Cine

Dos rostros de una misma moneda

John Harold Giraldo Herrera

27/01/2020 - 09:20

 

Dos rostros de una misma moneda

 

El encuentro de dos personas disimiles, contrarias, -estilo el mundano y parco Sancho Panza con el caballero hidalgo Don Quijote-, nos dio para saber que el camino y sus cruces, podrían alimentarlos de tal modo que, en un periodo de tiempo, el uno es también el otro y viceversa. Le sucede a cualquiera que conviva o se intercambie, más si tienen matices y perspectivas contrarias, el acercarse, da para que los roces, pugnas, chispas, puedan terminar en mieles. El diálogo, es decir, la posibilidad de intermediarse, de dar giros, de saber los polos y orillas y asomarse a esos escenarios que uno contempla, es de lo que más enriquece a un ser humano.

Los dos Papas, la película del imperio Netflix, que ha conquistado corazones y ha ennoblecido a espectadores, dejándonos sentar en la capilla Sixtina, o viendo fútbol en la casa del vaticano, o recorriendo los jardines de esa ostentosa casa papal, es la trama emblemática de como los contrarios pueden acercarse y corresponderse por medio del discurso.

Los dos papas es la curiosa forma de saber que hay dos que comparten la jerarquía y el dominio de un emporio occidental. El catolicismo es la religión que más doblega y mantiene con alimento ideológico a una buena parte de la población mundial, nos causa expectación saber -aunque sea en la ficción de un relato- reconocer las dos caras, el rostro fusionado, aunque uno sea el de las vitrinas, el otro sigue en sus aposentos también mandando. Además, son tan distintos, sus pensamientos y estilos opuestos, sus opiniones no son coincidentes, vienen de caminos extremos, pero así se ligan y estrechan, porque por más incompatibles, la cercanía de militar en una tolda, los une, y también lo hace la película: nos propone aperturas, de una institución que ha soportado todo tipo de vejámenes que ha promovido y de los cuales, solo la fe, ha podido soportar.

La diada no es solo de dos personajes, de dos actores, Antonhy Hopkins (Ratzinger) y Jonathan Pryce (Francisco), sino de un director como Fernando Meirelles (recordado por Ciudad de Dios y El jardinero fiel) y un guionista Antony McCarten (Bohemian Rapsody, Dark Time y Theory of Everything). Se ha polemizado sobre las verdades y mentiras de la película, sin embargo, el vaticano no la ha refutado y en cambio gana adeptos, porque esa narración con o sin verdades, ha logrado lo que ellos en sus iglesias no: mostrar los vericuetos de una intimidad que no conocemos para conmocionar y atraer creyentes.

Uno cree y se podría convencer, que la ternura deja de un lado la aparente enemistad y que la garra de un argentino y su sencillez, doblegan lo escueto y duro de un papa alemán acostumbrado a las más retrogradas formas de sometimiento y adulación. Sin embargo, los extremos se atraen y sus coordenadas de mundo dispares, coinciden en el horizonte y en el marco donde se desenvuelven. Muy opuesto a los dos que van por el camino sin saber muy bien dónde pararán o qué desventura les suceda, como Sancho y el caballero de la triste figura. Los dos Papas, el sensato Francisco y el antipático Ratzinger, saben que su sendero es el mismo y que en lugar de la desventura o el caos, los congrega el orden y ese lazo de la religión.

De modo que por supuesto, es una película lograda con seducciones y embellecimientos, hecha con la fuerza de un relato cautivador, máxime cuando lo que vemos es aquello que no podemos ver, porque sólo nos llega un pedazo de información por las noticias o por los escándalos. Eso queda a un lado, y como espectadores, estamos ante la majestuosidad del imperio y ante la sutileza de sus jefes. Sobrevolar por los recovecos del vaticano, ir a comer pizza en un restaurante barato, volver hacia el pasado y recordar las batallas con las gentes en lo rural, las amenazas del fascismo carcomiendo la humanidad, los pecados de los hombres que tienen el aire de santidad, viajar por esos eslabones donde la filosofía se tiempla al calor de las ideas. En fin, la película hecha por el brasilero, nos conmueve y tanto que nos deja propicios para un encuentro sublime.

No obstante, cumple su cometido, es una manera de acercar a esos que han abandonado la creencia, fortalecer a quienes la llevan y dejar pensando a los que no tenemos proximidad con esas deidades. En otras palabras, es un champú promocional, un banquete de genialidades por las separadas maneras de los individuos y sus cercanías. Sin dejar de enunciarlo, Los dos papas cumplen una labor más publicitaria. Es ahí donde la película cae. Porque no puede considerarnos ingenuos para suavizar sus mensajes.

Los Dos papas se encuentra en la carrera de los Óscar, ha sensibilizado por vía streaming a millares y al tiempo ha dado de qué hablar. Nos conecta con poderío y de modo masivo, en las trifulcas no reveladas de la iglesia, a partir de la mediación de una historia con astucias. Pero no son dos, es uno, una misma cara con dos rostros, cuyo veneno y antídoto se encuentran en su interior. No fue fortuito, ni producto del azar que el más noble siga mostrando el rostro a quienes quieren conquistar el cielo desde la tierra, cuando el otro papa, el mismo, se encuentra influenciando y manejando desde su púlpito a esa institución. Ha cambiado el humor y desde luego el lenguaje y las disposiciones de la iglesia católica han encontrado una renovación, sin abandonar el camino ni salirse de él. Para eso tendría que galopar en la incertidumbre y dejar la presunción de la que no se pueden salvar, porque están obligados a ejercer ese mandato.

El agelasto logra romper su hermetismo, el entusiasta y quien no quiere poder, lo acepta. Aunque tampoco hay una risa manifiesta ni una crítica fulminante, con complacencias y con gestos, como el silencio o la complicidad en los gustos del otro, entendemos la fusión.

Cualquier película es una trampa, sobre todo si su fuerza narrativa nos arrasa. Sus amarres nos dejan muy emotivos, su mensaje cala, su propósito no borra los crímenes ni el pasado ni la función de ese dios sobre nosotros y de esos enviados entre los mortales.

 

John Harold Giraldo Herrera
Docente -Universidad Tecnológica de Pereira

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