Artes plásticas

El pintor de verdades de la orilla del Sinú

María Ruth Mosquera

12/11/2018 - 06:20

 

El pintor de verdades de la orilla del Sinú
El artista Iván Leonardo López Martínez

Hace ya unas quinientas tardes que lo vi por primera vez. Llevaba largos el cabello, la barba y el bigote y tenía entre las rodillas un tamborcito plateado en forma de copa sagrada cuyo sonido despertaba reminiscencias ancestrales para mí. Lo observé en silencio tocando y cantando algo que hablaba de los dolores que invaden el alma cuando se muere la ‘mama’ y deja a los hijos sin nadie que los consuele. ¿Qué clase de tambor es ese?, le pregunté visiblemente imantada por sus sonidos. “Es una darbuka[i]”, me dijo y siguió con su faena folclórica, mítica y narrativa, mientras yo pensaba que para que un canto generara esos niveles de conexión en las personas tenía que originarse en lugares cercanos al alma o el corazón.

La siguiente vez que lo vi, muchos días después, cargaba un tambor distinto, pero que también me conectaba con los sonidos de mi África ancestral y me traía imágenes de lo indígena, de lo raizal; eran cantos con aroma a río, montañas, al territorio con su historia, a usanzas de pueblos que no se pueden expresar de otra manera sino con rimas. Entonces quise saber más de ese muchacho, pues por su manera de compenetrarse con su arte me hacía imaginar míticos seres de fuego que tienen una pata anclada en la milenaria tradición cultural y folclórica de los pueblos y las otras tres sobre los elementos tierra, agua y aire, y por eso se les nota tanto lo nativos que son de donde son.

Su nombre es Iván Leonardo López Martínez y tiene 29 años, un hombre de río que habita en la ribera del Sinú, en Montería-Córdoba. Un artista integral, que además de percusionista versado en todo tipo de tambores, maracas y otros instrumentos, que además de hacer cantos y cantarlos, de tener una larga historia en festivales y con grupos folclóricos de cumbia y bullerengue; es un artista plástico consumado, instruido en técnicas como la aerografía, la pintura al óleo, el muralismo, el grafiti, y un fotógrafo documental cuyo trabajo alista para conquistar salas de exposición en España.

¿Cuál es su cuento? Me pregunté, revisando su trayectoria a la luz de su edad. ¿Cuál es el mensaje que este muchacho pretende entregarle a la humanidad, sumergido en estos oficios generadores de satisfacciones, pero no tanto de recursos económicos?

“Lo que yo busco con mi pintura es generar una reacción directa con el espectador, haciendo de la pintura un espejo donde el que observa haga una reflexión sobre nuestras raíces, las consecuencias de la automatización de la humanidad. Nos estamos volviendo como robots, con caretas, alienados; es reflexionar sobre nuestras raíces, la robotización de nuestra especie”. Son obras cargadas de luz y oscuridad, texturas y colores. “Son elementos importantes porque generan contrastes que, de pronto, muestran una lucha que busca mantener la fe en un cambio de pensamiento, en pro de mejorar nuestra relación con la tierra y con nosotros mismos; mostrar un mensaje de crítica a los sistemas que nos mantienen hoy en día como ciegos, inhumanos, indolentes a todo lo que le pasa al mundo”.

Las distintas facetas de Iván Leonardo López Martínez / Foto: Archivo del artista

En el nicho del artista hay muchas de sus creaciones. Está ‘El cuero del planeta’, símbolo de un humano que es la encarnación del dolor de la tierra; un ser con rostro de agonía, manos de súplica, piel contaminada, cabello y barba de yerba, que tiene una herida en la costilla que se sana con flores y otra en el corazón que se cierra con lianas. Le falta una pierna que ha sido reemplazada con una prótesis de oro y está desnudo con tan solo un taparrabo hecho de oro también que solo le alcanza a cubrir los genitales.

La idea de cubrir la zona genital en oro es porque “ahí está nuestro primer chacra, lo carnal, los placeres el amor, los sentimientos; pero el oro los reprime, entonces ¿pa’ qué oro si estoy mutilado; para qué si nos reprime?, pregunta el artista.

Son obras conceptuales, que preguntan, cuestionan, despiertan, confrontan, como ‘El rescate’, un personaje mitad marioneta y mitad humano que agarra una rama que en vez de ser salvación le perfora el costado, mientras al lado hay un bebé totalmente humano y difuso que recién empieza a desarrollarse, en medio de muchas cosas, entre ellas un globo hermoso que está atado a un grillete. Sin duda, el bebé tomará el globo y se aprisionará para siempre, se volverá esclavo. “Pueden ser un carro, el dinero y todos los grilletes que uno se pone en el cuello. Mensajes como ese no gustan tanto; por eso no soy tan popular como pintor. Nadie va a querer un man con cara de agonía en la sala de su casa”.

