Educación

El gusto por la lectura

Diógenes Armando Pino Ávila

12/06/2020 - 04:00

 

El gusto por la lectura

 

A los que nos apasiona la lectura y tenemos la afición de escribir, nos preocupa el por qué no se lee en estos tiempos. ¿Por qué la lectura no es la afición de mayor número de personas? ¿Por qué la juventud no le gusta leer? ¿Cuáles son los motivos para esta actitud? En fin, una serie de interrogantes que uno se plantea seguido, sin encontrar respuestas que abarquen la globalidad del fenómeno, sobre todo en la costa Caribe colombiana, donde se supone que hay escritores, poetas y lectores a granel.

Inquieto por estos interrogantes, me he puesto a evocar cuál era el acercamiento a la lectura en mi época de niño, donde la mayoría de adultos eran iletrados, donde en nuestros pueblos no había biblioteca ni Internet, ni siquiera llegaban los periódicos, ni en nuestras casas había libros, y, donde los había, no pasaban de 3 o cuatro, siempre los mismos: el Almanaque Bristol que era un pequeño folleto engrapado, donde nuestros mayores consultaban el pase de luna, para tener la certeza de cortar la madera sin que se le dañara y castrar cerdos, caballos y vacunos sin que se enfermaran los animales, es más era tan eficiente el calendario y saber los pases de luna que hasta las mujeres lo tenían en cuenta para cortarse el cabello. Otro libro era La Biblia de la abuela y, por supuesto, la cartilla “Alegría de Leer” desde la número uno hasta la número cuatro.

Ya en la pubertad, llegaron los comics o paquitos como le llamábamos. Ahí encontrábamos personajes como Red Ryder, Hopalong Cassidy, Gene Autry, el Llanero Solitario y su inseparable amigo indígena llamado Toro. Por ese entonces también llegaron unos comics más voluminosos, pero de hojas más pequeñas, con cuadros y diálogos ilustrados donde leíamos las aventuras de Santo “El Enmascarado de Plata”, era tal la pasión que levantaba la lectura de estos comics, que en los pueblos había sitios de venta y alquiler de los mismos y uno seguía la serie leyéndolos sentados en una banca sin espaldar en el sitio de alquiler, pues no nos permitían llevárnoslo para la casa. Esos sitios de alquiler siempre estaban repletos de muchachos deseosos de leer los nuevos paquitos que llegaban semanalmente.

Andando el tiempo llegaron las novelitas vaqueras del oeste americano, que fue el tránsito normal entre la lectura con ilustración hacia la lectura del texto solo. Ahí se encontraba uno con novelas de Marcial Lafuente Estefanía que era el escritor más apetecido por sus personajes de más de dos metros de alto y rapidez vertiginosa en desenfundar su colt 45 y disparar dejando un reguero de muertos, generalmente cuatreros y atracadores de banco y diligencias de correo, cuando no los pistoleros mercenarios del ganadero, mala persona, que quería oprimir a esos pueblos del oeste. Otro autor muy leído era Silver Kane y otros que no recuerdo en el momento.

Estuvimos leyendo estas novelitas hasta que comenzamos a adivinar el final de la historia y nos dimos cuenta que no cambiaba para nada la estructura, que solo cambiaban los nombres de los personajes, el sitio y el ambiente, pero la plomacera y el reguero de muertos era el mismo, entonces pasamos a la lectura de novelas del servicio secreto, encontrándonos con autores mucho más formados y astutos en la conformación de la trama, pues la rodeaban de misterio y pistas falsas que nos sumergían en la aventura sin darnos cuenta del tiempo que transcurría, entre esos autores recuerdo a Eddie Thorny , Curtis Garland, Donald Curtis, Vic Logan, Keith Luger y otros (al momento de escribir esta nota me entero que esos eran seudónimos utilizados por esos autores para encubrir sus propios nombres).

Hasta que llegó Vargas Vila, con su Minotauro, Flor de fango, Aura o las violetas, La ronda de las horas, Ibis, y tantas otras de su prolija creación, que leíamos escondidos, pese a la prohibición de los curas, de ahí en adelante fue lectura por placer puro, sin obligaciones, ni tareas, ni trabajos, ni ensayos, ni reseñas y resúmenes, fue lectura placentera, leer por diversión, por pasar el rato. Los maestros de antes fueron tolerantes y esa tolerancia nos acercó a la lectura sin que ellos se lo propusieran. Creo, sinceramente, que hay que proveerle al niño y al joven la libertad de escoger el texto que quiera leer, con esto se le facilitan las cosas y se acercan al placer de la lectura.

Estoy convencido que el método aplicado en el aula de escuela y los colegios está equivocado, porque los planes de estudio imponen la lectura según la línea de tiempo. Comienzan desde la antigüedad hacia el presente, sin tener en cuenta que al joven no le dice nada el Arcipreste de Hita, ni la pelea de un caballero loco contra unos molinos de viento. Creo que se debería comenzar leyendo textos del presente, textos, poesía, cuentos, novelas que estén encuadradas en la misma época del estudiante y que cuando el tome el gusto por la lectura, de seguro que, por voluntad propia, leerá textos de épocas pasadas y posiblemente entienda al Quijote y al Arcipreste de Hita. Profes, hagamos la prueba.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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