Educación

Los niños tienen alas, no se las cortes

Diógenes Armando Pino Ávila

24/05/2019 - 06:05

 

Los niños tienen alas, no se las cortes

 

Una de las actividades más placenteras de las muchas que he realizado, en mi vida de todero, ha sido la de tallerista de lectura y escritura creativa con niños y adolescentes. No sabría diferenciar si lo he realizado como oficio temporal o lo he hecho como una sana diversión que reaviva mis ganas de vivir, ya que la alegría de los niños contagia optimismo hacia la vida, enseñando a mirar este presente convulso y violento con paciencia y ese futuro incierto con la esperanza alegre de que algo bueno sucederá.

Acostumbro a realizar talleres a los chicos de mi pueblo, algunos los he realizado en mi casa y otros en la biblioteca, esta semana culmino uno que realizo en la biblioteca municipal con niños entre los ocho y doce años, cursan escolaridad en los grados quinto, sexto y algunos de séptimo. Éste ha sido un taller especial, el primer día asistieron cuarenta y cinco niños, todos llenos de esa curiosidad por descubrir de que se trataba el asunto, eran muchos niños, sin embargo, trabajé con todos en una charla sobre los fines que se buscaban, les hablé de la necesidad de la comunicación del hombre dentro de la sociedad, de la importancia de la lectura y la escritura y, sobre todo, de lo maravilloso de crear mundos de fantasía. Realizamos unos ejercicios simples de creación literaria, no tomamos un refrigerio brindado por la alcaldía, se les dejó un ejercicio y nos citamos para tres días después.

En la segunda sesión se presentaron treinta y dos niños, el taller fue más manejable, algunos niños leyeron en voz alta sus textos, otros tímidamente me pidieron que los leyera en silencio para que los demás niños no se enteraran, otros sencillamente no quisieron leer y algunos no realizaron el ejercicio en casa. Total, entre lo que leí y escuché leer de esos niños quedé, como siempre, prendado de esa imaginación desbordada, de esa fantasía creadora inagotable y sin límites, me contaron historias fantásticas creadas por ellos mismos con esa ingenua sabiduría que solo los niños son capaces de mostrar y que muchas veces nosotros los adultos no nos detenemos a admirar.

En las sesiones subsiguientes el grupo se había reducido a sus justas proporciones, veinticinco niños, lo que no tuvo merma alguna fue la creatividad y el derroche de fantasía. En estas últimas sesiones me sorprendieron con historias misteriosas y divertidas dónde yo sólo les daba una idea, un partidor para que ellos echaran a andar en una carrera desbocada los corceles de su imaginación. Les daba ideas simples tales como: «El reloj que se paraba a las doce de la noche» y con esta idea construían historias fantásticas con temas donde combinaban la muerte, la felicidad, la pobreza y hacían pequeños cuentos.

Me fascinó el del relojero que el comandante paramilitar le encargó fabricar el mejor reloj del mundo en siete días y, si no lo hacía, le mataría a su pequeño hijo. El pobre relojero trabajó de día y de noche y sin comer esos siete días para poder cumplir y salvar la vida de su hijo. Al séptimo día, justo a las doce de la noche terminó el reloj, le dio cuerda y murió con él en la mano. El comandante paramilitar fue por su reloj, pero todos los días, justo a las 12 de la noche se paraba, lo que hizo que lo vendiera, el reloj estuvo de dueño en dueño hasta que un día se lo regalaron con burlas al hijo del relojero, éste lo tomó, se lo puso en su muñeca y nunca más se paró ni necesitó que le dieran cuerda.

En este taller supe de niños que lloraban con lágrimas de cristal, de niños que jugaban dentro del espejo, de tinajas de barro capaces de congelar el agua, de niños que no sabían manejar bicicletas pero que eran capaces de pilotear su cometa de colores y otear desde las alturas horizontes de ensueño jamás visto por otros, no faltó la bruja malvada que hacía sortilegios con patas de lagartijas, alas de grillos y mollejas de gallinas, que embrujaba a los niños desobedientes. Historias fantásticas que me llenaron de sana envidia por la imaginación y fantasía que estos chicos eran capaces de desplegar en pocos minutos. Envidié sanamente la rapidez y facilidad creadora de los niños y la contrasté con la estúpida tendencia castradora del adulto, que no se detiene a escuchar y a explorar las tantas cosas que los niños son capaces de manifestar. Si los mayores nos detuviéramos tan solo unos minutos diarios a escuchar a los niños, tengo la seguridad que aprenderíamos tanto de ellos que cuando llegara la hora de partir hacia el infinito, estaríamos o por lo menos casi en la categoría de sabios.

Los niños solo necesitan un pequeño impulso, un empujón suave y bien intencionado para levantar el vuelo creador, Dios los hizo con alas, si con los años perdimos las nuestras, míralos volar a ellos y que te cuenten lo que otean en las alturas de su imaginación creadora. ¡No le cortes las alas a los niños!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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