Educación

Tres horas para respirar y continuar

Carolina Guerra Ariza

19/04/2018 - 06:45

 

 

Soy madre de una niña de 6 años. Ella es mi eje, el impulso que a diario me hace despertar con ganas de llevar a cabo cada proyecto que tengo en mi cabeza y de inventar un millón más, el hálito que me ayuda a respirar cuando me siento desalentada por este mundo y sus afanes, en fin, ella es mi compañerita de camino. Sé que nuestros caminos en algún momento se disociarán, así debe ser, mas tengo el temor por la precocidad con la que este mundo la aboca a ello: la infancia es tan corta… ojalá cada ser humano pudiera notar que para ser adulto está el resto de la vida, que el afán por llegar allá no nos hará arribar primero sino desaprovechar esa etapa en la que, como nunca lo será nuevamente, todo es posible: entonces, los objetos pueden transmutar y una caja es nave espacial, tren o casa de muñecas y cualquier objeto es un teléfono en potencia; entonces los personajes de cuentos y películas habitan la realidad, es más, no hay línea que separe a dicha realidad de la ficción, entonces… existen argumentos científicos para la magia, si algo tan maravilloso es posible y yo, gracias a mi hija, he comprobado que es así, revisitando mi infancia cuando ella me permite habitar la suya y, gustosa, acepto la invitación.

Nuestros caminos se disociarán, lo que no implica que dejaremos de ser compañeras de camino, sino que ella asumirá el rol total de decidir sus pasos construyendo un camino independiente y yo, más allá de todo el maremágnum de imposiciones externas, de ese ‘deber ser’, acuñado por no sé quién ni cuándo, que habla de estimulaciones tempranas y bebés políglotas, de inteligencias múltiples y de lo que requiere el sujeto humano para alcanzar los estándares de idoneidad para un mundo en donde todos compiten pero no se sabe bien por qué, sólo quiero darle las herramientas suficientes para que pueda ser ella misma, para que en la gavetera de su cerebro estén los hilos, agujas, mariposas y botones suficientes con los que tejer cada decisión que tendrá que tomar. Sé que nadie aprende por experiencia ajena y que ella tendrá que formarse sus propios criterios partiendo del aprendizaje directo, pero también sé que el legado de su ascendencia le allanará algunos trechos del camino. En este punto me pregunto: ¿qué considero importante para educar a mi hija?, ¿cuáles son las herramientas que le quiero dar? Al responder me distancio del mundo que como comunidad global hemos creado, ese que, como todo lo humano, es un reflejo de nuestro paradójico ser y existir: por un lado, su insensata pretensión de deshumanizar lo humano nos aleja cada día de lo esencial propio del género, si tal principio ontológico existe (no arrugas, no canas, no malos olores o bacterias, piel bronceada, cuerpos con ciertas medidas, sólo lo joven es válido, esto es, la obsolescencia programada de los seres, en fin, la sociedad antihumana) y, por el otro, aun me impresiona por todo aquello que podemos hacer como proyección de lo que somos. Ahora, intentaré responder.

En principio, lo esencial: quiero que ella sepa que es amada y que ame, no sólo a los otros seres humanos, sino a su entorno. Parece una redundancia pero, cuando nos abocamos a la realidad e intentamos hacer coincidir varias maneras de pensar, el afán de los días nos llega sin un ‘te amo’, cimiento esencial del gran edificio que es cada persona. Si ella se sabe amada, amará y, como consecuencia, rechazará escenarios de odio que la afecten a ella, a quienes ama y a su espacio vital que, en tiempos globalizados, será la totalidad del planeta. Una persona que ama y sabe amar, con dificultad permitirá escenarios de injusticia en los micro y macro espacios de su interacción, y vaya que en este mundo se necesitan muchos ‘nunca más’, dejar de lado la simiente del individualismo, que deviene del egoísmo y de los cambios sociales determinados por las nuevas tecnologías (útiles, si las sabemos emplear), para abocarnos a la comunalidad. A lo anterior se agrega, como consecuencia necesaria, una autopercepción positiva, con lo que tendrá una armadura anti-matoneo, fenómeno que ha asumido formas diversas a través del tiempo, no obstante, el mal uso de las tecnologías (herramientas, al fin y al cabo, cuyo efecto depende del uso que se les dé) le ha dado un nuevo rostro, un poco más cruel por la posibilidad de magnificación y réplica del mismo.

