Educación

El profe Will: el profesor de un pueblo

Víctor Ahumada

10/04/2024 - 05:10

 

El profe Will: el profesor de un pueblo
Wilfrido Salgado Rodríguez, el profe Will

 

Ejercer la docencia en un país como el nuestro no resulta una tarea fácil. La desigualdad que recorre nuestra sociedad no deja indemne el campo educativo. Al encontrarse alejados de los grandes centros urbanos, muchos son los lugares (municipios, corregimientos, veredas, rancherías, etc.) de nuestro país a merced de la desidia estatal y de grupos al margen de la ley. A partir de un contexto como este se derivan una infinidad de consecuencias que afectan gravemente el sistema educativo del país; pero quizás la más grave sea el pobre nivel educativo que impera en dichas zonas, ya que las condiciones con las que allí cuenta un educador para desarrollar bien su labor son escasas.

Si a lo anterior le sumamos una dinámica social como la nuestra: en la que nadie es responsable de nada y el culpable siempre es el otro, será el profesor aquel sujeto siempre señalado, cuestionado e infravalorado. Nunca las políticas educativas estatales ni las asociaciones gremiales del sector educativo, que parecen un partido político más de los que vemos a diario en el panorama nacional. Desde los padres de familias, que generalmente asocian la figura del docente a la de un cuidador de niños, hasta partidos políticos que ven a las instituciones educativas como lugares de “adoctrinamiento” y a los profesores como “ideólogos” políticos, un dedo acusador se levanta para poner en entredicho el papel de un profesor en nuestra sociedad.

Es innegable que habrá docentes cuyo quehacer pedagógico deje mucho que desear. Mas también hay otros, quienes generalmente pasan desapercibidos, que son excelentes; pues han hecho de la educación su bandera y su vida. Wilfrido Salgado Rodríguez, ‘el profe Will’, como se conoce popularmente entre los habitantes de Zapayán (Magdalena), es uno de ellos.

Punta de Piedras, cabecera municipal de Zapayán (Magdalena), es una pequeña población rodeada por una majestuosa ciénaga que la baña y de la cual toma su nombre. Popularmente se dice que tanto la ciénaga como el municipio deben su nombre a un cacique Chimila que dominó la región. Sin embargo, a mediados del siglo XVI, José Fernando de Mier y Guerra, Maestro de Campo de la Provincia de Santa Marta, funda hacia 1754 una serie de potreros para la saca de ganado y a uno de ellos da el nombre de Sapayán (ver Historia doble de la Costa I: Mompox y Loba, Orlando Fals Borda).

Allí, en los alrededores de ese gran espejo de agua, confluyen distintas poblaciones: Piedras de Moler, Piedras Pintadas, Bomba, Bálsamo y Punta de Piedras. Poblaciones en las que hoy, luego de que se aminorara un poco el largo eco de horror dejado por el conflicto, se desarrolla un vivir apacible. Se debe decir que en esta región también ocurre aquella relación hombre-agua que el maestro Orlando Fals Borda denominó como Cultura anfibia. Es en esta anfibia región de historia incierta donde ha vivido y desarrollado su labor ‘el profe Will’.

El día que fui a visitarlo lo encontré como podría encontrársele todas las tardes desde hace más de veinte años: investigando y preparando minuciosamente la clase que daría al día siguiente en el Liceo Zapayán, la institución de educación media en la que han estudiado casi todas las personas nacidas en la región.

Eran aproximadamente las 4:00 p.m. cuando llamé a la puerta de su casa. Al llegar lo primero que hice fue excusarme; pues sabía, de antemano, que había llegado a interrumpir. Para mi sorpresa, a diferencia de lo que cuentan algunos de los que suelen pasar a esa hora por su casa, no se molestó sino que me recibió cordialmente. Una vez expresados los saludos mutuos, le expuse el motivo de mi visita. Luego de escucharme dijo:

“¿Una entrevista, Ahumada”?

“Si, profe, una entrevista” —le digo.

