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Escribir es más que un oficio

La escritura es quizás la mejor herramienta que ha desarrollado el ser humano a lo largo de su historia por su paso en el planeta; es ese lenguaje universal que nos caracteriza y distingue de las demás especies: un sistema de representación gráfica que, mediante signos esculpidos en roca, pieles o papel, registra nuestros orígenes. Es aquello que trasciende más allá de la memoria, pues todo lo material tiene un fin, incluido el hombre; pero la escritura es una marca que queda grabada en el propio universo.
Es por ello que considero que escribir es más que un oficio: es una responsabilidad social con una carga humanística que se eleva mucho más allá de la comprensión razonable. Es la manifestación de los sentimientos convertidos en símbolos que dan forma al lenguaje en el infinito mundo de las palabras. Por eso, cuando escribo, abro las compuertas de mi corazón y dejo al descubierto el alma, la cual se libera con cada suspiro transmutado en letras.
Escribo a la vida, al amor y a los infortunios; lo hago con un alma desnuda que se abre ante el mundo para dejar volar lo que siento. Es, tal vez, la mayor sensación de libertad: esa que se logra cuando la pluma libera la tinta en un derroche de imaginación que luego se transforma en texto.
Los escritos nacen de las alegrías, pero también de las profundas tristezas y, a veces, hasta del miedo. Por ello, la mente de un escritor es semejante a un cultivo que brota frutos sin importar si los tiempos son buenos o malos. Las cosechas paridas por mentes cargadas de rebeldía y pasión han recorrido el planeta, dejando semillas en quienes tienen el honor de deleitarse con versos y estrofas que se convierten en esperanza y frutos del conocimiento.
La escritura ha sobrevivido al tiempo: desde la prehistoria hasta nuestros días; desde que los primeros hombres la esculpieron sobre piedras hasta el ser humano moderno que la disfruta en pantallas. Sin embargo, su valor y su esencia no mutan; es la más indeleble expresión de la pureza humana. Pareciera como si los escritores fueran siempre los mismos, inmutables a través de las épocas, porque cada vez que se revisa un manuscrito se descubre algo nuevo. Consultamos en viejas enciclopedias las obras más antiguas y hallamos elementos que se mantienen más actuales que nunca; son como un banco de semillas guardado con el más grande secreto y, a la vez, expuesto a la humanidad para continuar la senda que abrieron nuestros antepasados: un lenguaje que conserva su pureza sin adulteración.
Desde las montañas hasta las más flamantes oficinas nacen letras que inspiran e invitan a viajar en el tiempo, reconstruyendo las esperanzas que se marchitan ante el agite de los días. Es ahí donde aparecen las plumas para reflejar el alma compartida de los autores, quienes ven en la escritura no solo un oficio, sino la razón misma de la existencia humana.
Nerio Luis Mejía






