Historia

Los héroes del desarrollo de Barranquilla

Adlai Stevenson

23/10/2019 - 05:10

 

Los héroes del desarrollo de Barranquilla
Barranquilla, calle del comercio (año 1922) / Foto: Biblioteca Nacional

 

Para algunos, la historia del desarrollo urbano barranquillero empezó con los inefables, sedientos y galopantes campesinos galaperos haciéndole el mandado a Nicolás Barros y su hacienda, rodeada de inmemorial población indígena.

A su alrededor llegarían los concertados y trabajadores a construir sus viviendas, fomentando la idea de una comunidad en un mismo territorio con igualdad de intereses, mientras la hacienda se deshilachaba con la venta progresiva de sus partes y llegaban más y más vecinos a agruparse en las riberas de caños y lagunas.

Sabanilla y el ferrocarril fueron determinantes para el definitivo despegue de Barranquilla. Una prosperidad que atrajo a foráneos que encontraron aquí su tierra prometida, asentándose en el Centro y en las cercanías de la plaza de San Nicolás. El olor del río y de los caños estaba apenas a unos pasos con su trafago comercial.

Aparece entonces la aventurada figura de Francisco Javier Cisneros resolviendo la ecuación de un mejor hábitat conectado con un tranvía propiciando el desarrollo del barrio Las Quintas.

La ciudad en las alturas

Definidos los caños y el río para actividades mercantiles e industriales, solo quedaba, para la nueva élite, las lomas cercanas. Tupidas de montes, cruzadas de arroyos, lejos del mundanal ruido portuario. Que fueron trazadas por visionarios soñando con versallescas mansiones de la bella época y amplios bulevares para que discurrieran los vehículos del progreso. Es la figura de Karl Parrish diseñando media ciudad a partir del barrio El Prado.

Por otro lado, Napoleón Salzedo Cotes inventa, en las lejanas lomas, los barrios Delicias y Olaya. Garantiza en esas alturas una rebaja sustancial de 5 grados de temperatura con respecto al resto de la ciudad y una espléndida vista en días despejados de las alturas nevadas de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Otro gringo, William Ladd, construye al lado del Prado un barrio al cual bautiza con el nombre de su ciudad natal: Boston. En otras lomas, discurre la irrupción de la ciudad popular de manos de pequeños caudillos auspiciados por políticos que a veces se confundían en uno solo, como lo confiesa Claudio Urruchurtu, concejal en varios períodos, cuando sostiene con evidente orgullo: “Por lo menos 10 barrios de esta ciudad fueron impulsados por mí”.

Pero todas esas evidencias, todos esos procesos ampliamente conocidos, apenas si muestran otros procesos de desarrollos urbanos que no son propiamente de cemento, piedra y arena, y que también constituyen ciudad. Son los otros constructores de ciudad.

Los otros constructores de ciudad

De una forma entrañable quiso cambiar el profesor Alberto Assa a Barranquilla. Formó a varias generaciones de barranquilleros en su Instituto de Lenguas Modernas. A muchos de ellos les ofreció becas para que prosiguieran sus estudios en el extranjero. Fundó la Universidad Pedagógica del Caribe, que daría paso a la facultad de educación de la Universidad del Atlántico, y el Instituto Pestalozzi.

Durante largo tiempo se han sostenido –contra viento y marea– sus conciertos del mes. Sobrevive airoso el Instituto Experimental del Atlántico José Celestino Mutis, de carácter gratuito, uno de los diez colegios más importantes de Colombia por la calidad de su educación y cuyos graduados son disputados por universidades del país y del exterior.

Otro proyecto civilizador y humanista fue el propuesto por el filósofo Julio Enrique Blanco. Desde el embrión del Museo del Atlántico, el Instituto de Tecnología, Escuela Industrial, Biblioteca Departamental, Ateneo del Atlántico culminando en la puesta en marcha de la Universidad del Atlántico con todo lo que ello significa en materia de avance en educación superior, plenamente validados con sus visiones de cambio de ciudad fenicia comercial a ciudad alejandrina: un enclave educativo y cultural que todavía no hemos asimilado con plenitud.

De esa misma traza de hombres constructores de ciudad son los historiadores José Agustín Blanco, el arqueólogo Carlos Angulo Valdéz, el botánico Armando Dugand Gnecco, el abogado, escritor, ensayista y filósofo Luis Eduardo Nieto, el arquitecto cubano Manuel Carrera con sus esplendorosos diseños y visiones urbanas y el músico Pedro Biava; iniciador del Conservatorio de Música, de la Orquesta Filarmónica de Barranquilla, de la Ópera de Barranquilla y formador de varias orquestas y generaciones de músicos; entre ellos Antonio Peñaloza y Pacho Galán.

Las glorias de Dios

Llegó a Barranquilla desde su lejana Lituania. Este preciso año Bicentenario se cumplirían los 100 años del nacimiento de un hombre que reivindicó una vasta zona de la ciudad sumida en la más espantosa miseria y el abandono.

Confesor espiritual de los periodistas, combativo desde su religiosa trinchera; su vasta labor incluyó la construcción de las torres de San Roque y su incursión, como era su lema, “de crear un punto blanco en la Zona Negra”, ese territorio cenagoso dejado a la buena de Dios y que fue intervenido por la mano pródiga del padre salesiano Stanley Matutis.

Ese sacerdote cuyo paso, años después de su fallecimiento, es recordado como huella para la posteridad: un centro social, un completo complejo de aprendizaje de oficios, teatro, colegios, comedor, puestos de salud y campos deportivos.

¿Y qué decir, a estas horas de la vida, de la egregia figura del presbítero Carlos Valiente, injustamente olvidado en medio de tantas luchas en pro de su feligresía y de Barranquilla?

Pocos conocen la portentosa obra de este sencillo cura que transformó los conceptos de una provinciana ciudad en la que todo estaba por hacerse.

Baste decir que fue el que reconstruyó la emblemática Iglesia de San Nicolás y delineó el actual trazado del Paseo Bolívar a partir de la construcción de la casa cural.

Gracias a sus auspicios llegaron a Barranquilla varias comunidades religiosas que levantaron iglesias y colegios –como el San José, para citar uno de ellos–, contribuyendo activamente con la puesta en marcha del Hospital de Barranquilla, asilos para ancianos y huérfanos, el cementerio Calancala, escuelitas para niños de familias humildes, colegios y la activa Presidencia de la Sociedad Hermanos de la Caridad, entre cuyas obras se encuentra el cementerio Universal.

Dentro de las iglesias levantadas con su tesón se encuentra la del Rosario, Sagrado Corazón, Chiquinquirá, Asilo San Antonio, Biffi y Perpetuo Socorro. Con una visión estratégica de ciudad, la del padre Valiente, que ya envidiarían los analistas que diseñaron las rutas de Transmetro.

El sistema de trasporte masivo pasa por tres iglesias ubicadas y construidas por Valiente: Boston, Barrio Abajo, y Chinquinquirá en unas zonas de la ciudad en las que entonces solo existía, cuando hizo estas edificaciones, monte sin ningún tipo de intervención urbanística.

No se le olvide. Al lado del esplendor del cemento se encuentran una serie de hombres que han ayudado a que esta ciudad sea lo que hoy es. Ésta es apenas una pequeña galería y constituye un cálido homenaje a cada uno de ellos.

 

Adlai Stevenson 

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