En este punto de su historia comprendí porqué se volvió tan mal estudiante a partir del sexto de bachillerato en el colegio Gimnasio Vallegrande, de Montería. A esas alturas comenzó a cuestionar el conocimiento que le querían embutir, pues ya había empezado a germinar en él un pensamiento crítico que lo jalaba hacia el norte de sus vocaciones. Por eso, aunque sacara malas notas, se destacaba en todo lo artístico; hizo parte del coro del colegio, siempre estuvo dibujando, haciendo carteleras, decorando los salones para ocasiones especiales, y para ayudarse –como muchos otros estudiantes que venden dulces y chocolates- se dedicó a vender dibujos creados por él.

“Yo terminé el bachillerato muy desubicado; un colegio de gente muy católica y tradicionalistas donde lo que mostraban como carreras eran ingeniería, derecho, medicina… Terminé el colegio sin saber que existía una cerrera de artes plásticas, música; no supe que esa era una alternativa de vida, sino que salí viéndolo como un hobby”, cuenta.

Ahí empezó la búsqueda de ese ‘algo’ que respondiera a todo ese fuego creativo que le invadía las entrañas. Dos semestres de arquitectura; cuatro de publicidad, que se truncaron con un cabio de pensum en el que canjearon las materias creativas por administrativas; estudios de aerografía en la Academia de Artes Guerreros (Bogotá), donde se preñó se saberes y motivos, pero también salió porque su intuición le decía que había algo más. “Me hice amigo de mi maestro (Adriano Ayerbe[ii]); él vio mi talento y me dijo que su quería me fuera a su taller. Allí tuve clases personalizadas por dos años, fui su aprendiz”. Se adentró en los saberes de la historia del arte, atendía delegaciones en museos y salas de exposiciones hasta que estuvo listo para navegar solo por el río de sus habilidades.

Entonces, regresó a Montería e intentó montar un taller de aerografía, pero pronto cambió de idea, apremiado por el grito de su creatividad que lo urgía a desarrollar obras originales. “Me aburrí porque sentía que me limitaba creativamente, era como volver a pintar algo que ya estaba hecho y yo tenía muchas inquietudes de crear mis propias cosas, de contar una historia, de expresar mis pensamientos, emociones, inquietudes”.

Fue así como conoció a la artista plástica Mónica Patrón (egresada de Bellas Artes en Medellín) quien tenía taller en Montería; entró al taller haciendo una especie de canje de trabajo por una oportunidad para pintar, compró oleos, aprendió sus secretos y se enamoró de ellos.

El año 2012 llegó con la oportunidad de participar en un concurso de arte en Montería, que consistía en que los participantes estarían pintando en un centro comercial durante quince días, para al final subastar las obras. “Ahí conocí a otros artistas, entre ellos a Claudia Puello. A ella le gustó mi pintura y me invitó a una exposición en el salón de artes plásticas de San Pelayo, en el marco del Festival del Porro. Y se fue tejiendo una red de artistas plásticos cordobeses que se retroalimentaban de saberes y trucos del oficio.

Tres años después se juntaron 24 artistas, crearon el colectivo ‘Unos Cuatro’ y se dedicaron a montar exposiciones mensuales durante un año; luego la vida fue marcando destinos a cada uno y el grupo se desintegró, aunque todos continúan trabajando en el arte y reencontrándose cuando las casualidades de la vida así lo deciden y los hacen invocar un “Ojalá que volvamos a vernos y a trabajar juntos”. Mientras, la vida continúa: “Este año hice la primera exposición en el marco de un encuentro de saberes, acervos y archivos fotográficos, organizado aquí en Montería por la Fundación Caribe Vivo” y lo espera una sala en Europa.

Obras de Iván Leonardo López Martínez / Fotos: archivo del artista

¿Y las ganancias?

Montería, conocida también como ‘La perla del Sinú’, es una ciudad mediana, con un poco más de 460 mil habitantes que se ocupan principalmente en la agroindustria y la ganadería, que tiene su feria anualmente. El turismo se centra en la avenida Primera o Veinte de Julio, paralela al río Sinú, donde se encuentra el parque lineal más grande de América Latina; la Ronda del Sinú, que ofrece un paisaje majestuoso del río. Está el muelle turístico, las cascadas de Morindó, zona de artesanías, el museo Zenú, la escuela de Bellas Artes y algunos procesos artísticos a nivel universitario.

Sin embargo, no es fácil el arte el Montería. “Acá los espacios que tenemos para apreciar en artes plásticas son contados; prácticamente uno Muzac (Museo Zenú de arte contemporáneo); la Alcaldía, ronda del Sinú, el parque línea son los espacios de las exposiciones” y agrega que “estamos como en un hueco, pero ya están saliendo cosas buenas aquí, las estamos haciendo con las uñas (y el alma), los artistas y gestores culturales trabajamos por amor al arte”.