“Hombre, cómo me va a tomar así por sorpresa y…”Sabiendo de antemano que es de esas personas a las que le gusta tener todo controlado, le salgó al paso antes de que termine la frase y respondo:

—“Sin prepararse, ya sé”.

Pasada mi réplica, vi que esbozaba una pequeña sonrisa. Eso me dio la seguridad de que se sentía a gusto y de inmediato pasé a las preguntas.

Empecemos por el principio: la infancia. ¿Qué recuerda de ella?

—“Mire, dicen que cuando se mira la infancia con ojos de adulto tendemos a falsearla, porque son muchos los años que han transcurrido. Puedo decirle que eso es una verdad a medias, porque yo me acuerdo de muchas cosas de mi infancia. Sin ir más lejos le diré que a los siete años supe lo que era trabajar. A esa edad empecé a ayudar a mi madre. Ella siempre fue una mujer a la que le gustó hacerse a su propio dinero, así que hacía peto y dulce, cosas que yo salía a vender por todo el pueblo. Pero no sólo vendí eso, también vendí mango y queso. Eso lo hacía los sábados, ya que durante la semana estudiaba. Ahora, también recuerdo que había días de la semana cuando llegaban las lanchas, en que me ponía a recoger los maletines de la gente que llegaba para ganarme algunos pesos. Cuando me iba mal eran unos 10 centavos que ganaba. Otras veces me iba mejor y podía ganar hasta 20”.

Escucho atentamente su respuesta. En lugar de sentir la dureza de su testimonio, me identifico con él. En los territorios, en las regiones, como dicen ahora desde el centro del país, así han sido todas las infancias: fuertes, ásperas, rudas y marcadas por la carencia. Llámese Wilfrido o ‘Wikdi’, me digo mientras pienso en una crónica de Alberto Salcedo Ramos.

Luego de esto, le expreso: profesor, hay un poeta checo llamado Rainer María Rilke que dice que la única patria del hombre es su infancia. Ante esto que acaba de contarme, parece que para usted esa patria de la infancia no fue tan grata.

—“Se equivoca. Mi infancia más que grata fue gratísima. Piense en todo lo que pude aprender a esa edad: cortar leña, hierba, echar agua, pescar. Todo eso y lo que le conté lo estuve haciendo hasta los 12 años. Son cosas que a día de hoy no sólo no se me han olvidado, sino que han sido útiles para mi vida. Todo es un aprendizaje, Ahumada. Recuérdelo siempre”.

¿Por qué hasta los 12 años? ¿Luego de eso no volvió a hacerlo?

—“Sí. Pero no con esa cotidianidad con la que lo hacía, ya que a esa edad mis padres decidieron enviarme a estudiar mi bachillerato a Pivijay”.

¿No había colegios aquí en el pueblo en ese entonces?

—“Sí. Había tres o cuatro escuelas, muy elementales. Solamente primaria. Lo que casi no había eran profesores. Los que había eran de Pedraza o Pivijay”.

¿Dónde estaban ubicadas esas escuelas?

—“Estaban ubicadas en donde hoy queda la registraduría. Allí había varios salones”.

Pero mi abuela me cuenta de profesores como Amalio Heras o María Toloza Andrade, ‘la niña Mary’. ¿Qué había de ellos?

—“Sí. Ellos daban clases. Aunque yo inicié la primaria fue con la profesora Iris Santander. Luego si estuve con el profesor Amalio Heras, un hombre de gran carácter y mucha disciplina”.

Durante mucho tiempo Pivijay y Pedraza (Magdalena) fueron dos de los municipios principales a los cuales mucha de la gente que habitaba la región de Zapayán optaba por trasladarse. Debido a que ambos presentaban un mejor panorama en cuanto a desarrollo y economía. Pivijay por su cercanía con la Zona Bananera, y Pedraza por su proximidad a Bolívar y Atlántico.

Para seguir indagando un poco esa etapa escolar, le pregunto:

¿Cómo fue para usted salir del pueblo?

