Educación

Perder el año: la burla del pueblo

Eddie José Dániels García

13/08/2019 - 05:25

 

Perder el año: la burla del pueblo
Una vista del Colegio Pinillos de la Villa de Santa Cruz de Mompós / Foto: Fernando de Castro

Han pasado muchísimos años, casi cinco o más décadas, que el estudio significaba un verdadero sacrificio para todos aquellos educandos que se formaban en los prestigiosos colegios de Colombia. En esa época era un orgullo trasladarse a las aulas escolares para cumplir seriamente con las responsabilidades académicas y escuchar las fecundas disertaciones que realizaban los profesores, siempre identificados con su pulcra vestimenta, su lenguaje elocuente y su copiosa cultura general.

Nada era más placentero para las distintas generaciones de aquellos tiempos, que cargar sus escasos libros y cuadernos, muchas veces en una bolsa de tela, para presentarse a la hora estipulada a cumplir puntualmente con los horarios asignados. Llegar al colegio, organizarse por grupo en el patio central y presenciar al rector dirigiéndose a los estudiantes para comentarles aspectos sobre la conducta, la disciplina y detalles de la vida cotidiana, era una fórmula sacramental que se cumplía diariamente antes de ingresar a los claustros académicos.

Estas fueron las experiencias que viví yo, mi hermano Jocé y todos los amigos de nuestra generación cuando tuvimos el privilegio de educarnos en el histórico Colegio Pinillos de la Villa de Santa Cruz de Mompós. Era la década del sesenta, una época imborrable, glorificada por la consagración, el interés escolar y la mística estudiantil. Estos tiempos dorados fueron compartidos con un ilustre abanico de profesores de distintas regiones que hicieron su tránsito por el Colegio Pinillos durante dos o tres años. Me ilumina la memoria recordar a reputados docentes como Alfonso Escárraga Tache y Donaldo Bermúdez Núñez, samarios, Rafael Hernández Benavides, corozalero, Orlando Olivares Consuegra y Rodolfo Logreira Ripoll, barranquilleros, Próspero Ayala Poveda, tunjano, Pedro Bahoque Daza, Soplaventero, Jorge Contreras Hernández, sincelejano, Ricardo Rico Hernandez y Juan B. Arango Sanchez, guamaleros, Angel Zuluaga Giraldo, Teodoro Gómez Alzate, Jesús María Velasco y Luis Carlos Mayo y Córdoba, del interior del país.

Asimismo, un renombrado cuerpo de profesores, nativos de la Ciudad Valerosa, impartía sus sabias enseñanzas a todos los alumnos de los distintos pueblos de la región momposina que nutrían las aulas pinillistas: Marcos Pérez Villa, Federico Guzmán Nieto, Osvaldo Gutiérrez Lara, Rodrigo Alvarado Asís, Efraím Ospino Piñeres, Jesús Zapata Maldonado, Armandito Rodríguez Cunha, José A. Cabrales Meza, Marcos Serrano Mejía y el veteranísimo profesor de música “Chanto” Martínez Rojas. En esos mismos años, grandes figuras de la administración también dejaron su huella impecable en la rectoría del Pinillos: Don Saúl Bustamante Muñoz y el doctor Orlando Ramírez Román, momposinos, don Lino Maturana Arriaga, quibdoseño, y don Jaime Castellar Ferrer, sanjacintero. Éste último, un personaje excepcional, dueño de unas cualidades singulares que lo mantuvieron durante cinco años en la dirección del plantel y le granjearon una altísima reputación y los mejores elogios por parte del estudiantado y de la sociedad momposina.

