Historia

De los primeros pobladores de América a los pueblos indígenas del Valle del Cesar

Luis Carlos Guerra Ávila

09/09/2026 - 07:50

 

De los primeros pobladores de América a los pueblos indígenas del Valle del Cesar
Representantes del pueblo Kogui en el departamento del Cesar / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

“Acuérdate de los tiempos antiguos; considera los años de muchas generaciones” (Deuteronomio 32:7)

 

En una de mis investigaciones sobre la memoria histórica de la región de Codazzi, surgió inevitablemente una pregunta antigua: ¿quiénes fueron los primeros habitantes de estas tierras y cuál fue el origen remoto de los pueblos indígenas que encontraron los españoles en el norte de Colombia?

Responder esa pregunta obliga a retroceder miles de años, mucho antes de que existieran nombres como Chimila, Tairona, Muisca, Zenú, Wayuu, Arhuaco o Yukpa.

Desde el punto de vista científico, los antepasados remotos de los pueblos indígenas americanos procedían principalmente de poblaciones humanas del noreste de Asia y Siberia que ingresaron al continente americano durante la última glaciación. Uno de los principales escenarios de ese proceso fue Beringia, extensa región que entonces comunicaba Siberia con Alaska.

Aquellas poblaciones se desplazaron posteriormente hacia el sur. La arqueología y la genética indican que la expansión por América fue un proceso complejo, probablemente realizado tanto por rutas interiores como costeras y desarrollado durante miles de años.

Esto no significa que los Chimilas, Taironas, Muiscas, Zenúes o Wayuu hayan llegado desde Asia siendo ya esos pueblos. Esas identidades culturales y lingüísticas surgieron muchísimo después, dentro del propio continente americano, como resultado de migraciones, intercambios, separaciones, adaptaciones y mezclas entre distintas poblaciones.

Todos los seres humanos, si retrocedemos aún más en el tiempo, compartimos un origen africano. Sin embargo, en el caso del poblamiento inicial de América, la evidencia disponible señala fundamentalmente hacia poblaciones procedentes del noreste asiático.

El ingreso a Sudamérica

Una vez poblada Centroamérica, diferentes grupos humanos avanzaron hacia el actual territorio colombiano a través del istmo de Panamá y el Darién.

Por su ubicación geográfica, el norte de Colombia constituyó una de las grandes puertas de entrada a Sudamérica. Aquellos primeros habitantes eran principalmente grupos de cazadores, recolectores y pescadores. Todavía no podemos llamarlos Chimilas, Taironas, Muiscas, Wayuu o Yukpa, pues esas sociedades se formarían muchos milenios después.

La costa Caribe colombiana estaba ocupada desde épocas muy antiguas. La arqueología ha identificado sitios como San Jacinto, Puerto Hormiga, Monsú, Puerto Chacho, Barlovento y Canapote, que demuestran una presencia humana prolongada y una importante evolución cultural.

En San Jacinto, Bolívar, por ejemplo, existen evidencias de ocupación de aproximadamente 5.900 a 5.200 años antes del presente, asociadas a grupos que aprovechaban los recursos de las sabanas y producían algunas de las cerámicas más antiguas conocidas de América.

Por consiguiente, cuando los españoles llegaron en el siglo XVI, las poblaciones indígenas del Caribe colombiano llevaban miles de años habitando, recorriendo y transformando estos territorios.

América no fue un territorio inmóvil

El poblamiento americano no terminó con la primera entrada de seres humanos al continente.

Durante miles de años continuaron produciéndose desplazamientos internos entre Centroamérica, Panamá, el norte de Sudamérica, el Caribe, los valles interandinos y las diferentes regiones del actual territorio colombiano.

El ADN antiguo ha demostrado, por ejemplo, importantes movimientos poblacionales dentro del Caribe y entre el norte de Sudamérica y las islas antillanas.

De la misma manera, los estudios genéticos realizados en poblaciones antiguas de Colombia indican que existieron diferentes expansiones y reemplazos parciales de población en distintas épocas.

Por eso, el territorio que actualmente conocemos como Colombia debe entenderse como un espacio de movimiento humano permanente, atravesado por corredores naturales como los ríos, las costas, las montañas y los grandes valles.

