocar su obra en el suelo para contemplarla de pie, bajo el Palo e´ Mango, y luego trazar las líneas y las formas sin el uso de ningún accesorio. Sus manos son los pinceles, por eso los impregna de color, palpa el material sin temor a ensuciarse, y recrea lo que nace de sus sentidos. En la obra no se puede ignorar una energía espiritual que proviene de los antepasados. Baldot nos recuerda con naturalidad que su arte también nace de la herencia africana, del contacto con la piel y del sentimiento de un pueblo que crea arte por instinto. Tampoco se puede obviar el hecho que, antes de abrazar las artes, Baldot era un destacado boxeador de la región Caribe, representante del departamento del Cesar y campeón centroamericano. Durante casi quince años, se dedicó a encadenar izquierda y derecha en un ring ante un adversario que también contemplaba la misma respuesta. Su lienzo era el rostro o el busto de un adversario variable –grande, flacuchento o fornido–, pero que siempre había que derivar en un tiempo limitado.

Ante los afanes de Baldot por terminar su obra en un tiempo récor, mis compañeros del jurado deciden explicarle que no hay necesidad de adelantarse al tiempo. No sirve de nada entregar la obra en 30 minutos ya que todos los concursantes disponen del mismo tiempo, pero el concursante se aferra a su ritual. Entonces, Pacho Ruiz se vuelve hacia mí con una mueca resignada. “¡Baldot quiere ganar por KO!”, exclama sonriendo.   

En una breve pausa para determinar cómo se elegirán los ganadores, el whisky solicitado por el artista Pacho Ruiz fluye con alegría y destraba las lenguas. El acento argentino de Pacho se hace más notable -quizás porque se habla por primera vez de vencedores- mientras que el acento sandiegano de José Luis Molina, eterno abstemio, se mantiene encorsetado. En estas primeras deliberaciones, se forma un posible empate técnico entre la obra de Pedro Antonio Vivas y la de Baldot, sin embargo, los miembros del jurado deciden no insistir. Es preferible esperar la entrega de la veintena de obras antes de entrar en más serias discusiones. El whisky vuelve a ser un acompañante sosegado y fiestero que agudiza los sentidos y la percepción artística.

Unos minutos más tarde, los organizadores de la Fundación Aviva solicitan al jurado que se presente en la plaza y decida sobre las obras ganadoras. Ya son las 12 del mediodía, los ánimos son expectantes, y, entre los cuadros alineados ordenadamente alrededor del Palo e´ mango, sobresale un lienzo que había pasado totalmente inadvertido: La lucha de Francisco El Hombre con el mismísimo Diablo, de Roberto Smith Ponce. De repente, todo se aclara. Esa obra, que nadie esperaba y que bebe de la oralidad y la picardía vallenata, se impone entre los jurados como la gran ganadora del día. En las deliberaciones posteriores Pacho Ruiz y Armando Iguarán se preguntarán de dónde salió esa obra que se impuso por KO y dejó a Baldot por fuera de la contienda (con sabor a KO inconcluso).

En una breve entrevista, el artista y estudiante de Bellas Artes, Roberto Smith Ponce, me explicó con un tono tímido, y casi culpable, que durante el concurso se había sentido muy preocupado debido a su llegada tardía. Se instaló apurado en una esquina del árbol y se puso a trabajar afanosamente, aprovechando todo el tiempo que le quedaba, sin siquiera levantarse para comparar su obra con la de los demás o llamar la atención del jurado. Se concentró en la idea clara que lo guiaba y así consiguió llegar a buen puerto. Su “Francisco El Hombre” es tan orgulloso y valiente como el de la leyenda, tan experimentado y pícaro como el más sabio de los juglares, y por consecuente, su KO artístico es de los más brillantes e inesperados. Tan fulminante y sorpresivo como el KO realizado en 54 segundos por el boxeador colombiano Breidis Prescott frente al británico Amir Khan en 2008. Estos son los KOs que se disfrutan en familia y pueden contarse en un patio mientras alguien sirve un jugo de patilla o unos dedos de queso recién calentados en el horno.        

 

Segundo round

El fin del concurso sólo fue un descanso en un más amplio certamen que se estaba escribiendo. Así me lo hizo entender el artista argentino Pacho Ruiz después de que nos tomáramos las fotos con cada uno de los ganadores y finalistas, y que se les entregara sus respectivos regalos. Al punto me enseñó con un dedo apremiante el Café de La Plaza Mayor donde el dueño nos esperaba con otros tragos de whisky (y la nota que quedaba por cancelar).

“Vamos a llamar al Director de la Casa de la Cultura”, expresó ya sentado Pacho Ruiz. En ese momento nadie de los presentes sabía lo que tenía en mente el artista argentino. Armando Iguaran, José Luis Molina, Baldot, y yo, entendimos que la cita se prestaba para una conversación amena donde esperábamos que resurgiera un cierto ambiente de diálogo en el colectivo de gestores culturales, sobre todo después de cuatro años de desgaste favorecidos por el ejercicio de una política poco transparente. “El hombre está en campaña, seguro vendrá”, añadió Pacho Ruiz desvelando quizás una de sus cartas pero manteniendo siempre un espíritu jovial, ese mismo espíritu que hace de él uno de los hombres más simpáticos y entrañables del Valle.