—“No fue traumático, pero sí sentí un cambio. Imagínese salir de un pueblo tan pequeño como este, donde sólo existían unas pocas calles y un colegio pequeño, a uno con mucho más ambiente y con mayor desarrollo. Súmele a eso que tenía que dejar a mis padres, conocer nuevos compañeros, vivir en una casa ajena a la mía. Eso siempre es complicado”.

Y cuénteme sobre el campo educativo. ¿Era mucha la diferencia entre los colegios de Pivijay y los de acá del pueblo?

—“¡Claro! Piense que allá ya había una educación secundaria que acá no teníamos. En cuanto a los contenidos también existía mucha diferencia. Mas yo me adapté bien, ya que siempre he sido aplicado y me ha gustado estudiar e investigar. Allá surgió mi pasión por la ciencia. Recuerdo gratamente a la profesora Carmen Campos, de Biología y Química, quien nos hablaba acerca de los átomos, de cómo la materia está escondida en las cosas. A mí todo eso me fascinó. Fue una profesora que influyó mucho en mí”.

Ante esta reflexión que hace, es inevitable no pensar en la imagen que el pueblo tiene de él. A la vista de todos puede parecer un tanto extraño, pero esa extrañeza se debe a que, como bien dice, siempre ha estado investigando: sobre la historia del pueblo, acerca de las plantas que hay en el playón y, especialmente, sobre ciencia, de la cual es un apasionado. Todo eso se ve reflejado en su labor pedagógica: no era extraño que en sus clases se mencione a Isaac Newton o Albert Einstein, el personaje histórico que más admira.

Al ver que hacía mención a ese tema que tanto le apasiona, decidí indagar un poco por una concepción algo extendida entre los habitantes del pueblo y le pregunté:

¿Es cierto que usted es ateo?

—“No. ¡De dónde saca eso! Yo soy muy creyente, sabe. Creo que la ciencia y la fe no son irreconciliables. Para mí los científicos son hombre de fe, ¿o cómo explica usted que se sigan haciendo misiones al espacio en busca de nuevos planetas y esperando encontrar indicios de vida? Ahora, a mí me gusta que el hombre también tenga su parte espiritual. Hace poco veía en un programa de televisión todo lo que se está haciendo en materia de clonación, y le digo que eso me asusta un poco. La naturaleza tiene sus ciclos: existe una vida y una muerte. Eso de intentar revivir especies extintas no me gusta, ya que no es un proceso natural. La ciencia debe estar siempre al servicio del hombre, debemos sacarle el máximo provecho, pero pienso también que no es bueno alterar esos ciclos”.

Lo escucho con atención para luego hacerle la siguiente pregunta.

Me hablaba hace poco de la profesora Carmen Campos y de toda esa influencia que fue para usted, ¿viene de ahí su inclinación por la docencia?

—“No. Yo nunca pensé en ser docente. Como le digo, a mí me gustaba la ciencia. Quería estudiar algo relacionado con eso, pero no sabía muy bien qué. Fue un amigo quien me dijo que en la Universidad del Atlántico, en Barranquilla, había una carrera llamada Ingeniería Química. Así que una vez que terminé mis estudios de secundaria me volví al pueblo con la intención de trasladarme hacia allá”.

Cuénteme, ¿cómo fue esa época en Barranquilla?

—“Bueno, como le decía: me fui a Barranquilla con la intención de estudiar Ingeniería Química y dedicarme a la ciencia o la industria, no a la docencia. Recuerdo que me fui en un bote, quizás usted no los recuerde porque es muy joven. Esos botes salían a las 12:00 p.m., y tenía uno que dormir en ellos. Como usted sabe, ese es nuestro medio de transporte por excelencia. Siguiendo con su pregunta, le cuento también que esa transición fue muy grande, pues ya no iba a un pueblo sino a una ciudad. Allá llegué a estudiar en la Universidad del Atlántico, que en ese entonces quedaba en la 43. Fue un periodo de grandes experiencias y mucho sacrificio, como lo es siempre para toda persona de provincia que quiere superarse y prepararse académicamente. De esos momentos recuerdo la agitación que había en la universidad con todos los grupos de izquierda, a los cuales no era ajeno: le cuento que fui amigo de José ‘Pepe’ Antequera, él quería que hiciera parte de la Juventud Comunista, pero yo siempre me negué. Sin ser indiferente a la cuestión política, a mí me interesaban más mis estudios”.