Quiero que tenga una imaginación desbordada, que sea sensible y aprenda que se puede llegar desde muchos lugares al mismo conocimiento, no sólo desde la razón que se posiciona por sobre la maravillosa y tan femenina intuición. Ejemplo de ello, el reconocimiento del movimiento espiralado de la existencia: los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta dicen que el primer animal que existió fue el caracol, que la mochila se teje y se poporea siguiendo el sentido marcado por él, el sentido del mundo girando sobre su eje; la ciencia nos dice que desde lo micro, las cadenas de ADN; hasta lo macroscópico, las galaxias y supercúmulos, son espirales, esto es, siguen la música que guía el tejido de la mochila. Pensamiento científico – pensamiento mitopoético; razón – intuición, emotividad, sensación, percepción, etc., son todos lugares válidos para entender el mundo y crear pensamiento, quiero que ella tenga esa certeza.

También, que aprenda a conocer su cuerpo y a no tenerle miedo, que no requiera eufemismos para hablar de él y que herede un mundo en donde la equidad hombre – mujer se logre más allá de la sociedad patriarcal, enraizada en el nocivo paradigma judeocristiano en donde la mujer depende del hombre y sus costillas para existir. Uno de los lugares de poder de nuestro ser-en-femenino es el cuerpo, saber que somos seres cíclicos y que nuestros ánimos y fuerzas físicas dependen de la etapa del mes en la que estemos. De haber sabido esto antes, de haber reconocido mi yo-en-femenino con toda la potencialidad del autoreconocimiento, el imaginario de la sangre azul y del correr la triatlón con cólicos que incansablemente replican los comerciales no habría calado tan hondo y tan profundo en mí; me habría decidido por la calma física y el pensamiento claro en la etapa menstrual y por la fuerza corporal y el pensamiento ejecutivo en la ovulatoria. Ese es un conocimiento que nos ayuda a presentarnos ante el mundo como lo que somos, más allá de las representaciones equivocadas y negativas con las que hemos lidiado a lo largo de nuestra historia colectiva.

Además, que tenga memoria porque no hay nada peor que el olvido. Si lo sabremos los latinoamericanos… Por eso, le enseñaré que el pasado es aquello a lo que vemos de frente, porque el futuro es incierto e impredecible. Además, reconociendo el pasado compartido, evitaremos replicarlo, como aún no lo sabemos los colombianos que reelegimos malos gobernantes y les damos continuidad en el legislativo por dos períodos, réplica que implica continuidad y, más allá de la conservación del statu quo, el que éste empeore sin que haya quien diga el ya mencionado ‘nunca más’ nacido del amor por la tierra propia, por la tierra nuestra.

Es tanto lo que quiero para ella… Le doy herramientas para que las tenga en esa gavetera a la que aludí hace algunos párrafos, como aquella que tenía mi abuela y en la que me pasaba las tardes descubriendo monedas antiguas y botones, tuercas y encajes, fotografías mínimas encerradas en casitas que las aumentaban, en fin, historias del pasado que llegaban al presente para transformarse. La gavetera de mi hija siempre será espacio en construcción, en donde habrá lugar para el descubrimiento constante más allá de las herramientas que yo le dé, entre ellas, el que sepa que su pensamiento es válido y que la vida es ensayo y error, por ello, equivocarse es un principio fundamental del conocer y reconocer el mundo; que valore la sensibilidad artística y reconozca lo que otros han hecho desde su más profunda piel y, sobre todo, que encuentre en el arte una manera de aprender más allá de los estándares de un dogma. Y… la lectura: llave al saber casi infinito del universo conocido y a los mundos posibles ¿imaginan que cada ser humano creyera en ilimitados mundos posibles? Tal vez el miedo no sería impedimento para andar porque valiente no es quien no siente miedo sino quien actúa a pesar de él.

