Educación

La Educación romántica que tuvimos

Diógenes Armando Pino Ávila

07/06/2019 - 05:25

 

La Educación romántica que tuvimos

En las evocaciones del pasado que acostumbro hacer, descubro día a día personajes, anécdotas, acontecimientos, pasajes de tipo costumbrista, históricos, en fin, casos y cosas de toda índole que me parecen interesantes por lo curioso y por lo que significan para la cultura de los pueblos de la Costa Caribe colombiana.

A propósito del festejo del día del maestro en el mes pasado, comencé a pensar en ese pasado lejano en el tiempo, pero tan cercano a mis querencias y, recordé la educación de mi terruño que, con las variantes y particularidades de cada pueblo, debe ser similar en todos los poblados pequeños de la Costa Caribe Colombiana.

Comenzaré diciendo que la educación secundaria llegó a mi pueblo bastante tardía pero, afortunadamente llegó en hora buena, hubo dos colegios privados que daban la oportunidad de estudiar hasta primero de bachillerato y a partir de ahí quedaban truncas las aspiraciones de estudio para los muchachos del pueblo, solo los hijos de los hacendados podían salir a Bogotá o Santa Marta a culminar la secundaria, la mayoría de los que salieron los absorbió el ambiente capitalino y regresaron al pueblo a lidiar con los becerros y negocios de sus padres, algunos estudiantes humildes que salieron a estudiar, lo hicieron con lujo de detalles en el Liceo Celedón de Santa Marta y El Pinillo de Mompox, luego salieron con su propio esfuerzo a Bogotá en busca de trabajo, logrando ingresar a la ESAP y a la universidad donde se profesionalizaron.

Andando el tiempo, hace 51 años se fundó el Colegio Agropecuario que daba la oportunidad de formarse hasta cuarto de bachillerato y salir como Práctico Agropecuario. Este fue un salto educativo, para nosotros, de proporciones ciclópeas, pues se produjo un desembotellamiento de las aspiraciones de la juventud de esa época que, veían frustrado su progreso por falta de oportunidades de estudio. Téngase en cuenta que los alumnos fundadores eran jóvenes mayores de dieciocho años, que tenían cinco y seis años de haber terminado la primaria, que desempeñaban oficios varios, que frecuentaban cantinas, mientras que las mujeres eran jóvenes de igual edad que ayudaban en los quehaceres del hogar esperando irremediablemente un príncipe azul con quien casarse y procrear.

La Escuela Agropecuaria comenzó labores con un número de profesores, que en su haber solo tenían el título de bachiller, pero eran bachilleres de conocimientos enciclopédicos, capaces de dictar a sus alumnos cualquier materia, y su único método pedagógico era «enseñar cómo les enseñaron a ellos», la verdad, hacían un gran esfuerzo para enseñar a sus alumnos. Recuerdo al profesor de sociales, que también dictaba lengua castellana, haciendo su clase magistral sobre la cultura griega o disertando sobre las famosas «Guerras Médicas», el profesor de ciencias agropecuarias enseñando los nombres técnicos de las plantas de la huerta escolar y explicando el control de plagas de los cultivos de la región.

Vale decir que en ese entonces no había biblioteca y que las consultas e investigaciones tenían que hacerlas consultando un voluminoso diccionario Larousse y tiempo después en un diccionario enciclopédico de doce tomos que compró el colegio. Si el tema era muy complicado, la otra fuente de consulta que teníamos era preguntarles a los profesores. En los hogares el único libro o revista que se encontraba era el Almanaque Bristol donde nuestros padres consultaban las fases de la luna.

Olvidaba comentarles que el fluido eléctrico lo proveía la empresa mixta Electrocesar que con una planta diésel en un horario de 7pm a 12 pm nos vendía el servicio de luz eléctrica, y que dichas plantas se averiaban cada rato y la empresa mandaba el mecánico a arreglarla al cabo de tres o seis meses, en tanto la comunidad estaba sin luz. Cuando la planta estaba buena se duraba dos o tres días a la semana sin funcionar por falta de combustible, por lo tanto, se estudiaba con mechones de petróleo o velas.

Ninguna de éstas dificultades, por fuerte que fueran, doblegaron el deseo inquebrantable de estudiar de esa pléyade de jóvenes deseosos de aprender y terminar su cuarto de bachillerato y empacaron maletas para Ciénaga de Oro Córdoba o Buga Valle a los Institutos Técnicos a cursor tres años más de estudio para graduarse de Técnicos Agropecuarios. A partir de ahí muchos se profesionalizaron en diferentes disciplinas del saber.

Ahora hay bibliotecas, Internet, telefonía celular, licenciados, Magister y Doctores como profesores y nuestra juventud no se motiva. ¿Dónde estamos fallando?

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

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Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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