Bienestar

La obesidad: una epidemia ligada a las emociones

Maira Ropero

14/02/2014 - 09:30

 

Seguramente has conocido alguna persona que padece obesidad Puede que fuera el simpático o la simpática del grupo al que hacías parte. En muchas ocasiones sus caras exponen una gran sonrisa, pero con ojos de mucha tristeza.

Las personas obesas pueden aparentar ser felices –y sin problemas en la interacción social–, pero al mismo tiempo padecer sentimientos de inferioridad, dependencia y gran necesidad de ser amados.

A pesar de que muchos estereotipos difunden la imagen de que las personas “llenitas” son graciosas y joviales, lo cierto es que suelen estar sometidas a constantes críticas, bromas pesadas, presiones y expresiones hirientes por parte de quienes los rodean, de modo que pueden experimentar sentimientos de malestar, tristeza y depresión ligera, incluso desde edades muy tempranas.

Se sabe que la obesidad favorece la aparición de cáncer, diabetes, hipertensión, infartos al corazón y cerebro, trastornos en el sueño y desgaste de articulaciones, pero no siempre se habla de las desfavorables consecuencias que genera en la salud emocional y autoestima del individuo.

La obesidad es la causa y la consecuencia de numerosos problemas psicológicos. El exceso de peso suele generar trastornos como la depresión o la ansiedad, es un problema que dificulta la forma de vestir, el ejercicio cotidiano, o incluso, el simple hecho de sentarse. Altera la autoestima y calidad de vida de las personas, las cuales a menudo son discriminadas.

De acuerdo a reportes emitidos por la Organización Mundial de la Salud, la obesidad es uno de los 10 principales retos que debe enfrentar la ciencia médica en todas las naciones, debido a que desencadena enfermedades potencialmente mortales y, sobre todo, por el alarmante avance que ha tenido en las últimas décadas.

Muchas personas ceden al impulso de comer desaforadamente y de forma compulsiva cuando son sometidas a situaciones de enojo, estrés o falta de autoestima. Si se come emocionalmente, se engorda irremediablemente. Para controlar su peso, “la persona debe controlar sus sentimientos, en lugar de alimentar el ego con la comida que encuentre a su paso”, señalan los expertos.

Comer como respuesta a los estímulos emocionales puede aliviar la tensión. Pero esta reacción se vuelve peligrosa para el peso corporal y la salud cuando se convierte en hábito, conlleva a comer en exceso y escapa al control del afectado.

¿Por qué nos llevamos la comida a la boca cuando nuestras emociones se desbocan? Las raíces están en los hábitos aprendidos en la infancia, cuando se le da de comer al bebé que llora o se regala un caramelo al pequeño que ha sufrido un rasguño para consolarle, relacionando la comida con el alivio del malestar.

Si una persona come alimentos cuando está alterada, inconscientemente trata de aumentar sus niveles de serotonina, una sustancia producida por el organismo que regula los estados de ánimo.

Cuando se come demasiado para distraer, disfrazar o eludir los sentimientos se originan sensaciones de culpa, vergüenza y enojo con uno mismo por haber abusado de la comida como recurso. También surgen el vacío y la frustración, porque las necesidades de afecto, comunicación, autoconfianza, libertad, éxito o de ser correspondido no se ven satisfechos con la comida (con lo que se crea una nueva tensión y un deseo por volver a comer).

Los pacientes obesos o con sobrepeso sostienen mitos como, “tomo un vaso de agua y engordo”, “es un problema glandular”, “hago dieta y no adelgazo”, “no ceno”, “toda mi familia es obesa y por eso yo también”, etc., lo que los lleva a considerarse victimas de sus padecimientos y circunstancias y no les permite controlar el problema.

El peso excesivo representa la necesidad de protección. Buscamos protección de heridas, desaires, crítica, abuso, etc. La obesidad refleja nuestro temor a la vida. Cuando sentimos que carecemos de afecto, cuando depositamos nuestro amor o nuestra confianza y nos sentimos traicionados decepcionados o no correspondidos, aparece la obesidad.

Cuando tenemos la sensación de que la vida no nos responde como quisiéramos, empezamos a sentirnos desprotegidos y eso se refleja en nuestro cuerpo que crea una protección falsa: la grasa.

Ahora entendemos que los alimentos pueden tener una fuerte carga emocional y por qué para la persona que padece obesidad es difícil renunciar a una de sus más importantes fuentes de placer.

Por eso se plantea la necesidad de abordar psicológicamente este problema con un enfoque completo, es decir teniendo en cuenta las variables cognitivas (creencias), afectivas (manejo de estados emocionales displacenteros) y las variables ambientales (costumbres, hábitos familiares, etcétera). De lo contrario, cualquier tratamiento o cirugía tenderá a fracasar y la obesidad volverá poco después.

¡Buen Viento y Buena Mar!

 

Maira Ropero

@MairaRopero

Sobre el autor

Maira Ropero

Maira Ropero

Bien estar

Maira Ropero (Valledupar). Psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana especializada en Psicología Clínica (Universidad Autónoma de Barcelona, España) y Coach de vida. Máster en Programación Neurolingüística y Doctora en hipnosis clínica.

Su columna semanal “Bien estar” ofrece reflexiones para mejorar la salud mental y disfrutar de cada instante. Es un espacio idóneo para el crecimiento personal y el fortalecimiento de un liderazgo inspirador.

@MairaRopero mairaropero

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