En esta realidad, ¿de dónde consigue ganancias un artista conceptual? “Es complejo vender este tipo de arte, a menos que sea muy reconocido”, explica y añade que las formas de lograr ganancias están sujetas a las relaciones que se hagan en las exposiciones y desencadenen contrataciones, charlas o encargos de otras obras, porque “como artista económicamente no he ganado mucho. Se gana reconocimiento, exposiciones, contactos para dictar talleres…”. De un muy buen contacto salió el trabajo de ilustrar un cuento de La Fundación La Cueva[iii], trabajo que será expuesto en Barcelona.

Sus días

Así, cuando Iván Leonardo no está pintando al óleo o en alguna exposición, está ilustrando un cuento, dictando talleres de arte particulares o en la Universidad de Córdoba (cátedra Unesco), tocando tambores, en un festival; y cuando no está en ninguno de estos quehaceres, está en el Nudo de Paramillo, cohabitando con los indígenas Embera Katío, con quienes adelanta actualmente un trabajo etnográfico, con fotografía documental, atendiendo también un llamado de su interior, pues desde niño ha estado en contacto con la cosmovisión Embera; conociendo sus padecimientos a causa del conflicto armado, el orden público, la transformación del río a raíz de los tantos fantasmas que, entre otras cosas, trasplantaron su sendero, contaminaron sus aguas, espantaron los peces de su lecho; fantasmas como la Represa de Urrá, con la que asegura “mataron el Sinú, el bocachico y dejaron a los indígenas pasando hambre en el rio”.

Entonces a ellos, los Embera, les entrega estrategias para que promuevan la salvaguardia de sus tradiciones, porque de pronto ya los niños de esta etnia han olvidado su cosmogonía, porque la iglesia y el occidentalismo se les han metido en las costumbres; entonces él les inculca cómo recuperar esas tradiciones y saberes, al tiempo que con fotografías exalta la tierra y el orgullo de lo nativo, lo que es realmente humano. “Uso la investigación etnográfica para visibilizarlos a ellos en el mundo”.

El río es el corazón de los indígenas y también de este joven, cuyo presente eterno está ahí, en la ribera del Sinú. El rio divide la ciudad; en la margen derecha ocupa la mayor densidad poblacional, está el centro, la zona comercial; la margen izquierda es más residencial, está la Universidad del Sinú y está en proceso una sede de la Alcaldía. Para comunicarse entre orillas hay dos puentes; uno antiguo de metal – el ‘Gustavo Rojas Pinilla’- que data de mediados del siglo pasado- y está maltrecho por su edad, y otro construido comenzando el nuevo siglo -el ‘Segundo Centenario’- que está en funcionamiento. No obstante, el transporte cotidiano se ha hecho en planchones, de los cuales existen unos veinte en las orillas, para cruzar el afluente.

Iván Leonardo, por supuesto, prefiere hacer las travesías bucólicas flotando sobre el agua sobre las rústicas naves que han ido evolucionando con las dinámicas del tiempo, pero que continúa siendo un medio de transporte fluvial silencioso y amigable con el medio ambiente. “Soy usuario diario del planchón, esa es una experiencia muy bacana; cada vez que lo cruzo es un momento de conectarme con la naturaleza, un momento de receteo”.

Tiene un sueño: que si arte pueda ayudar a generar consciencia en las generaciones, que sean más humanas, que tengan apropiación por la tierra, que se despierten, que creen un pensamiento crítico, una teoría que les sirva para la vida; en fin, que su pintura, su música y sus fotografías ayuden a desrobotizar a la humanidad.

 

Mariaruth Mosquera

@Sherowiya

 

[i] La darbuka, de origen árabe (donde la llaman derbake), es un instrumento de percusión usado en Oriente Medio, en el norte de África y en el sureste de Europa. Es un tambor con forma de copa con un parche en un solo lado.

[ii] Reconocido como uno de los pioneros de la aerografía en Colombia.

[iii] Refugio de cazadores e intelectuales donde se cocinaron las más pintorescas anécdotas e incluso se discutieron, inspiraron y realizaron pedazos de la obra literaria, periodística y artística del legendario Grupo de Barranquilla conformado, entre otros, por: Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor,  Alejandro Obregón y Orlando ‘Figurita’ Rivera.

1 Comentarios


Lenin Tuiran Arcia 19-11-2018 08:37 AM

Muy interesante y amena la crónica, tambien cabe anotar y resaltar el valor de la temática del artista, que libremente enfoca de manera pertinente la problemática postmoderna de la deshumanización y del deterioro ambiental. Esperamos que en Montería se siga promoviendo este tipo de arte.¡ Felicitaciones!

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