Cine

Los 33: un drama chileno con trazos hollywoodienses

Natalia Fernández

26/08/2015 - 06:50

 

No es fácil realizar una película basada en una historia real, y menos cuando se trata de un drama. Por eso, mucho tomaron con cautela el anuncio del rodaje de la historia de los 33 mineros de Atacama (en Chile).

Hay que decir antes de todo que se trata de una epopeya. En 2010, los mineros quedaron enterrados vivos a su suerte por el colapso de una mina obsoleta, sin posibilidades de que los encontraran, dependiendo de la atención de personas en la superficie, también atrapadas en discusiones sobre negligencias y voluntad política para sacarlos vivos o muertos.

Finalmente, los 33 fueron terminaron bendecidos con una de las cooperativas internacionales de rescate más grandes de la humanidad. Este es el espíritu de esta historia, el cual no solo cambió la mirada de una nación en sí misma, sino que conmovió por un instante al mundo entero.

El final es feliz, todos los sabemos, pero aquí, como prevalecen el espectáculo y la ficción, añadir o falsificar hechos de la vida real es algo inevitable. A veces el resultado es tan invisible para muchos ajenos culturalmente a la historia, que no afectan el aprecio por su narrativa o la progresión dramática.

El guión de “Los 33” estuvo a cargo de cuatro escritores, basado en el libro “Deep Down Dark: The Untold Stories of 33 Men Buried in a Chilean Mine and the miracle that Set Them Free” del periodista ganador del Pullitzer Héctor Tobar.

En “Los 33” las historias de los mineros son enfocadas en líneas argumentales que involucran la relación de dos o más personajes, desde ambos lados de la lucha. De ese modo, por el lado de los mineros, destacan la historia de Mario Sepúlveda (Antonio Banderas) con su esposa Katy (Kate del Castillo) y la relación de Mario como líder natural con sus compañeros; la de Luis Urzúa (Lou Diamond Phillips) y su condición de puente entre la empresa y los mineros; la historia de Alex Vega (Mario Casas) y su embarazada esposa Jessica (Cote de Pablo); la historia de un alcoholizado Darío Segovia (Juan Pablo Raba) y la separación con su hermana María (Juliette Binoche). Por el otro lado, la historia de Laurence Golborne (Rodrigo Santoro) con los familiares desesperados, con el presidente Piñera (Bob Gunton) y con el ingeniero rescatista Sougarret (Gabriel Byrne).

El resto de las historias como el “Campamento Esperanza”, Yonni Barrios con su mujer y amante,  el minero a punto de jubilar, el minero boliviano, la cápsula fénix, plan A, plan B, plan C, la prensa internacional, Farkas regalando plata, son mostradas como viñetas o clips contextualizados en la macro estructura narrativa dominante en el universo principal que es el fondo de la mina.

Ya que esta película se concentra en la perspectiva humana de los principales involucrados, conceptos presentes en los eventos reales como la negligencia minera, el aprovechamiento mediático y político, el valor técnico-científico, destacados por su importancia posterior, son parcialmente ignorados en el filme, lo que da libertad de acción a los realizadores en cuanto al manejo de los personajes, pero resta al peso documental que se espera de una realización de 40 millones de dólares, basado en hechos muy bien conocidos, pues fueron transmitidos al mundo entero.

Y es que el tema de la transmisión de los hechos reales no es menor. Por ejemplo, en el caso del drama de los uruguayos que se estrellaron en Los Andes, el relato oral, televisivo y radial estimó la importancia del arriero Sergio Catalán en el rescate de los rugbistas. Sin embargo, en la película “¡Viven!” de Frank Marshall, el protagonismo del rescatista fue desestimado, pues el quid era que los rugbistas “se rescataron solos”.

Lo mismo, tristemente, ocurrió en “Los 33”, donde la valentía de Manuel González, el primer rescatista que se atrevió a bajar y fue el primer ser humano que vio directamente a los 33 con vida y que más encima fue el último en salir y “apagar la luz”, fue ignorado por completo “para darle protagonismo con fines dramáticos a los mineros”. Esto, en la era de la información, puede llegar a resultar incomprensible, pues todo el mundo sabe que los mineros “no se rescataron solos”.

En “Los 33”, la historia es contada a trazo grueso, con valor de producción, pero con un ritmo impreciso. Da la sensación de que faltó media hora de metraje que permitiera ajustar ciertos detalles. Se ha dicho que “Los 33” equivale a dos películas, la de los mineros atrapados y la de las familias esperando, pero hay una tercera y es la de los mineros y el mundo entero esperando el rescate. Esa última es la menos desarrollada y es probablemente la que hubiéramos esperado que quedara mejor. No se ve la ingeniería del rescate. Las palomas, los ultrasonidos, los detalles técnicos de comunicación son puestos en escena como decorado o explicados a modo de elipsis lo que deja gusto a poco. Poca “ciencia” y mucho “Don Francisco”.

Lo que sí es innegable es el talento actoral de esta película. Todos funcionan. No todos son bien aprovechados. Paulina García como la asistente de Piñera, Alejandro Goic como el minero Lobos o Cristian Campos como el ingeniero asistente de Sougarret, son ejemplos de actorazos chilenos reducidos a figurantes. Adriana Barraza, la mexicana nominada al Oscar por “Babel”, tiene menos líneas de diálogo que el mencionado Don Francisco. De cualquier forma era de esperarse. Aún así, no hay duda de que quienes sostienen el relato de esta película son Antonio Banderas, Lou Diamond Phillips, Juliette Binoche y Rodrigo Santoro. Banderas es todo lo que esperábamos de una representación del mediático minero “super mario”, líder carismático protagonista que mueve la historia. Binoche da una clase de actuación: A los treinta segundos uno ya no ve a la protagonista de “Blue” sino a una mujer nortina esforzada vendiendo empanadas para subsistir. Santoro, por su parte, no imita a Golborne porque no puede (el material no da), pero da lo mejor de sí como una persona ordinaria obligada a coordinar fuerzas en varios frentes. Finalmente Lou Diamond Phillips es quien, a mi gusto, aprovecha su tiempo en cámara al máximo, al interpretar al responsable de llevar a los mineros a sus propias tumbas y luego transigir como uno más ante lo inevitable.

No estoy cien por ciento seguro de si el espíritu épico de la realidad es el espíritu que muestra esta película. Lo que si queda claro es que el desafío de la producción y de la realizadora Patricia Riggen era captar la dimensión humana, es decir la perspectiva de las víctimas y sus principales actores en el contexto del desastre de la mina San José. Y lo consiguieron.

 

Natalia Fernández 

 

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