Como en esa época, casi todos los pueblos de la región, incluyendo a Talaigua, no tenían planteles de bachillerato, la escogencia del Colegio Pinillos, aparte de ser un orgullo, era prácticamente una obligación. Raras eran las familias que escogían instituciones de Barranquilla, Cartagena u otras ciudades para educar a sus hijos. Y como el Pinillos era casi de condición masculina, las mujeres se educaban en la Escuela Normal de Señoritas, también en Mompós, una institución que cobraba una fama regional por el internado que ofrecía y por la organización académica que presentaba. Estas dos instituciones de la antiquísima villa momposina fueron durante largos años los centros escogidos para cursar los estudios secundarios por muchos  estudiantes de La Gloria, Tenerife, El Banco, Guamal, San Sebastián, Chiriguaná, Margarita, San Fernando, Barranco y San Martin de Loba, Talaigua, Santana, Magangué, Majagual, Zambrano, San Zenón y otras poblaciones pertenecientes a los antiguos departamentos de Bolívar y  Magdalena grandes.

En Talaigua, salir para Mompós cuando se iniciaban las clases y regresar al pueblo cuando comenzaban las vacaciones era un verdadero acontecimiento. Para los traslados de ida y regreso se contaba con los buenos servicios del bus San Roque, propiedad de don Vicente Villa, quien lo ponía al servicio de la población estudiantil. Generalmente, los viajes de ida se hacían los sábados y algunas veces los domingos. Primero el de las normalistas, quienes debían llegar temprano al internado para organizar la instalación, y sobre el medio día el de los pinillistas, quienes se alojaban en casas particulares. Por el pésimo estado de la carretera, el viaje demoraba alrededor o más de dos horas, tiempo que se tornaba agradable por la alegría y el bullicio estudiantil. Era pintoresco ver la parte superior del bus repleta de maletas, baúles, cajas, maletines, bolsas y demás chécheres que cargaban los estudiantes para su completo bienestar. Don Vicente, tan amable y servicial, complacía a todos los viajeros llevándolos a sus sitios de hospedaje.

Todas las familias talaigüeras de ese entonces, que educaban a sus hijos en Mompós, por ejemplo,  los Castro Rodríguez, los De la Peña Acuña, los Matute Turizzo, los Mancera Chica, los Felizzola Bravo, los Cantillo Parias, los Mancera Acosta,  los Guerrero Gánem, los Ospino Lobo, los Mancera Quiroz, los Martínez Jiménez, los Herrera Urbina, los Durán Isaza, los Llanos Mancera, los Gutiérrez Turizzo,  los Carpio Acosta y, por supuesto, los Daniels García, profesaban un sincero agradecimiento a don Vicente por el gesto servicial con que trasportaba a los estudiantes. Este encanto juvenil, que convertía a la población en un paraíso de fiesta y alegría, se fue desvaneciendo lentamente con la fundación del Colegio Cooperativo a comienzo de los años setenta. A partir de entonces, la juventud comenzó a educarse en esta institución y eran pocos los que se matriculaban en el Colegio Pinillos. Inicialmente, sólo iban a ese plantel a estudiar los dos últimos años, que por inexistencia no podían cursarse en el plantel talaigüero.

En relación con el aspecto académico, todos los estudiantes coincidíamos en apreciar que el grado más difícil de la secundaria era el quinto año. Sobre todo porque introducía varias materias desconocidas: filosofía, francés, trigonometría, física, química y sicología. A estas se sumaban las ya conocidas: religión, artes industriales, dibujo y educación física. El sistema de evaluación comprendía nueve notas, una cada mes, de febrero a octubre, que valían el 60%, y el examen final, el 40%. Casi todo el mes de noviembre era destinado para presentar los exámenes finales, que se realizaban alternados: una materia difícil y una materia costura. Para cumplir con la responsabilidad académica y con el deseo de aprobar todas las asignaturas, los estudiantes, reunidos en grupos pequeños, nos consagrábamos noches enteras en los parques, debajo de los postes de la luz o en cualquier lugar acogedor a repasar más aquellas materias, que por las notas que llevábamos acumuladas, exigían una alta calificación en el examen final.