Entre esos corredores tuvieron especial importancia el Darién, el valle del Magdalena, la costa Caribe, la Sierra Nevada de Santa Marta, La Guajira, el valle del Cesar y las cuencas del Ariguaní y del Cesar.

La familia lingüística chibcha

Una de las pistas más interesantes para comprender el poblamiento del norte de Colombia proviene de las lenguas indígenas.

La lengua tradicional de los Ette Ennaka, conocidos históricamente como Chimilas, es el ette taara, perteneciente a la familia lingüística chibcha.

Esta gran familia lingüística tuvo presencia desde sectores de Centroamérica hasta diferentes regiones del actual territorio colombiano.

Dentro de ella se encuentran también las lenguas de varios pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Sin embargo, es importante hacer una precisión: pertenecer a una misma familia lingüística no significa necesariamente que dos pueblos sean exactamente la misma población ni que podamos reconstruir únicamente mediante la lengua todas sus migraciones biológicas.

Lo que sí demuestra la lingüística es la existencia de antiguos vínculos históricos entre poblaciones que, con el transcurso de los siglos, se separaron y desarrollaron culturas diferentes.

Los estudios genéticos recientes también han identificado movimientos de poblaciones relacionadas con comunidades chibchanas de Panamá y Costa Rica hacia territorio colombiano, especialmente hace alrededor de dos mil años.

Esto no significa que los Ette Ennaka llegaran exactamente en esa fecha. La evidencia genética disponible corresponde a otros territorios y poblaciones, principalmente del interior colombiano.

Sin embargo, confirma que hubo movimientos reales entre Baja Centroamérica y Colombia, compatibles con la profunda antigüedad de las lenguas chibchanas en esta región.

Posibles rutas hacia el norte colombiano

A partir de la geografía y de los datos arqueológicos y lingüísticos, podemos imaginar diferentes corredores de desplazamiento:

Panamá y Darién > costa Caribe > bajo Magdalena > Ariguaní > valle del Cesar.

También pudieron existir movimientos en dirección contraria y conexiones entre:

Sierra Nevada > valle del Cesar > Ariguaní > Magdalena.

El río Magdalena fue durante milenios una gran vía natural de comunicación entre el interior y el Caribe.

El valle del Cesar cumplió una función semejante a escala regional, conectando la Sierra Nevada, la Serranía del Perijá, La Guajira, la depresión momposina y las sabanas interiores.

En algún momento difícil de determinar con precisión, distintas poblaciones fueron diferenciándose.

Algunas quedaron relacionadas con los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta, entre ellos los actuales Iku o Arhuacos, Kogui y Wiwa.

Otras poblaciones desarrollaron sus propias identidades en las tierras bajas de las cuencas del Magdalena, Ariguaní y Cesar.

Dentro de esta larga historia aparecen los Ette Ennaka.

Los Ette Ennaka o Chimilas

“Chimila” es el nombre con el que fueron conocidos principalmente en la documentación colonial y posteriormente en buena parte de la historiografía.

Ellos se reconocen como Ette Ennaka, expresión asociada a la idea de “gente verdadera”.

Para la época colonial, las fuentes históricas sitúan poblaciones Ette en una extensa región relacionada con el río Magdalena, el Ariguaní, sectores del río Cesar, la Ciénaga de Zapatosa y territorios próximos a la Sierra Nevada y a la Ciénaga Grande de Santa Marta.

Por tanto, los Ette Ennaka deben entenderse como resultado de un larguísimo proceso histórico ocurrido dentro de América, relacionado con antiguas poblaciones del Caribe colombiano y con el complejo mundo lingüístico chibchano.

No podemos afirmar todavía que hayan seguido una única ruta desde Panamá hasta el Cesar ni establecer una fecha exacta de llegada.

Lo que sí podemos afirmar es que sus raíces son muchísimo anteriores a la conquista española y que su historia forma parte de los grandes movimientos poblacionales que durante milenios conectaron Centroamérica con el norte de Sudamérica.

Los pueblos indígenas del actual Cesar

Al aproximarnos al período inmediatamente anterior y posterior a la conquista española, encontramos un panorama mucho más complejo.