¿Y luego de eso?

—“Luego de eso vino lo que hace todo el mundo al salir de la universidad: buscar empleo. Como en Barranquilla no encontré, me regresé al pueblo con la idea de emprender, así que me dediqué a hacer jabones y aceite para la venta. En esas estuve un tiempo, hasta cuando me ofrecieron trabajar en plantas de tratamiento de aguas. Estuve por Pivijay y Ciénaga (Magdalena). Después de eso, sí llegó la docencia”.

¿Cómo ha sido esa experiencia, qué me puede decir un Ingeniero Químico sobre esa labor después de haberla ejercido tantos años?

—“Mire, muchas veces se dice que la gente de otras profesiones que se mete a ejercer la docencia, no es buena. Yo le digo que eso es relativo. Para mí la docencia es afín a todas las profesiones. A partir de allí, está en uno, como profesional ético, dar lo mejor de sí para ser un buen docente. Por eso se debe estudiar mucho. La docencia nos exige aprender metodologías, nos exige ser responsables. Enseñar es una tarea sumamente difícil, y más en un país como el nuestro; donde nos estamos matando a cada rato. La educación no enseña a convivir, por eso es importante hacerlo bien. Ese es el motivo por el cual me gusta ser puntual y perfeccionista en mi labor diaria. Estoy convencido que desde allí podemos transformar contextos como el nuestro, por eso usted ha visto que como docente he estado inmerso en la organización de actividades para la comunidad.

Lo que dice es cierto. Ha sido a partir del campo educativo donde ha hecho una gran labor para toda la comunidad de la región. Desde su rol como docente no sólo se dedicó a enseñar, sino a fomentar espacios que durante años han servido para unir a la comunidad. Algunos de esos espacios han sido el campeonato de microfútbol Luis Carrión Gómez y la Semana Cultural liceísta, con los cuales la gente del pueblo se identifica plenamente.

Ahora que menciona esos espacios, quiero preguntarle, ¿qué significan para usted el campeonato de microfútbol Luis Carrión Gómez y la Semana Cultural? ¿Cómo nacieron?

—“Su significado es muy grande. Esos dos espacios son prácticamente como unos hijos. Generarlos fue todo un reto. Aprovecho que me haya hecho esta pregunta para dejar claro que la creación del campeonato no me pertenece solamente a mí. El campeonato de microfútbol fue una idea en la que estuvimos varios jóvenes, queríamos realizar un evento para entretenernos en algo y se nos ocurrió el campeonato. En cuanto a la Semana Cultural, esta se organizó después, y fue idea del profesor Rafael de la Cruz Rizo.

Me dice que esa idea no fue sólo suya sino de varios jóvenes, pero me parece que es inevitable que la gente del pueblo y sus alrededores asocie el campeonato de microfútbol con su nombre, pues usted lo dirigió durante muchos años. Por otro lado, usted se retiró de la dirección del campeonato hace ya algunos años, aprovechando esa distancia, le pregunto, ¿cómo lo ve hoy?

—“Lo primero que debo decirle es que lo veo con nostalgia, pero también con mucha alegría. Piense que este año se cumplen 34 años de estar realizándose. Piense en todo lo que ha pasado: para esa época aquí en el pueblo no había una actividad deportiva constituida. Se jugaba béisbol y fútbol, pero de manera aislada, no había esa competencia. Ahora, hemos hablado de mi camino en la docencia; este campeonato también hace parte de eso, ya que sus inicios están muy cerca de la creación del bachillerato, pues esta se dio en 1979 y la del campeonato 1987. Desde el mes de julio empezamos la organización. Imagínese que ese primer campeonato inició con cinco equipos en juvenil y prejuvenil. Luego le fuimos sumando las demás categorías que todos conocen. El campeonato llegó a tener tanta importancia que hubo momentos en los que se alcanzaron a inscribir más de 40 equipos. Este era un evento muy bonito. En él participaban la mayoría de los pueblos de la región. Desde su inicio el campeonato atrajo la atención de la población, la gente empezó a estar muy pendiente de los partidos. Recordar eso me da mucha alegría”.

