Cine
Manifiesto de Nina Marín

El error es raíz y alimento del aprendizaje.
Filmo para resistir al olvido, antes de que el silencio lo devore todo.
Manifiesto de Nina Marín
No es pretensión. Es integridad.
Es una luz en la oscuridad la que me empuja a crear.
Una mirada honesta que filma en medio de un mundo confuso.
No hago cine para gustar.
Hago cine para recordar lo que han querido olvidar.
Para mirar lo que el mundo se niega a ver.
Para dejar al tiempo una huella, una imagen, antes de que el afán cotidiano la borre.
Vengo del canto que no cabe en la partitura.
Del silencio de las mujeres que no escribieron libros, pero tejieron el tiempo.
De las almas errantes que no dejan tacto, pero sí voz.
Del agua y de las corrientes subterráneas que arrastran cuerpos invisibles, ahogados en la memoria.
De la muerte que germina en la vida de una imagen.
Mi cine nace de ahí: de la tierra, del sudor, de la sangre, de la voz baja, la mirada larga…
De la fuerza que hierve en la cocina, en el café cerrero, en la aromática de los funerales de amores prohibidos.
No vengo del cine escolar ni de los manuales de guion.
Vengo de las abuelas, de las trizas, del olvido, de la necesidad.
De los ojos que ven la pureza de la palabra no dicha.
Filmo lo que no pide ser filmado, lo que un mundo sin poesía considera inútil.
Lo que el frío metálico del pensamiento, desnutrido por el interés, no reconoce como arte.
Filmo sin miedo, con la certeza de errar en el camino.
Filmo lo imperfecto: un canto rústico, una décima olvidada, el eco de un alma que partió hace mucho.
Filmo eso que llaman “pequeño”, pero que para mí es fundacional y vivo.
Como la planta silvestre: esa que crece donde el sol quema, regada solo por el canto diminuto del sereno.
Mis películas no buscan entretener.
Buscan acompañar.
Sembrar una incomodidad sagrada y a la vez pueril.
Me muevo entre la ficción y el relato del monte, el que no cabe en las urgencias del mundo.
Filmo el sueño, la invocación, el eco de una oración.
Mi cine es una imagen rota, una cicatriz que sangra, una lágrima seca cansada de ser manantial.
Un ritual de voz, de canto, de escucha.
No haré cine para complacer, porque ahí muere el impulso y el instinto.
No cortaré una escena por “no ser ágil” si la fuerza interior de la obra exige su permanencia.
No pondré música para que sientas lo que yo no siento.
El silencio también es música.
La voz de la naturaleza también es deseo.
No hablaré por otros: hablaré por mí, desde el coraje y el calor de la sangre que alimenta la herida abierta.
No haré folclor para programadores, ni mostraré pobreza o violencia como postal, sino como recuerdo enfurecido que no se deja olvidar.
No traicionaré la ternura radical de mi mirada —esa que algunos llaman ingenuidad—, la misma que late en mi sien como jaqueca, que no descansa hasta expulsar el mal pensamiento, la letra viva, la imagen, el sonido.
Mi cámara no se adapta a la moda ni al ruido.
Mira de frente, buscando siempre la verdad.
Me dirijo a las niñas que creen que el cine no es para ellas.
A los pueblos que no caben en fondos ni estadísticas.
A las mujeres que filman con miedo y con hambre, pero siguen.
Quiero ser raíz.
Que después de muchos soles, y lejos de mí, con el polvo del tiempo queriendo borrar mi nombre, una mujer, frente al abismo de crear, encuentre mis películas como quien encuentra un hilo en la niebla, y diga:
"Esta forma de narrar también era posible. Ah… entonces sí era cine. Yo también puedo hacerlo a mi modo."
Porque, a diferencia de lo que el sistema vende —que el cine debe obedecer un molde, un estándar—, espero que un alma perdida en la incertidumbre vea en mi obra una expresión del espíritu, un pedazo de ser que se queda en el pensamiento, con la fuerza de la sinceridad y de la unicidad.
Y así, tal vez, no me recuerden a mí, pero sí recuerden la libertad.
Nina Paola Marín Díaz
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