Gastronomía

Vinos orgánicos y veganos: la memoria pura de la tierra en cada sorbo

Ramiro Elías Álvarez Mercado

14/04/2026 - 06:35

 

Vinos orgánicos y veganos: la memoria pura de la tierra en cada sorbo

 

"El hombre debe al vino ser el único animal que bebe sin sed" (Plinio el Viejo, militar, escritor y científico romano).

El vino, como expresión viva de la cultura, no permanece estático: evoluciona con el tiempo, dialoga con las inquietudes humanas y se adapta a las nuevas formas de entender el mundo. En esa búsqueda constante por redefinirse, la viticultura ha comenzado a transitar caminos donde la tradición no se abandona; por el contrario, se replantea desde una conciencia más amplia. Así, el vino se inscribe en la vanguardia no como una moda pasajera más bien como una respuesta a una época que exige mayor armonía entre el hombre y la naturaleza.

Fue hacia finales del siglo XX y los albores del XXI cuando empezaron a tomar fuerza propuestas que cuestionaban los métodos convencionales de producción. No se trataba únicamente de transformar técnicas; también implicaba revisar, en lo más profundo, la relación entre la tierra, la vida y aquello que el ser humano decide llevar a su mesa.

En este contexto emergieron con mayor claridad los vinos orgánicos y veganos. Los primeros marcaron el camino, impulsados por una sensibilidad creciente hacia el respeto por la tierra, la sostenibilidad y la preservación de los ecosistemas. Los segundos profundizaron esa búsqueda ética, extendiendo el cuidado no solo al suelo y la vid, también a toda forma de vida que, de manera directa o indirecta, pudiera intervenir en el proceso.

Más que una tendencia, estos vinos representan un cambio de paradigma: una manera distinta de concebir la relación entre la vid, el entorno y la conciencia humana. Porque hoy, hablar de vinos orgánicos y veganos es hablar de una viticultura que no solo busca calidad en la copa, también persigue coherencia en su origen: una que entiende que el verdadero valor del vino no reside únicamente en su elaboración, también habita en la historia ética que lo hace posible.

En los últimos años, el mundo del vino ha experimentado una transformación significativa en la forma en que se produce y se consume. La creciente conciencia sobre el impacto ambiental y social de la industria vitivinícola ha despertado una nueva sensibilidad en el consumidor, que ya no solo busca aromas y sabores: también busca sentido. Beber vino, en este tiempo, es, además, una forma de tomar posición frente al mundo.

Pero, ¿qué significa exactamente que un vino sea ecológico o vegano? La producción ecológica, también llamada orgánica, va mucho más allá de prescindir de productos químicos. Se trata de una filosofía agrícola que entiende la viña como un organismo vivo, donde cada elemento cumple una función dentro de un equilibrio mayor. En estos viñedos no se emplean pesticidas, herbicidas ni fertilizantes sintéticos; en su lugar, se recurre a prácticas naturales como el compostaje, el uso de abonos orgánicos y la rotación de cultivos.

Además, se fomenta la biodiversidad: insectos, aves y microorganismos dejan de ser enemigos para convertirse en aliados silenciosos. El suelo no es visto como un simple soporte de la planta, también es concebido como una entidad viva que respira, se regenera y guarda memoria. Por eso, los vinos ecológicos suelen expresar con mayor nitidez el carácter del terruño, esa huella irrepetible donde confluyen clima, tierra y tiempo.

Incluso en la bodega, la intervención se reduce al mínimo. Se limita el uso de aditivos, se controla con mesura el dióxido de azufre y se busca que el vino siga su curso natural, sin imposiciones. El resultado no siempre responde a los estándares industriales de perfección, pero sí revela una autenticidad profunda: vinos que no esconden su origen, que no uniforman su identidad.

El veganismo, por su parte, implica la exclusión de cualquier producto de origen animal en todo el proceso. Y aquí aparece una revelación que para muchos resulta inesperada: no todos los vinos son veganos. A simple vista, el vino parece ser, por naturaleza, un producto completamente vegetal. Nace de la uva, fermenta con levaduras y madura en el tiempo. Sin embargo, en ciertas etapas de su elaboración, particularmente en los procesos de clarificación y filtración destinados a eliminar impurezas y estabilizar el líquido, pueden intervenir sustancias de origen animal.

El objetivo de la clarificación es eliminar la materia en suspensión y aquella que no se disuelve: levaduras muertas, fragmentos de piel de las uvas, restos de semillas y pulpa. Es, en esencia, un proceso con fines estéticos, orientado a lograr un vino más traslúcido, más brillante, libre de turbidez. Entre las sustancias tradicionalmente utilizadas se encuentran la caseína (derivada de la leche), la albúmina de huevo, la gelatina proveniente de cartílagos animales e incluso colas de pescado. Elementos invisibles en la copa, pero presentes en la historia del vino.

Frente a esto, los vinos veganos optan por caminos distintos. Sustituyen estos agentes por alternativas de origen mineral o vegetal, como la bentonita, una arcilla natural; proteínas derivadas de cereales como el trigo; extractos de hortalizas o compuestos provenientes de algas marinas, como los alginatos y los carragenanos. De esta manera, logran el mismo resultado técnico sin comprometer sus principios.

Así, cada botella de vino orgánico o vegano no solo contiene un líquido fermentado: guarda una decisión. Una postura silenciosa, pero firme, sobre la forma en que habitamos el mundo. Porque quizás, en el fondo, el vino siempre ha sido eso: una conversación entre el hombre y la tierra. Solo que hoy, más que nunca, esa conversación empieza a pronunciarse con conciencia. Y en cada sorbo, cuando el origen es respetado, no solo bebemos vino: bebemos memoria, ética y futuro.

La manera más sutil y quizá más reveladora de identificar un vino orgánico y vegano está en su contraetiqueta: ese pequeño territorio de palabras donde el vino, lejos de la copa, empieza a decir la verdad sobre sí mismo. En forma de sellos, certificados, no solo se consignan procesos: se dejan ver principios. Porque en ese rincón discreto de la botella no habita un simple dato técnico, también se manifiesta una declaración ética: la huella de un cultivo respetuoso, de una elaboración consciente y de una elección que trasciende el gusto.

Al final, leer la contraetiqueta es aprender a escuchar lo que el vino calla en el paladar. Y quien sabe leerla, no solo elige una bebida: elige una manera de estar en el mundo. 

¡Salud!

 

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Sobre el autor

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Una copa de folclor

Nacido en Planeta Rica, Córdoba, el 14 de octubre de 1974, radicado en Bogotá hace casi tres décadas. Amante de la lectura, los deportes, la escritura, investigador nato de las tradiciones, costumbres, cultura, música, folclor y gastronomía del Caribe colombiano. 

Estudió coctelería, bar, etiqueta y protocolo con dos diplomados en vinos y certificación de sommelier, campo profesional en el que tiene más de 20 años de experiencia. 

Escribe de manera empírica, sobre fútbol y otros deportes, vinos y todo lo relacionado con el tema, así como publicaciones en distintos medios sobre cultores de la música vallenata y de otras expresiones musicales que se dan en el Caribe colombiano. Sus escritos han sido publicados en distintos medios virtuales.

Desde temprana edad le ha gustado escribir, sin embargo, fue en Bogotá, muy lejos de su terruño, que se le despertó ese deseo incesante de recrear las semblanzas de personajes que han hecho un aporte significativo al vallenato y otras expresiones musicales de la Costa Atlántica de Colombia.

@RamiroEAM

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