Artes plásticas

Tras la huella de Lucy Tejada

Mario Rivero

02/11/2021 - 05:30

 

Tras la huella de Lucy Tejada
El 2 de noviembre de 2011, en Cali, falleció Lucy Tejada, quien desafió al sistema educativo y a la sociedad de artistas del país / Foto: archivo El Pais

 

Lucy Tejada fue de las primeras mujeres colombianas dispuestas a tomar profesionalmente el arte, en forma esforzada y consciente. Distinta pues, de aquellas clases «de adorno, piano, canto, pintura sobre porcelana y tal vez acuarela, que completaban la cultura femenina por la década del 40. Tras estudiar decoración en la Javeriana, se traslada a Bellas Artes de la Universidad Nacional, como única mujer en el curso. El 9 de abril, la encuentra preparando una exposición al tiempo que hace el descubrimiento estético de La Guajira. El acceso a ese desierto de color amarillo, expositivo, extendido, que constituirá con las figuras femeninas, los insectos y los niños, un terreno emocional en su obra.

Un poco después, gracias a una beca hace la experiencia de Europa. Viaja por varios países, aprende «un poco do grabado», según sus propias palabras. Visita museos, en contacto y preocupación lógica por la cultura externa. Reintegrada al país en 1957, reinicia felizmente su actividad artística, con el primer premio obtenido en el X Salón de Artistas Nacionales, por su obra: Mujeres sin hacer nada.

Desde 1952, fecha de su primera exposición en Bogotá, a 1980 hay sin duda un buen trecho. Un ir y venir puro y desvelado por la pintura, jalonado por el hito de varios premios, entre otros, el Primer Premio del Salón de Artistas Caldenses, en 1952, y el de la Tercera Bienal Americana de Artes Gráficas de Cali, en 1977.

Un proceso largo, ininterrumpido, infatigable en la creación, en la experimentación, en la elaboración, ya sea como muralista en Cali, Pereira, Popayán, o como cofundadora del grupo El Taller, en Cali, donde reside desde 1956. Siempre en lucha consigo misma para expresarse a través de una pintura significante y en desafío a las convenciones de una cultura pictórica profundamente provinciana, inclinándose de un modo sensible al nuevo sentido de la forma puesto en juego por el arte moderno.

Desde sus primeros trabajos, Lucy Tejada empieza a denotar un verdadero temperamento artístico. Una disposición estética que quiere ofrecernos la dualidad apaciguada, sumergida dentro de la poesía, entre un orden mental y las perturbaciones y matices propios del sentimiento.

La visión del mundo en Lucy Tejada está pues caracterizada por esta peculiar relación que ella sostiene con la realidad externa, desde la propia interioridad, desde el filtro y la redoma del yo. La ternura, las soledades, la melancolía o los encuentros intraducibles cristalizan en su obra. Se detienen y organizan en estructura, convergen y transforman en cierta manera en sueño. Construyen la visión, la vertiente poética, que fluctuando entre lo que se vincula explícitamente con lo real y lo que se libera, constituyen, el tono, el estilo, el hálito y la palpitación de obra.

La obra Mujeres sin hacer nada, de Lucy Tejada

Hay un discurrir por los senderos interiores, en donde el tema, se ha esfumado, reubicado entre lineas emotivas y formas libres. Su voluntad de representación de la figura humana, se ha hecho simplemente búsqueda de luz, color, expresividad, espacio, para que todo se asimile e integre a otro enigma. Seres que se han encajado su máscara de sueño, entre alambradas o cordajes como ante una barrera infranqueable. Separados, en perpetuo litigio con el mundo Perforando las distancias du ras de la tierra, batiéndose blandamente con el sueño. Están ahí en sus cuadros con ese aire secreto. solucionando con limpieza la discordancia entre la fantasia y lo real, sin alarde, ni truculencia, en un ajuste fácil y asombroso.

El desencadenamiento de valores sentimentales va configurado así en Lucy Tejada, esa atmósfera litica, casi onírica, que termina satisfactoriamente en un expresionismo de signo inequívocamente romántico. Una visión llena de magia, tejida con hojas, cuerdas como trenzas de niñas silvestres, ojos que escrutan las cosas y Ia vida, y rostros, siempre rostros, rondando entre vegetales y raíces.

En la pintura de Lucy Tejada hay pues siempre la constante de una presencia humana vigilando desde lo interno Y lo externo. Una población de silencio en perpetuo ritual como enseñándonos las maniobras sutiles de la luz, invitándonos el mundo de las texturas y los valores plásticos generando serenamente una atmósfera. Rostros a los que se les enreda, a veces, burlesca o tristemente una escafandra o una máscara, y en cada rostro siempre una mirada pensativa, grave, y cabelleras fluviales, arborecidas, como algas del mar o como medusas.

Desde Mujeres sin hacer nada, ese coro de mujeres agrupadas y arrebujadas, estáticas, asediadas por el arenal, Lucy Tejada tiende a representar sus figuras, más que en la acción, ensimisma das dentro de las decoraciones que imponen la soledad o el sueño: girasoles, lunas, eclipses, columpios: la poesía que se descifra en su obra como soterrada siendo lo más señalado, no su caudaloso poder sino su forma, sutilmente decorativa, llena de delicadezas expresivas.

Frente a sus dibujos como ante sus óleos o sus grabados frente al «cuerpo» de esta obra realizada casi siempre con técnicas mixtas, como corresponde a su deseo de innovar de experimentar, de no repetirse, no es difícil aceptar a Lucy Tejada como un valor de primera línea en el panorama artístico del país, con categoría y responsabilidad de coprotagonista, al lado del grupo pionero de Obregón en la aventura del arte moderno.

 

Mario Rivero

Revista Diners

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