Bienestar

El castigo físico en los niños

Maira Ropero

12/07/2018 - 05:30

 

 

Santiago es un niño de 15 años que llega a mi consulta porque lo han echado de su colegio. El comportamiento agresivo con sus compañeros y profesores ha obligado a las directivas del colegio a tomar la decisión de sacarlo del colegio.

Detrás de Santiago me encontré con unos padres muy violentos, llenos de rabia y rencor con su pareja. Su comunicación es irónica y sarcástica, tratan de humillar al otro en todo momento. Éste es el ejemplo de relacionamiento que ha tenido Santiago, éste es el espejo que sus seres queridos le han dado.

¿Qué queremos de nuestros niños? ¿Qué queremos que sean? ¿Cómo queremos que se relacionen? ¿Qué tipo de persona estamos formando?

Hoy está comprobado que el castigo físico sí afecta, sí deja cicatrices. Aunque algunas personas estén en desacuerdo porque no se sienten capaces de educar de otra manera, es cierto que están haciendo daño a las personas que más quieren en el mundo. Y no solamente están dejando una huella física, también mental ya que, a través de los golpes, están enseñando una manera de resolver los conflictos y los problemas.

Si quieres que tus hijos sean personas violentas, intolerantes, agresivas, conflictivas, maltrátalos física y verbalmente. El resultado directo será una persona llena de temores que va intentar maltratar para no ser maltratado o que va permitir que otras personas lo maltraten también. Las palizas enseñan a los niños que la interacción humana se basa en la fuerza, que el que tiene más fuerza está en lo correcto. Cuanto más se golpee a un niño, será más probable que, como adulto, él se relacione con otros mediante la fuerza y no por la razón

Mediante el castigo físico, la raíz del problema no se soluciona y muchos niños siguen manteniendo esa conducta reprobada cuando creen no ser vistos.

En otras palabras, los efectos del castigo físico son momentáneos. El castigo no provoca el desaprendizaje del comportamiento que se desea modificar ni ofrece una alternativa más adecuada y ello hace que la conducta tienda a repetirse.

Emplear castigos físicos como medida habitual de corrección provoca pérdida de confianza del niño hacia los padres o educadores, daña la autoestima del niño, que llega a desvalorizarse (sobre todo si piensa que el castigo es injusto), se produce estrés, tensión y agresividad e incluso provoca el uso de la mentira o el engaño para evitar el castigo.

Muchos niños acaban distanciándose de sus padres y les “castigan” a ellos negándoles la comunicación y generando rabia y necesidad de venganza (no siempre consciente).

Muchos otros acaban perdiendo la espontaneidad y la creatividad (¿la niñez?) y se convierten en niños inseguros, temerosos y dependientes de la persona que lo castiga, pues evitan tomar decisiones que puedan ser erróneas y que puedan originar un nuevo castigo.

Algunos investigadores dicen que todo acto de violencia por parte de un adulto contra un niño, sin tener en cuenta lo breve o leve que sea, deja una cicatriz emocional que se extiende toda la vida. Podemos demostrar esto hasta cierto punto mediante nuestra experiencia personal. La mayoría de nosotros admite que los recuerdos más vívidos y más desagradables de la niñez son aquellos en los que fuimos lastimados por nuestros padres.

Para algunas personas el recuerdo es tan desagradable que hacen como si fuera algo trivial o hasta divertido. Si nota que sonríen cuando describen lo que les han hecho, es por vergüenza y no por placer. Como un medio de protección contra el dolor que sienten en el presente, disfrazan el recuerdo de los sentimientos del pasado.

Les comparto algunos  de los efectos y riesgos de los castigos físicos a niños y niñas:

- Daña su autoestima. Genera sensación de minusvalía y promueve expectativas negativas respecto a sí mismo.

- Interfiere en sus procesos de aprendizaje y, por lo tanto, en el desarrollo de su inteligencia, sus sentidos y su emotividad.

- Invita a NO razonar. Al excluir el diálogo y la reflexión, dificulta la capacidad para establecer relaciones causales entre su comportamiento y las consecuencias que de él se derivan.

- Crea un obstáculo, un impedimento en la comunicación entre padres e hijos. Daña los vínculos emocionales creados entre ambos.

- Les hace sentir rabia, rencor, y ganas de alejarse de casa.

- Engendra más violencia. Enseña que la violencia es un modo adecuado para resolver los problemas.

Una educación amable, apoyada en una base sólida de amor, respeto y comunicación, es la única manera efectiva de lograr un buen comportamiento cimentado en fuertes valores internos, en lugar de un “buen comportamiento” superficial basado únicamente en el miedo.

Lo que realmente necesitan los niños y los padres deben aprender a dar es:

Tiempo: Calidad de tiempo. Que los espacios que se compartan sean divertidos, amenos, dándoles el 100% de la atención y haciéndolos sentir importantes.

Afecto: Las manifestaciones de afecto son necesarias para los niños. Expresiones que les muestren a ellos, no sólo con palabras sino también con acciones, que los quieren.

Compañía: Ayudarles a tomar decisiones y a definirse metas, para que luego puedan hacerlo por ellos mismos.

¡Buen viento y buena mar!

 

Maira Ropero

@MairaRopero

Sobre el autor

Maira Ropero

Maira Ropero

Bien estar

Maira Ropero (Valledupar). Psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana especializada en Psicología Clínica (Universidad Autónoma de Barcelona, España) y Coach de vida. Máster en Programación Neurolingüística y Doctora en hipnosis clínica.

Su columna semanal “Bien estar” ofrece reflexiones para mejorar la salud mental y disfrutar de cada instante. Es un espacio idóneo para el crecimiento personal y el fortalecimiento de un liderazgo inspirador.

@MairaRopero mairaropero

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