Cine
Drácula: ¿Una historia que debía contarse?

Drácula es una de las historias que vuelve cada 10 o 20 años a la pantalla gigante. Desde Nosferatú (1922), de F.W. Murnau, primera película importante de terror, e interpretación libre de la novela de Bram Stoker, hemos conocidos muchas adaptaciones y seguiremos recibiendo nuevas.
Ahora nos llega el turno de la película Drácula: La historia jamás contada (2014), dirigida por Gary Shore, con un nuevo sabor y una nueva estética, pero no por eso realmente novedosa…
En “Drácula: La historia jamás contada” hay escenas típicas, secuencias en las cuales, se quiera o no, influyen sobre todo las actuales películas con superhéroes. Un ejemplo: el príncipe Vlad, antes y después de convertirse en vampiro. Más parece una película de la escudería Marvel.
Esta película no consigue ni siquiera reconstruir el inicio del filme Drácula (1992), de Francis Ford Coppola, y se atasca en detalles superficiales dignos de X-Men y otros súper hombres, que nos recuerdan otras grandes producciones.
Llevado por el amor a su pueblo, a su esposa Mirena y a su hijo, cuando Vlad percibe que las fuerzas de su reino son insuficientes, decide transformarse en un “no muerto” vinculado al vampirismo para derrotar a los turcos.
El recurso que Gary Shore utiliza para eso es el peor de todos: el de las películas de gladiadores y soldados romanos. Encontramos un exceso de medios técnicos, pero una falta evidente de talento.
Todo es esquemático y artificial: la propia aventura, lo romántico, lo sanguinolento y hasta el posible terror de algunas partes de la historia y lo más aburridor de esta cinta es la manera cómo se representa a Drácula.
Drácula: La historia jamás contada es en conclusión una película sin sentido, sin alma, sin creatividad, sin la fantasía del terror, o mejor dicho, sin propósito.
Alberto Campos