¿Y qué le da nostalgia?

—“Lo que me da nostalgia es que este evento, si nos fijamos bien, también va de la mano con la evolución del pueblo. Para esos años fue que se construyó la cancha que actualmente es la plaza del pueblo. Una plaza que construimos todos. Recuerdo que durante dos años trabajamos los sábados, domingos y días libres que nos dejaba el colegio para tenerla lista. Es una plaza que hicimos hombro a hombro, con carros de mulas, con ayuda de toda la comunidad. Ese es un trabajo que hoy no se podría hacer, la gente ya no tiene ese sentido de unidad ni de pertenencia por el pueblo”.

Agarrándome a esa nostalgia, aprovecho para preguntarle, ¿por qué dejó de estar al frente de la organización?

—“Porque me cansé. Pensé que ya había cumplido mi ciclo. Le cuento que yo me prometí dirigirlo durante 25 años, así lo hice. Ya había cumplido: cuando fui concejal elaboré un proyecto para institucionalizarlo y que la alcaldía respondiera por su realización. Con esto también quería salvaguardarlo y dejarlo en las manos de las nuevas generaciones.

Estoy seguro de que cuando ya no esté, el campeonato tendrá dolientes. Pienso que no será fácil que desaparezca porque hace parte de la memoria del pueblo”.

Mientras escucho su respuesta pienso que no puedo estar más de acuerdo. El fútbol, tan despreciado por los intelectuales, es un deporte que une. En una población como la nuestra, supremamente monótona, en donde no hay museos o bibliotecas, que está a merced de tantos actores violentos, el deporte es un escape, un salvavidas. Y aunque es innegable que alrededor de este deporte se mueve todo un engranaje económico y muchos escándalos de corrupción, “La pelota no se mancha”, como acertadamente dijo Diego Maradona.

Siguiendo con esos eventos que ya hacen parte de la memoria del pueblo, me hablaba de la Semana Cultural. ¿Qué me puede contar sobre ella?

—“Como le dije, eso no fue idea mía sino del profesor Rafael de la Cruz Rizo, quien llegó a trabajar aquí por esa misma época. Al llegar se dio cuenta que al pueblo le faltaban actividades, así que nos propuso realizar la Semana Cultural. Llevarla a cabo también requería un gran esfuerzo. Recuerdo que como invitábamos gente de Barranquilla, Soledad y Cartagena, era nuestro deber atenderlos, brindarles alimentación y estadía. Como era mucha gente, lo que hacíamos nosotros era salir por las calles del pueblo para pedir alimentos. La gente nos daba arroz, azúcar, café, panela, yuca, plátanos. Lo de la dormida era más fácil porque lo que hicimos fue que cada estudiante se llevara dos personas para su casa. Esas semanas culturales fueron excelentes, le cuento que llegaron a ser tan importantes como las fiestas patronales. Llegaba gente de todos los pueblos a participar de ellas. Nadie se las quería perder. Como ve, otra vez todo esto era posible gracias a la comunidad”.

Llevábamos alrededor de dos horas charlando, la tarde iba cayendo y la noche se acercaba cuando escuchamos que alguien abría la reja de la terraza. Era su esposa, Ana Raquel Bermúdez, quien también es docente.

“¿Esto por qué está tan oscuro?” —dijo apenas entró a la sala.

“Porque se nos pasó el tiempo” —respondió él.

“Es que le estoy haciendo una entrevista” —apunto yo.

“Pero a Will tendrías que hacerle un libro, tiene tanto por contar que no acabarían hoy”

—expresa ella.

“No lo dudo, seño” —respondo entre risas.

Después de esta breve conversación, volvemos a quedar solos. La “seño Ana”, como cariñosamente le dicen en el pueblo, se ha ido hacia al antepatio de la casa, que se observa desde donde estamos sentados.