Es tanto lo que quiero para ella… Pero llega la cotidianidad y el tan mencionado y abstracto sistema boicotea algunas de mis mejores intenciones haciéndome acostar con esa sensación de ser una mala-madre, como aquella que no me dejó dormir bien anoche. ¿El motivo –uno de varios-? Las tareas. Partamos de un principio de realidad: el tiempo que tenemos es limitado. Parece una redundancia, sin embargo, no me refiero a la totalidad del tiempo vital de cada persona sino a algo menos pretensioso: el día sólo tiene, a pesar del mundo y su impulso capitalista, 24 horas. Veamos qué hace con ellas mi pequeña de 6 años: 10 de esas horas, duerme; 7, en el colegio; 3, en desayuno, almuerzo, cena y aseo; y 1, en taekwondo. Sumando todo esto, le restan 3 horas en las que, muy a mi pesar, debe dedicarse a las labores escolares. ¿Por qué?, me pregunto, ¿acaso no tiene derecho a descansar, a tener un momento de ocio, a aburrirse y emplear su ingenio para dejar de estarlo, a conocerse a sí misma, a pensar en algo diferente a lo académico o incluso a proyectar su conocimiento académico en sus juegos y cotidianidad?, ¿cómo mi pequeña descubrirá quién es si no tiene tiempo para ello? Los grandes conceptualizadores de didácticas y pedagogías, aquellos que se acercaron al conocimiento del ser humano en su infancia (Montessori, Piaget, Waldorf, etc.), tienen un aspecto compartido: el juego como principio para el aprendizaje del mundo, su reconocimiento y transformación en la infancia, entonces ¿por qué el sistema no le permite a mi hija emplear 3 horas de su tiempo para jugar?, ¿a dónde quedan los juegos de roles que serán la antesala al mundo que con el crecimiento llega?, es más, ¿cómo podría generarse un hábito como el de la lectura si no hay tiempo para ir a la biblioteca o para leer algo diferente a los libros escolares?

En el caso particular de mi hija, se agregan dos temas: se distrae con facilidad y tiene su propio ritmo. Con respecto al tema de la concentración, descubro que puede enfocarse toda una mañana jugando con su lego o haciendo ejercicios matemáticos, no obstante, sé que no siempre se hace lo que nos gusta, así que es un proceso el lograr que mantenga su atención aunque no sea su tema preferido. Sobre su ritmo, estoy decidida a hacer valer el derecho de mi hija a que, más allá de las cuantificaciones, pueda existir alejada del afán, que se tome su tiempo para hacer aunque su universo a veces se antoje ralentizado. Me cuesta, no lo niego, soy un ser que se tropieza con su propia sombra del puro afán, más allá de lo cual, el sin prisa pero sin pausa tiene mejores resultados porque del afán… sólo el cansancio, en mi caso, el agotamiento extremo.

En otras ocasiones, he pugnado por el derecho de mi hija a esas tres horas de su tiempo. Este año, decidí no hacerlo porque pensé que el abstracto sistema tiene maneras de envolver a los sujetos y que, inevitablemente, mi hija se verá abocada a ellas. Sin embargo, ya pasados dos meses de un ejercicio continuado, sé que las tareas no incentivan su ánimo investigador, su creatividad, su autodescubrimiento, por el contrario, la alejan de ello y, lo más grave, con dificultad consolidan el vínculo madre e hija pues la batalla contra el tiempo es el sino de esta generación, batalla que estamos condenados a perder siendo él categoría infinita y los seres humanos entidades finitas y limitadas, muy limitadas.

Quiero tiempo para mi hija. Que se respeten los espacios y se disocien colegio y casa. Que el colegio no se proyecte en el hogar. Con ello no intento decir que deslastro al colegio: soy una madre proactiva y me interesa saber de cada proceso de mi niña, esto es, quiero apoyar el proceso académico de ella sin negar los otros. Se pueden reforzar los conocimientos desde la lectura del gran texto que es el mundo y esto sólo puede suceder si las niñas y los niños tienen esas tres horas diarias para llevar a la práctica los saberes, hablar de ello con mamá y papá, practicarlos, pensar en ellos… proyectarlos en sus realidades para hacerlos un poco más tangibles.

Soy sólo una madre que intenta criar a su hija lo mejor que puede rogando, a cada paso, por estar en el camino correcto para mi pequeña y para mí. Sé que en el proceso de crianza los resultados se ven más adelante, que las hijas e hijos retornan al cauce tras descubrir que lo único invariable en esta modernidad líquida es la familia que, más allá del deslumbrante mundo, lo único que nos hace caer siempre de pie es el vínculo esencial consanguíneo. Nosotras dos, que hacemos parte de un matriarcado fundamental, lo sabemos de cierto por las pruebas que en estos 6 años hemos sorteado gracias al apoyo de ese núcleo que jamás nos ha abandonado y, estoy segura, jamás lo hará. Por eso hoy quise hablar desde mi lectura del mundo, permitirles un asomo a nuestra esfera privada (cuya principal representación es la familia) para que entiendan el profundo sinsabor de las tardes en las que Ilona, mi hermosa hija de 6 años, no puede darse a su autodescubrimiento porque el colegio se continúa en el hogar para impedírselo. 

 

Carolina Guerra Ariza

 

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