Gastronomía

El vino y el fútbol: dos maneras de brindar por la vida

Ramiro Elías Álvarez Mercado

30/06/2026 - 05:55

 

El vino y el fútbol: dos maneras de brindar por la vida
El vino y el fútbol despiertan pasiones profundas / Foto: archivo particular del autor

 

“Si el vino es una botella que guarda el tiempo, el fútbol es un partido que lo detiene” (Ramiro Álvarez Mercado)

 

El mundo ya se detuvo frente a una pelota. Millones de personas ajustaron sus horarios, ocuparon sus lugares de siempre, vistieron los colores de sus afectos y volvieron a creer que noventa minutos pueden cambiar el estado de ánimo de una nación entera. Así ocurre cada vez que un Mundial está en juego: el planeta recuerda que, a pesar de sus diferencias, todavía es capaz de emocionarse por una misma causa.

Y mientras el balón rueda por los estadios, en algún lugar también se descorcha una botella de vino.

A primera vista, el vino y el fútbol parecen habitar universos distintos. Uno pertenece a la calma; el otro, al vértigo. Uno invita a la contemplación; el otro provoca sobresaltos. Sin embargo, ambos comparten algo esencial: son lenguajes universales que nacieron para reunir seres humanos alrededor de una emoción compartida. El vino se sirve en copas, el fútbol en estadios. Pero ambos se celebran en el alma.

El vino no es simplemente una bebida. Es una historia embotellada. El fútbol tampoco es solamente un deporte. Es una colección de recuerdos que cada generación hereda a la siguiente. En una copa y en un estadio habita la misma necesidad humana de pertenecer, de celebrar y de encontrar significado en aquello que nos une.

Quizá por eso ambos despiertan pasiones tan profundas. Ningún aficionado recuerda únicamente los resultados. Lo que permanece son los momentos. La final vista junto al padre que ya no está. El gol celebrado abrazando desconocidos. La botella compartida en una mesa donde las risas duraron más que la noche. La memoria humana rara vez conserva los datos; conserva las emociones.

Hay algo más que hermana al vino con el fútbol: ambos son hijos del tiempo.

Un gran vino necesita paciencia. Debe soportar estaciones, silencios y esperas antes de alcanzar su plenitud. Lo mismo ocurre con los equipos que aspiran a la gloria. Ninguna estrella nace en una final. Detrás de cada campeón existen años de trabajo invisible, derrotas dolorosas y aprendizajes silenciosos que el público rara vez observa. Los cazatalentos del fútbol buscan a los mejores niños y jóvenes para desarrollarlos y formarlos desde sus inicios y convertirlos en jugadores sobresalientes. Y en la viticultura se busca sembrar y cosechar las mejores uvas para producir el mejor vino, con la misma paciencia e inteligencia para garantizar que el resultado final sea perfecto.

La prisa construye titulares; el tiempo construye grandeza.

También comparten una hermosa dosis de incertidumbre. La botella más prometedora puede decepcionar. El equipo menos favorito puede conquistar el mundo. Ni el mejor enólogo ni el analista más prestigioso poseen el control absoluto sobre el resultado final. Y quizá sea precisamente esa fragilidad la que vuelve fascinantes tanto al vino como al fútbol. En ambos casos siempre existe espacio para la sorpresa.

Y así como en el fútbol cada selección tiene su manera de jugar, en el vino cada cepa tiene su manera de expresarse. La Cabernet Sauvignon entra a la cancha como un defensor recio: potente, estructurada, con taninos que muerden como una entrada fuerte y una astringencia que deja huella. La Pinot Noir juega como un volante creativo: delicada, de movimientos sutiles, impredecible, capaz de desarmarte con una sola jugada aromática. La Syrah es el delantero explosivo: oscura, especiada, con la garganta abierta para el grito de gol. La Merlot se mueve como un mediocampista de toque: redonda, amable, aterciopelada, la que conecta el equipo y hace que todo fluya sin asperezas. La Malbec juega como un 9 de área: carnosa, intensa, de ataque directo, con la potencia necesaria para romper defensas. La Carmenère es el gambeteador impredecible: color intenso , sabor a frutas rojas y negras, herbácea, con ese pimiento que sorprende como un regate inesperado. Y la Cabernet Franc corre como un lateral elegante: aromática, de trazos finos, con notas de violeta y pimentón que dibuja la banda con precisión. Cada cepa, como cada selección, enseña que la identidad no se improvisa: se cultiva.