Un cuarto de hora más tarde llegaba efectivamente Alberto Muñoz Peñaloza, el Director de la Casa de la Cultura de Valledupar, con un semblante relajado, casi impenetrable. El saludo fue tan rápido, como cordial. Todos los presentes se conocían desde mucho antes. El círculo cultural de Valledupar es a veces comparable con esa gran familia esparcida por todo el país que se reúne una o dos veces al año, con sus amores, silencios y desencuentros.      

No tardó mucho Pacho para arremeter contra la idea del Director de organizar un concurso nacional de Artes sin antes haber fomentado las artes en el municipio y en el departamento. El artista advirtió de un posible fracaso y, con el dedo en alto, recordó que no se puede organizar un concurso para que los “cachacos”, o cualquiera de afuera, se lleve la plata. “Un concurso tiene que servir a los artistas locales”, espetó con un tono rabioso y en ese instante tuve que rebajar la tensión defendiendo las ideas de ambos, como si fuera el árbitro de una contienda insospechada. A Pacho traté de insuflarle un ánimo diplomático y conciliador, pero me respondió con una mirada bravucona y complaciente a la vez. Entonces, entendí que estábamos ante un performance del artista, quien, rodeado de tres inmejorables testigos, había decidido convertir el encuentro en un espectáculo rimbombante para poner el funcionario en su lugar y hacerle entender que en cuatro años no había hecho nada que favoreciera el sector cultural.

Lo de Pacho Ruiz no se aleja mucho del partido de boxeo. Nadie en el municipio de Valledupar ha demostrado tanta furia y pasión para defender los intereses de los artistas. Nadie se ha plantado delante de un funcionario, como si de un ring se tratara, para recordarle las lagunas de su administración y dar unos consejos que, en ciertos momentos, podían sonar a amenazas. En el Café de la Plaza Mayor, hablaba la experiencia del artista, pero también la soltura de un hombre que no tiene nada que perder, que no come de la mano de ninguna administración, y que dejó hace mucho tiempo los juegos mundanos y el doble-lenguaje para dedicarse exclusivamente a defender y realzar el arte local.

La respuesta del Director de la Casa de la Cultura fue un aplomo aplastante y admirable. El ejercicio de cuatro años en la política y las artimañas del Derecho le permitieron mantener la calma de manera asombrosa. Todo esto contribuyó a un apaciguamiento bienvenido que sirvió para subrayar el logro de la primera Escuela vallenata de paz o algún otro acontecimiento político de los últimos meses. Sin embargo, Pacho no estaba satisfecho. Su primer asalto se había quedado a medias. Él, combatiente que lucha con las tripas, que lo entrega todo hasta el final, no podía conformarse con una interrupción en suspenso, y, quizás recordando el combate sin resolver del artista Baldot, quiso mostrar que él tenía las agallas -y la experiencia de una vida entera- para rematar este encuentro con un KO de tamaño magistral.

“Director, usted tiene la posibilidad de recuperar el tiempo perdido y quedar bien en la historia”. Fue lo que expuso el beligerante artista antes de solicitar una serie de compromisos sobre algunos eventos colectivos y la constitución de un museo de arte. Lo belicoso no le resta nada de iluso, Pacho se encontró ante un hombre que no estaba dispuesto a ceder un centímetro y menos presionado de tal manera ante un público neutral. “Me invitas para regañarme”, repitió enojado el Director y, por eso, la táctica del artista-boxeador volvió a la casilla inicial: alternando izquierda y derecha en un ritmo frenético que dejó a todos los presentes boquiabiertos. ¿De dónde venía tanta locuacidad a la hora de recordar los tropiezos de una administración? El consejo cultural sin elegir, las cuentas de artistas sin pagar, el olvido hacia los artistas plásticos, los teatreros… Todo fue tan rápido y lanzado con tal ferocidad que muchos de nosotros terminamos indignados con la verborrea del artista.

Decidí alzarme poco después de que José Luis Molina lo hiciera. Y enseguida nos siguieron Baldot y Armando Iguarán, mientras Pacho Ruiz se ensañaba con su combatiente que terminó yéndose sin despedirse. Al final, nos dimos cuenta que un KO puede también ser bochornoso e irritante. En realidad estábamos todos un poco noqueados.

Al poco tiempo hablé con el artista argentino y le recordé que su performance fue un espectáculo desconcertante. Se lo dije esperando una breve confesión, cualquier comentario que me permitiera entender lo que perseguía. Su única respuesta fue un alzamiento de cejas, como quien dice “fue algo incómodo pero había que hacerlo” y, luego, con la picardía de un artista que saborea su obra, citó esa frase que quedó en las memorias de este encuentro: “Me invitas para regañarme”.

 

Johari Gautier Carmona 

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