Gastronomía

Vino naranja: el cuarto color

Ramiro Elías Álvarez Mercado

18/03/2026 - 10:05

 

Vino naranja: el cuarto color

 

"El vino es una de las cosas más civilizadas del mundo y una de las cosas más naturales del mundo que ha sido llevada a la mayor perfección".

Ernest Hemingway (escritor estadounidense)

La viticultura es un arte antiguo que, como la pintura o la música, se expresa a través de matices, colores, aromas y sabores. Cada botella es una pequeña obra donde el tiempo, la tierra y la paciencia del hombre se encuentran para crear algo que trasciende lo meramente material. En ese universo cromático del vino, dominado tradicionalmente por tintos, blancos y rosados, existe un tono menos conocido, casi misterioso, que durante siglos permaneció en los márgenes de la tradición y que hoy vuelve a despertar la curiosidad de enólogos y amantes del vino en todo el mundo: el vino naranja, ese cuarto color que desafía las categorías habituales y nos recuerda que el vino aún guarda secretos antiguos.

Este vino, con su tonalidad dorada y su sabor inconfundible, representa una forma antigua y fascinante de producción vinícola que en los últimos años ha experimentado un verdadero renacimiento en el mundo del vino contemporáneo.

Conviene aclarar primero un hecho obvio, pero necesario: el vino de naranja no está hecho de naranjas. Su nombre proviene únicamente del color que adquiere durante su elaboración.

El vino naranja, conocido también como “vino de contacto con la piel”, “vino macerado” o “vino ámbar”, se obtiene mediante un contacto prolongado entre el mosto el zumo de la uva, las pieles y las semillas de uvas blancas como la Rkatsiteli, la Mtsvane, la Ribolla Gialla, el Pinot Grigio, el Gewürztraminer o la Malvasía. De ese diálogo paciente entre jugo y piel nace su característica tonalidad ámbar o anaranjada, junto con una mayor complejidad de aromas, texturas y estructuras.

A diferencia de los vinos blancos convencionales, que se elaboran prensando las uvas y separando inmediatamente el jugo de sus pieles, en el vino naranja el mosto permanece durante días, semanas o incluso meses en contacto con ellas. En términos simples, podríamos decir que el vino naranja es un vino blanco elaborado con la filosofía y la técnica de un vino tinto. Ese procedimiento le confiere una personalidad singular, con aromas de frutas maduras, cáscaras de cítricos, flores secas, miel, frutos secos e incluso delicadas notas herbales o especiadas.

En boca suele presentar una textura más estructurada, con ligeros taninos algo poco habitual en los blancos que le otorgan carácter, profundidad y una persistencia notable. A la hora del servicio, el vino naranja suele disfrutarse a una temperatura muy similar a la de los vinos blancos y rosados, generalmente entre los ocho y doce grados, aunque algunos ejemplares más estructurados pueden servirse ligeramente menos fríos para permitir que su complejidad aromática se exprese con mayor plenitud.

Gracias a su carácter, su textura y su equilibrio entre frescura y taninos, el vino naranja posee además una sorprendente versatilidad gastronómica. Acompaña con gran armonía quesos curados y semicurados, pescados grasos, mariscos intensos y carnes blancas como el pollo o el pavo. También se integra con naturalidad en la cocina mediterránea, en platos del Medio Oriente y en preparaciones donde las especias, las verduras asadas o los sabores fermentados ocupan un lugar protagónico.

El llamado cuarto color está triunfando hoy en muchos restaurantes del mundo y, a pesar del recelo inicial que todavía despierta en algunos paladares tradicionales, se trata en realidad de un producto completamente natural y profundamente antiguo. Son vinos a menudo sin filtrar, crudos, con aromas y sabores muy francos, casi primitivos, y con una acidez generalmente más baja. Suelen ser frescos, pero al mismo tiempo poseen gran longevidad y estructuras notables que los distinguen dentro del universo vinícola.

Aunque algunos lo consideran una tendencia moderna, el vino naranja posee en realidad profundas raíces en la historia. Su origen se remonta a una tradición ancestral que surgió en la región del Cáucaso, particularmente en Georgia, hace aproximadamente seis mil años, según diversas investigaciones arqueológicas y enológicas. Aquellas primeras elaboraciones se realizaban en grandes vasijas de barro enterradas en la tierra los tradicionales "qvevri" donde el mosto se fermenta junto a las pieles, desarrollando lentamente esa textura y esa complejidad que hoy vuelven a despertar el interés del mundo.