Aprovechando la figura de su esposa, y teniendo en cuenta que no hemos tocado el tema de su vida personal, le pregunto, ¿cuántos años lleva a su lado?

—“Ya son 39 años. A pesar de los ires y venires de toda relación creo que nos hemos comprendido. De lo contrario no seguiríamos aquí”.

¿Ha sido feliz junto a ella?

—“Sí. Mucho. Ana Raquel es una mujer que ha estado conmigo en todo momento. En las buenas y en las malas. Me ha dado a mis dos hijos. Me ha soportado, cosa que no es fácil con el carácter que tengo. Le agradezco eso. Pero más allá de todo, la admiro. Ha sido una gran docente también. Muy responsable, dedicada a su labor. No es gratis el aprecio que le tiene la gente aquí en el pueblo. Ella se lo ha ganado”.

Lo que me dice es cierto, su esposa ha sido un pilar fundamental para una de las dos instituciones de educación primaria que hay en el pueblo. Ella, junto a otras docentes, ha contribuido a la educación de muchos niños y niñas que las quieren y las respetan. Muchos de esos niños son hijos de campesinos y pescadores.

“Bueno, profe, hemos hablado bastante. Mire ya, van a ser las 7:30 p.m. Hasta tarde se nos hizo” —le digo.

“Sí. Hemos hablado bastante. Ahora imagínese lo que nos faltaría por hablar”

—responde.

La pregunta que viene no podía faltar: ¿Qué significa Punta de Piedras para usted?

—“Mire. Yo he visto el cambio del pueblo en cuanto a infraestructura. Y claro, ahora estamos mejor. Ya no tenemos que ir por el agua a la ciénaga para las labores diarias. La luz no es la mejor, pero ya tenemos. Eso es un avance. Ahora, con respecto a los valores si veo un retroceso; se han ido acabando. Cuando di el ejemplo de la construcción de la cancha hablábamos de esa unión que había, pero que se ha perdido. También hay cambios sociales que me duelen. Por ejemplo, el problema del microtráfico. Yo siento que ya no hay una querencia. Aun con todo esto, el pueblo para mí significa mucho. Yo no lo cambio por un imperio, como dice la canción vallenata. Espero que el pueblo se siga transformando, pero que no se degrade moralmente. Deseo también que las administraciones locales tengan más compromiso con el pueblo para que las nuevas generaciones disfruten de mejores condiciones”.

¿Se siente orgulloso de ser de aquí?

—“Sí. Me siento orgulloso y feliz de pertenecer a Punta de Piedras. Es más, ya dejé dicho que el día que muera quiero ser sepultado aquí. Es el pueblo de mis padres. Aquí es donde nací y crecí. Yo en el pueblo me siento tranquilo y seguro. También siento que me aprecian y me estiman. Además, aquí sigo teniendo pleno contacto con la naturaleza, como cuando era niño. Aunque de lo que más me siento orgulloso es de haber contribuido a su mejora a través de la educación. Me complace ver a tantos profesionales, entre ellos a tantos profesores. La mayoría de los que hoy son mis colegas en el Liceo Zapayán fueron mis estudiantes”.

¿Se considera un ejemplo?

—“Personalmente, no. Soy un ser humano con muchos defectos. He tratado de obrar de la mejor manera, sin hacerle daño a nadie y dedicado a lo que me gusta, no más. Académicamente quizás sí pueda ser un ejemplo. He sido responsable con mi labor educativa. Espero que en ese aspecto, en un futuro, el pueblo tenga mejores profesionales que yo”.

¿Qué consejo les deja a los jóvenes del pueblo?

—“Que no se casen tan rápido, que se realicen profesionalmente. Tienen su vida por delante, no se llenen de hijos. Sean responsables y obren bien. Que lo que hagan lo hagan con pasión. Y sobre todo sean agradecidos con sus padres”.

