Cine

Los años 60 y la irrupción del Nuevo Cine Latinoamericano

Nelson Carro

03/09/2019 - 05:55

 

Los años 60 y la irrupción del Nuevo Cine Latinoamericano
Imagen del 20º Festival Internacional del Nuevo cine latinoamericano organizado en La Habana

 

Hollywood siempre fue una sombra ominosa sobre el resto del continente; sombra que se fue acentuando aún más luego de la segunda guerra mundial, cuando sus afanes expansionistas e imperialistas tuvieron en el cine un aliado muy eficaz.

Pero Latinoamérica estaba en convulsión; la posibilidad de un mundo más justo, que erradicara las enormes diferencias sociales, inocultables, reunió a muchos bajo la misma bandera, siguiendo el ejemplo de la revolución cubana.

Los sesenta vieron nacer un fenómeno llamado nuevo cine latinoamericano, que, influido por el neorrealismo italiano y otros movimientos de cine social, de espaldas a los modelos estadunidenses y de cara a la conflictiva realidad, revivía la posibilidad de una cinematografía a nivel continental.

Los pequeños países que habían quedado marginados del cine volvían por sus fueros: Bolivia, Perú, Chile, Uruguay. Nombres como Fernando Birri, Fernando Solanas u Octavio Getino en Argentina, Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos (y todo el cinema novo) en Brasil, Mario Handler en Uruguay, Jorge Sanjinés en Bolivia, Santiago Alvarez, Tomás Gutiérrez Alea y Humberto Solás en Cuba, Miguel Littín en Chile, o Leobardo López Aretche, Alfredo Joskowicz o el Grupo Octubre, en lo que podría catalogarse como cine independiente mexicano, intentaron con mayor o menor fortuna ese otro cine, más acorde con el nuevo mundo al que se aspiraba. Era un cine consciente de la condición tercermundista del continente, y trataba por eso de integrarse a otras luchas del Tercer Mundo, como la de Vietnam.

Pero a la euforia de los sesenta sucedería el desencanto posterior. Enfrentado a la censura y a sucesivos golpes de estado y dictaduras militares, el nuevo cine latinoamericano vería a sus mayores exponentes exiliados o impedidos de trabajar. Además, los años setenta marcan la llegada a Hollywood de una generación de jóvenes cineastas-ejecutivos, de los que el mejor ejemplo es la mancuerna Steven Spielberg-George Lucas, que con películas de enorme presupuesto, deslumbrantes efectos especiales y entretenimiento muy banal, conquistaron a un público que encontraba en esos inocuos pasatiempos una salida a las presiones reales. La arremetida fue demoledora y en poco rato terminaron por controlar totalmente la taquilla, desplazando a todas las otras cinematografías, en particular a las europeas, que tradicionalmente habían ocupado un espacio de cierta importancia. Finalmente, las cinematografías nacionales debieron ceder terreno, después de luchas no siempre honestas.

Hoy en día, y salvo excepciones muy contadas, casi todo el dinero cinematográfico termina en los Estados Unidos, país que no sólo cuenta con las películas más exitosas (con costos de producción y recuperación nunca antes vistos), sino también controla la distribución y la exhibición y, lo que en este momento es mucho más importante, el mercado del video y el mayor porcentaje del tiempo de televisión. La lucha parece perdida de antemano, sobre todo si tomamos en cuenta que para el público del continente, el idioma inglés resulta el único unificador. Un espectador argentino se podrá quejar de que no entiende el mexicano y uno mexicano de que no entiende el cubano; sin embargo, todos coinciden en aceptar las películas de Hollywood y la forma de vida que nos venden.

El futuro incierto

En términos económicos e industriales la situación parece muy clara. Si dejamos a las cinematografías latinoamericanas que compitan libremente con la estadunidense, están destinadas a desaparecer. Efectivamente, las leyes del mercado están a favor de Hollywood. Pero, si consideramos que el cine no es solamente un producto industrial, como los automóviles, sino que además y fundamentalmente tiene una incuestionable importancia cultural, las cosas pueden cambiar.

Los cines nacionales deben ser protegidos por los estados latinoamericanos, como una forma de preservar su identidad. En este caso, importa menos el valor económico de la industria, que la capacidad del cine para expresar ese universo particular, los personajes, las tradiciones y el habla locales, que siguen existiendo pese a los afanes globalizadores y que merecen ser defendidos. Cuando no hace mucho tiempo, en Brasil, el gobierno eliminó todos los apoyos a la cultura, el cine vivió uno los peores momentos de su historia y la producción se redujo casi a cero. Al contrario, el reciente auge del cine argentino está íntimamente relacionado con una política impositiva que afecta a la televisión y la publicidad en beneficio del cine. En México, la modernización del sexenio pasado condujo a una larga serie de privatizaciones en el campo del cine que terminaron por dar el golpe final a una industria que arrastraba una antiquísima crisis.

 

Nelson Carro

Crítico de cine

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