El actual departamento del Cesar no estuvo ocupado por una sola nación indígena.

Las crónicas, documentos coloniales, tradiciones indígenas y estudios posteriores mencionan diferentes pueblos y denominaciones según las regiones.

De manera general, podemos representar provisionalmente esta distribución:

Sierra Nevada de Santa Marta: pueblos pertenecientes al mundo cultural y lingüístico serrano, antecedentes de comunidades como Iku/Arhuaco, Kankuamo, Wiwa y Kogui.

Valle de Upar y valle del río Cesar: Upares o Euparíes, Guatapuríes y otras parcialidades mencionadas en las crónicas.

Codazzi, La Paz, San Diego y Serranía del Perijá: aparecen en las fuentes coloniales denominaciones como Tupes y Coyaimas, dentro de una región posteriormente relacionada también con el pueblo Yukpa. Esta relación debe estudiarse cuidadosamente y no asumirse automáticamente como equivalencia absoluta entre todos esos nombres.

Chiriguaná, Chimichagua y Ciénaga de Zapatosa: Pocabuyes y poblaciones relacionadas con el mundo de los llamados Malibú de las lagunas.

Llanuras del Magdalena, Ariguaní y sectores del Cesar: presencia histórica de los Ette Ennaka o Chimilas en diferentes épocas y extensiones territoriales.

Este panorama demuestra que el valle del Cesar fue históricamente un espacio de encuentro y frontera entre diferentes pueblos, y no el territorio exclusivo de una sola etnia.

¿Qué significa esto para la historia de Codazzi?

Esta larga reconstrucción adquiere particular importancia cuando llegamos a las actuales tierras de Agustín Codazzi.

La documentación y las referencias históricas relacionadas con comienzos del siglo XVIII no presentan las Sabanas del Tuerto como un territorio vacío.

Por el contrario, aparecen identificadas como región relacionada con los indios Tupes o Coyaimas.

La ubicación geográfica resulta coherente: las Sabanas del Tuerto se encuentran inmediatamente al pie de la Serranía del Perijá, espacio históricamente ocupado y transitado por pueblos indígenas mucho antes del establecimiento colonial.

Por consiguiente, 1702 no debe entenderse como el comienzo de la presencia humana en la región.

Ese año representa, dentro de la documentación que hasta ahora hemos localizado, una etapa importante de la ocupación colonial de las Sabanas del Tuerto, vinculada a la concesión de tierras a Félix Arias y al proceso que posteriormente estaría relacionado con el asentamiento de Espíritu Santo.

Antes de Félix Arias, antes de las haciendas, antes de las misiones y mucho antes de que existiera el municipio que finalmente recibiría el nombre de Agustín Codazzi, estas tierras ya tenían habitantes, caminos, territorios de caza, lugares de intercambio y espacios considerados propios por diferentes comunidades indígenas.

Por eso, para comprender realmente el origen de Codazzi, la historia no puede comenzar en 1702. Debe comenzar mucho antes, con los pueblos indígenas que habitaron y recorrieron las sabanas situadas entre el valle del Cesar y la Serranía del Perijá.

Y es precisamente en ese punto donde nuestra investigación puede entrar ahora en una nueva etapa: de la historia indígena de las Sabanas del Tuerto al surgimiento de Palmira, Espíritu Santo y, posteriormente, Agustín Codazzi.

 

Luis Carlos Guerra Avila

Tachi Guerra

Sobre el autor

Luis Carlos Guerra Ávila

Luis Carlos Guerra Ávila

Magiriaimo Literario

Luis Carlos "El tachi" Guerra Avila nació en Codazzi, Cesar, un 09-04-62. Escritor, compositor y poeta. Entre sus obras tiene dos producciones musicales: "Auténtico", comercial, y "Misa vallenata", cristiana. Un poemario: "Nadie sabe que soy poeta". Varios ensayos y crónicas: "Origen de la música de acordeón”, “El ultimo juglar”, y análisis literarios de Juancho Polo Valencia, Doña Petra, Hijo de José Camilo, Hígado encebollado, entre otros. Actualmente se dedica a defender el río Magiriamo en Codazzi, como presidente de la Fundación Somos Codazzi y reside en Valledupar (Cesar).

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