Durante este Mundial estamos viendo desfilar banderas, himnos y culturas de todos los continentes. Cada selección llega con su manera particular de entender el juego, así como cada región del mundo expresa su identidad a través de sus vinos. Porque tanto el fútbol como el vino son embajadores silenciosos de la tierra que los vio nacer.

Un pase puede revelar la esencia de un país. Un sorbo también.

En los países vinícolas, el vino y el fútbol se viven con el mismo corazón. Cada copa, como cada gol, se celebra con emoción y orgullo. Porque cuando la pasión se entrena, el resultado siempre se disfruta.

Al final, una copa y un balón cuentan la misma historia: la historia de seres humanos buscando motivos para encontrarse.

En tiempos donde abundan las divisiones, el fútbol sigue siendo capaz de reunir a millones frente a una misma pantalla, y el vino continúa invitándonos a sentarnos alrededor de una misma mesa. Ambos nos recuerdan que la felicidad rara vez se disfruta en soledad y que las emociones más auténticas adquieren sentido cuando se comparten. Brindar con vino y gritar un gol son dos formas de decir que seguimos vivos.

Ahora que la Copa del Mundo ya está en juego, habrá héroes inesperados, lágrimas inevitables, triunfos memorables y derrotas que tardarán años en sanar. Y mientras la pelota recorre los estadios, muchas copas también recorren las mesas del mundo.

Entonces, entendemos que el vino y el fútbol tienen más en común de lo que parece: ninguno alimenta el cuerpo como el pan, ni protege del frío como un abrigo, ni resuelve los problemas de la humanidad. Pero ambos cumplen una función igualmente importante.

Le recuerdan al ser humano que la vida, además de sobrevivirse, también merece celebrarse.

¡Gol y salud! 

 

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Sobre el autor

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Una copa de folclor

Nacido en Planeta Rica, Córdoba, el 14 de octubre de 1974, radicado en Bogotá hace casi tres décadas. Amante de la lectura, los deportes, la escritura, investigador nato de las tradiciones, costumbres, cultura, música, folclor y gastronomía del Caribe colombiano. 

Estudió coctelería, bar, etiqueta y protocolo con dos diplomados en vinos y certificación de sommelier, campo profesional en el que tiene más de 20 años de experiencia. 

Escribe de manera empírica, sobre fútbol y otros deportes, vinos y todo lo relacionado con el tema, así como publicaciones en distintos medios sobre cultores de la música vallenata y de otras expresiones musicales que se dan en el Caribe colombiano. Sus escritos han sido publicados en distintos medios virtuales.

Desde temprana edad le ha gustado escribir, sin embargo, fue en Bogotá, muy lejos de su terruño, que se le despertó ese deseo incesante de recrear las semblanzas de personajes que han hecho un aporte significativo al vallenato y otras expresiones musicales de la Costa Atlántica de Colombia.

@RamiroEAM

2 Comentarios


HOCHI Cantautor Vallenato 01-07-2026 10:45 AM

Tremenda Creatividad Para Asociar Dos Elementos Que Parecen Tan Alejados, Compadre Ramiro felicitaciones, \nMe Quedo Con Este Pasaje:\n*\"Cada cepa, como cada selección, enseña que la identidad no se improvisa: se cultiva. Porque tanto el fútbol como el vino son embajadores silenciosos de la tierra que los vio nacer.\nAl final, una copa y un balón cuentan la misma historia: la historia de seres humanos buscando motivos para encontrarse.\"*\n\nMil Bendiciones Mi Hermano.\n\nHOCHI Cantautor Vallenato \n????????????????????????\n#CantandoHistorias\n\n

Franklin Villanueva Martínez 01-07-2026 11:05 AM

Buen escrito, tremendo matrimonio ese!

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