Bienestar
Sanar es dejar de ser leal al dolor

Ya no necesito sentirme protegida viviendo desde el miedo, la ansiedad o el estado de alerta.
Ya no necesito seguir sosteniendo un estrés económico que nace de una lealtad familiar que no me corresponde. Una carga que no es mi responsabilidad, que no es mi miedo y que tampoco me pertenece.
Durante mucho tiempo creí, quizá sin darme cuenta, que cargar con el dolor de alguien más era una forma de amar. Como si sostener su peso demostrara mi amor, mi bondad o mi lealtad.
Pero hoy entiendo algo distinto:
A veces confundimos amar con cargar.
Y amar no siempre significa sacrificarte.
Podemos pensar que, si cambiamos de casa, de ciudad, de empleo o incluso de pareja, nuestra vida cambiará automáticamente. Como si lo externo tuviera el poder de transformarlo todo.
Pero la verdadera pregunta es otra:
¿Qué pasa cuando por dentro seguimos igual?
Cuando seguimos pensando igual.
Sintiendo igual.
Reaccionando igual.
Cuando seguimos tomando decisiones parecidas, aunque cambien las personas o los escenarios.
Entonces repetimos.
El sistema nervioso sigue alterado.
El cuerpo sigue en tensión.
La rabia sigue allí.
O, más profundo aún, el dolor de nuestras heridas sigue gobernando silenciosamente nuestra vida.
¿La razón?
Seguimos siendo leales a dolores que aprendimos a cargar.
Y aceptar eso no siempre se siente cómodo.
Escribirlo tampoco.
Pero sí se siente profundamente liberador.
Porque sanar también implica reconocer qué cargas nunca fueron tuyas.
Es como cargar la mochila del vecino.
Absurdo, ¿verdad?
Sin embargo, muchos vivimos así durante años.
Cada vez que volvemos a nuestra raíz y comprendemos de dónde nacen nuestras heridas, algo comienza a cambiar.
No solo soltamos peso.
Nos volvemos más conscientes.
Más maduros.
Más ligeros.
Y en esa ligereza ocurre algo hermoso.
Tu cuerpo empieza a relajarse.
Tu mente se despeja.
Tu corazón se expande.
Y cuando dejas de sobrevivir, comienzas a sostener la vida de otra manera.
Empiezas a sostener paz.
Amor genuino.
Relaciones más auténticas.
Abundancia sin culpa.
Silencio sin miedo.
Recuperas tu fuerza.
Recuperas tu propósito.
Recuperas tu capacidad de habitar el presente.
Y entonces descubres algo sagrado:
La delicia de existir.
Inhala.
Exhala.
Con amor,
Angelic Schrieder