Aprobar el año sin perder materias era, desde luego, el objetivo de todos los estudiantes. De esta manera, podíamos regresar a nuestros pueblos, caminar con la frente en alto, saludar con decencia y visitar las amistades. Y en Talaigua, por ejemplo, la gente valoraba el triunfo de cada uno, sobre todo, cuando ya estábamos en los cursos superiores, y alcanzar el título de bachiller era un orgullo, no solo para los familiares sino para el pueblo entero. Los graduados solo oíamos los comentarios hechos en voz silenciosa: “Ése es bachiller del Colegio Pinillos”. Y, aunque hubiera un estudiante graduado en otra institución, por ejemplo, de Cartagena o Barranquilla, no recibía los aplausos ni la veneración de los egresados pinillistas. Esta fue, durante muchos años, la costumbre reinante en los pueblos que educaban a sus hijos en los dos planteles prestigiosos de la Ciudad Valerosa. Los bachilleres gozaban de un merecido respeto y estimación, y las normalistas aquilataban grandes elogios por sus reconocidas virtudes pedagógicas.     

En vacaciones, el mes de diciembre se tornaba más placentero y los que habían ganado el año podían estrenar ropa, asistir a los bailes que se hacían en las casetas, en los salones populares y en algunas casas particulares. Dos casetas medianamente organizadas existían en Talaigua: “Sol de medianoche” y “Sky lay”, ambas en el barrio abajo. Arrobarse con los cantantes del momento, entre ellos, Alejo Durán, Calixto Ochoa, Julio de la Ossa y el insuperable Alfredo Gutiérrez, quien era sumamente aplaudido por la belleza de los temas incluidos en los elepés “Romance Vallenato” y “El Rebelde del Acordeón”, era la nota más agradable que experimentábamos los estudiantes pinillistas. También era placentero entregarse al deleite de la música de orquesta, como la Billos, Los melódicos, Los hermanos Martelo, las agrupaciones de Nelson Henríquez, de Pastor López y el Gran Combo de Puerto Rico. Y un poco más tarde gozar las bellísimas canciones de “Los hermanos López, “Los hermanos Zuleta”, “Los Betos” y “El Binomio de Oro”.

Los carnavales, que se celebran en casi todos los pueblos del Caribe simultáneos a los de Barranquilla, eran otras fiestas que se gozaban los pinillistas. Con algunos días de anticipación se realizaban salones, verbenas, casetas y otras actividades para recolectar fondos y apoyar a las candidatas que participaban en los reinados. Generalmente eran dos: la del barrio abajo y la del barrio arriba. Ambas trabajaban en favor de una obra específica: construcción de la iglesia, de la casa cural, del parque, de la escuela, del acueducto, etc. El día de la coronación, las candidatas daban a conocer el capital que cada una había recaudado, entonces la Junta de festejos abría un espacio de una hora para que el público aportara más dinero y se incrementaran los fondos. Y como era de esperarse, en una ocasión la Junta fue engañada: los familiares de una candidata giraron varios cheques para que ésta fuera coronada, y a los tres días cuando fueron al banco éstos resultaron chimbos. Nunca más se aceptaron cheques en el espacio de la competencia.     

Sin embargo, las luces decembrinas se oscurecían para todos aquellos estudiantes que tenían la desdicha de reprobar el año. Como siempre ha ocurrido, algunos lo perdían por descuido, por negligencia o apatía en el estudio, y otros, porque afirmaban con cínica franqueza que ellos no habían nacido para estudiar. Y, como en los colegios se publicaban las listas de los ganadores y perdedores, todo el alumnado y los visitantes permanentes se enteraban, especialmente, de los que habían fracasado. Esto facilitaba a que la noticia llegara a los pueblos antes de haber entregado los boletines finales. El ambiente negativo que vivían los perdedores, los aniquilaba totalmente. En las casas, no les compraban ropa ni zapatos, los reprendían, los obligaban a realizar oficios pesados y los ignoraban en sus necesidades.  Y en la calle eran la comidilla, la burla y el chisme de la gente. Y para complemento, en las casetas, nadie quería bailar con ellos. Hoy, medio siglo después, todas las personas que vivimos esos tiempos, coincidimos en afirmar que en aquella época, el que perdía el año era, en definitiva, la burla del pueblo.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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