Antes de terminar le agradezco el tiempo, la disposición y me despido de él con un apretón de manos. Le digo que, en principio, no era mi intención que la conversación se alargara tanto, pero en vista de que lo sentí a gusto decidí hacerle más preguntas de las que tenía pensadas.

Cuando me dispongo a levantarme de la silla y buscar la salida, no sé a son de qué se me ocurre preguntarle: profe, ¿cómo ve la muerte?

—“Hombre, Ahumada, ese es el gran tema. A veces he llegado a pensar cómo será eso de estar muerto. Yo no sé para dónde se irá eso que llaman alma. Para ser sincero, le comento que la muerte la veo como un misterio y no con miedo. A fin de cuentas, a eso se reduce el ciclo vital: a nacer y morir”.

Luego de su respuesta, estando yo en la labor de abrir la reja de la terraza para salir a la calle y dirigirme a mi casa, me dice: “Ahumada, espero que otro día vuelva por acá para seguir hablando y hacerle el quite a la muerte mientras tenemos vida”.

“Por supuesto, profe. Por acá volveré” —respondo alejándome.

 

 

Víctor Ahumada

9 Comentarios


Daniel Calvo Barrios 11-04-2024 08:31 AM

Excelente entrevista, con una persona muy querida y admirada por toda la comunidad de Zayán. "el profe will" para la muestra un botón, fuiste su alumno y hoy eres gran profesional adentrado siempre en las culturas del munnicipio. la verdad me gustó mucho el texto que escribiste.

Yeimy Medina 11-04-2024 11:05 AM

Excelente docente con una calidad humana inigualable, gracias Víctor maravillosa redacción.

Deivin Luis Hernández Mercado 11-04-2024 11:08 AM

Me pareció muy interesante la entrevista realiza al profesor Wilfrido Salgado, ojalá tenga el gusto de poder apreciar otras entrevistas, sea con él, o con otros personas influyentes de nuestra región de Zapayán, muchas gracias.

Carlos Mario Güette Escobar 11-04-2024 02:24 PM

Siempre recuerdo que mi madre me hablaba de Él, por su inteligencia, su pulcritud, su disciplina y su inclinación ideológica. Hasta que lo conocí en mi paso fugaz por el colegio de Zapayan, tuve el privilegio de recibir sus clases y desde allí comprendí que hagas lo que hagas tienes que hacerlo con la mayor medicación, esmero y templanza: el profe Will es un ejemplo para muchos y uno de esos soy yo... Gracias profe y gracias a Victor Ahumanda por Exaltar con esta entrevista a este ser que se los merece!.

Jaider castro 11-04-2024 02:25 PM

El profe wil gran ser humano gran profesional gran docente no encuetro palabras para calificar a tan grata persona tuve el honor de ser su alumno durante 2 años y aprendi mucho de el q Dios lo bendiga siempre profe

Jorge Salgado Güette 11-04-2024 05:10 PM

Su dedicación incansable y su pasión por la enseñanza han dejado una huella imborrable en la vida de sus estudiantes y en la comunidad en general. El profesor Salgado es un verdadero modelo a seguir y un ejemplo de entrega y compromiso.

José Carlos Suárez Orozco 11-04-2024 05:40 PM

Mi estimado amigo Víctor, siempre sacándola del estadio. ¡Un caluroso abrazo, mi hermano?

Wilder Dela Cruz Villa 11-04-2024 06:14 PM

Exelente Victor el profe Wil ah sido una de las personas más populares de mi lindo pueblo. para mí unos de los mejores profesores del liceo zapayan da alegría cuando se habla de una de una perosna que le ah dado tanto al municipio en lo educativo recuerdo sus clases y sus charlas educativas bendiciones para ti Victor y para el profesor Wil

Kelly Pérez 12-04-2024 02:51 PM

Excelente entrevista a una persona que ha sido ejemplo de dedicación, perseverancia y responsabilidad, siempre ha mostrado su sentido de pertenecía para su pueblo, ojalá hubiersen mas personas que le duelan lo que sucede en su pueblo, que aporten su grano de arena en beneficio de la comunidad, dejando huellas, que marcan.

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