Con el paso de los siglos, esta forma de vinificación se extendió y encontró nuevos territorios donde arraigarse, especialmente en regiones de Europa oriental y central como Eslovenia, Croacia, Eslovaquia y Armenia. Posteriormente también se consolidó en ciertos rincones de Francia, Italia, Portugal y España, hasta renacer con fuerza en tiempos recientes en países tan diversos como Australia y Estados Unidos. En América Latina, su presencia comienza igualmente a expandirse en naciones vitivinícolas como Argentina, Brasil, Chile, Uruguay e incluso México. En los mercados internacionales suele conocerse simplemente como "Orange Wine", aunque su esencia continúa siendo la misma: un vino blanco con alma de tinto, caracterizado por su gran personalidad, su estructura y su complejidad, sin perder la frescura natural que distingue a los vinos blancos.

Quizá para comprender mejor este fenómeno conviene recordar que, en el fondo, el vino siempre ha sido también un lenguaje de colores. Cada tonalidad expresa una forma distinta de entender la tierra, el tiempo y la vida misma.

El vino tinto, por ejemplo, es la noche, el misterio y la pasión. Es el fuego que arde en las venas y el latido profundo del corazón. Su color evoca el púrpura de los antiguos imperios, el rojo de la sangre y el azul oscuro de la noche. Es el vino de los dioses y el néctar de la vida. Su sabor es intenso y profundo, como si en cada sorbo se asomara el abismo mismo de la existencia.

El vino blanco, en cambio, se parece a la luz. Es la transparencia del agua, la pureza del rocío que descansa sobre las hojas al amanecer. Su color recuerda al cristal, al hielo, a la claridad de la mañana. Es el vino de la juventud, de la frescura, de las estaciones luminosas. Su sabor es ligero y vibrante, como el primer soplo del día que despierta al mundo.

El vino rosado vive en el territorio del crepúsculo. Es el instante en que la luz y la sombra se abrazan en el horizonte. Su color recuerda al coral, al rubor de la mejilla, al sol que se despide lentamente de la tarde. Es el vino de los amantes, del diálogo íntimo entre la dulzura y el deseo. En él hay algo delicado y sensual, como un susurro que se prolonga en la memoria.

Y luego aparece ese cuarto color que durante mucho tiempo permaneció en silencio.

El vino naranja es, en cierto modo, el ámbar del vino. Un tono intermedio donde la tradición y la innovación se encuentran. Un color que no es exactamente un color, sino casi un estado del alma. En él conviven lo antiguo y lo moderno, lo rústico y lo refinado, lo conocido y lo inesperado.

Nacido de una técnica milenaria que hunde sus raíces en las antiguas vasijas de barro del Cáucaso, este vino vuelve hoy a las mesas del mundo como una memoria líquida que ha sobrevivido al paso de los siglos. Es un vino que no se ajusta fácilmente a las categorías tradicionales, que parece moverse entre dos mundos: blanco en su origen, tinto en su carácter.

Tal vez por eso su personalidad resulta tan fascinante. En él conviven la frescura y la estructura, la fruta y la tierra, la claridad del vino blanco y la profundidad del vino tinto. Cada sorbo parece revelar una historia antigua que el tiempo había dejado en suspenso.

Cuando su color ámbar brilla a contraluz, recuerda al sol atrapado en una copa. También recuerda a la tierra misma, al barro de donde nacen las vasijas, a la paciencia silenciosa de las bodegas donde el vino aprende a convertirse en cultura.

En un mundo donde muchas veces creemos haber descubierto todas las posibilidades del vino, el vino naranja nos recuerda que la tradición aún guarda caminos por redescubrir. No es simplemente una curiosidad enológica ni una moda pasajera; es la prueba de que la memoria de la tierra puede reaparecer, inesperadamente, en la copa de una nueva generación.

Y así, entre la historia y la innovación, el vino naranja se levanta con dignidad en las mesas del mundo como el cuarto color de esta bebida ancestral: ese tono donde la tradición se vuelve presente, la tierra habla en silencio y la curiosidad del hombre se transforma en experiencia.

Porque el vino es, en esencia, la memoria de la tierra cuando decide volverse cultura.

 

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Sobre el autor

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Una copa de folclor

Nacido en Planeta Rica, Córdoba, el 14 de octubre de 1974, radicado en Bogotá hace casi tres décadas. Amante de la lectura, los deportes, la escritura, investigador nato de las tradiciones, costumbres, cultura, música, folclor y gastronomía del Caribe colombiano. 

Estudió coctelería, bar, etiqueta y protocolo con dos diplomados en vinos y certificación de sommelier, campo profesional en el que tiene más de 20 años de experiencia. 

Escribe de manera empírica, sobre fútbol y otros deportes, vinos y todo lo relacionado con el tema, así como publicaciones en distintos medios sobre cultores de la música vallenata y de otras expresiones musicales que se dan en el Caribe colombiano. Sus escritos han sido publicados en distintos medios virtuales.

Desde temprana edad le ha gustado escribir, sin embargo, fue en Bogotá, muy lejos de su terruño, que se le despertó ese deseo incesante de recrear las semblanzas de personajes que han hecho un aporte significativo al vallenato y otras expresiones musicales de la Costa Atlántica de Colombia.

@RamiroEAM

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