Historia

De la ciudad de los Santos Reyes de Valle de Upar

Vladimir Daza Villar

19/10/2018 - 05:55

 

De la ciudad de los Santos Reyes de Valle de Upar
Convento de Santo Domingo en Valledupar / Foto: Archivo de Rafael Martínez

Cartagena de Indias ha ejercido una seducción en la historiografía colonial del Caribe colombiano. Tanto los académicos de la Academia de Historia de la ciudad como el maestro Eduardo Lemaitre, hasta los historiadores modernos como Anthony McFarlane han insistido, al parecer, que la historia de Cartagena es la historia de la Costa. Así se crean las tradiciones.

Recientemente, la polifonía en las investigaciones históricas acerca del Caribe nos ha permitido ver la complejidad de la historia de la Costa la cual se ha asumido desde diferentes enfoques y temas. De esta manera, podemos ver la obra de Hermes Tovar sobre la brutalidad colonial para integrar los pueblos indígenas a la economía europea del siglo XVI y el ensayo de Martha Herrera Ángel acerca de la desaparición de los poblados indígenas, que muestran otro aspecto de lo que fueron los primeros cincuenta años de la conquista del Caribe. La resistencia cultural indígena en el siglo XVIII de los Wayúu la brinda el antropólogo Weildler Guerra Curvelo con sus trabajos acerca de las rancherías de perla, los fracasos por poblar La Guajira y la visión de los wayúu sobre el mar y por último, su libro premiado La disputa la palabra. La ley en la sociedad wayuu y la compleja relación de este pueblo con el río Ranchería.

Otros trabajos para el siglo XIX de la Costa han sido resultado de las investigaciones de Luis Alfonso Alarcón acerca del Estado Soberano del Magdalena. Los pregrados en Historia en Barraquilla y en Cartagena comienzan a estudiar la historia de todos los pueblos de la ribera del río Magdalena, de las sabanas de Tolú y de la Costa, cuyos nombres sonoros nos recuerdan las lenguas de sus antiguos habitantes prehispánicos, como un proyecto académico de largo aliento que permita a ampliar la polifonía historiográfica que comentamos al comienzo.

Necesariamente en esta pluridad temática deberá entrar la ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar la cual fue fundada a las orillas de las frías aguas del río Guatapurí en 1550 y “se llama la ciudad de los reyes porque el tal día fue poblada y el Valle porque es un valle questá entre dos sierras muy grandes la una nevada… e la otra cordillera… e se llama Upar porque en este lugar estava un cacique que se llamaba UPAR” y que en lengua indígena quiere decir Agua que Secó.

Podemos seguir las pistas para el siglo XVI de esta antigua ciudad colonial, que hoy el lector apenas puede relacionar con una famosa parranda vallenata, a través de los Documentos Inéditos para la Historia de Colombia de Juan Friede y de las Relaciones y Visitas a los Andes de Hermes Tovar Pinzón, de Indios y españoles en la antigua Provincia de Santa Marta, Colombia. Documentos de los siglos XVI y XVII de Carl Henrik Langebaek, donde todavía se escurren la manera cómo la conquista afectó las sociedades indígenas de la Sierra Nevada , la violencia de los encomenderos por sujetar a los pocos tributarios indígenas que sobrevivieron a las pestes, se escucha los golpeteos de los remos de los indígenas que trabajaban como bogas en el río Magdalena para pagar el tributo. Todo ello traería graves consecuencias para consolidar las políticas de poblamiento de la Provincia de Santa Marta en el siglo XVI.

Aún hoy, cuando el turista de los puentes festivos pasa rápidamente por Becerril, Tamalameque, Chimichagua, Chiriguaná, o se detiene en Pailitas a comer un calentao y a comprarle limones a los niños que se amontonan, siente la sensación que se encuentra en el famoso y desolado pueblo de Comala de Juan Rulfo.

Plano del Río de el hacha desde Maracaibo hasta Santa Marta y Valledupar, levantado por Joseph Xavier Pestaña y Chumazo, teniente gobernador de esta ciudad en 1753 / Foto: Archivo general de la Nación.

La historia del Valle se ha venido recuperando en función de las Provincias de Cartagena y de Santa Marta a la cual pertenecía en el período colonial, de la resistencia de los chimilas, a la pérdida de su territorio y de los pueblos de la Sierra Nevada que ha sido objeto permanente de estudio de los arqueólogos y antropológos. En 1789, don Francisco Silvestre en su Descripción del reyno de santa fe escribía con entusiasmo acerca de los abundantes ganados que provee de carnes saladas, quesos y velas de sebo a la Provincia de Cartagena. “Podría abundar también en Ganado Lanar, y Trigo que proporcionarían sus varios temperamentos…Se cosecha mucho algodón y podría cosecharse mucho más si abundase la Población. Y si se cumple otra condición: “…mayormente ya reducidos, aunque no como conviene, los Yndios Chimilas”.

A finales del siglo XVII fue vencida la gran rebelión de los indígenas Chimilas, Cariachiles, Tupe e Itoto que amenazaban la ciudad colonial de Valle de Upar. Sin embargo, una parte importante del territorio seguiría bajo el dominio de los indígenas Chimilas que dificultaban el comercio y amenazaban a las poblaciones. La técnica militar colonial de construir poblados o Misiones de Franciscanos o Capuchinos y “Presidios” como sucedió durante el mismo período en la California mexicana fue usada por los colonizadores para detener el avance de los indígenas bien sea en la frontera del Chaco donde habitaban los chiriguanos, o en algunas regiones de Chile donde habitaban los araucanos. Es decir, la historia del poblamiento del Caribe colonial se inscribe en la historia de la América Española.

A diferencia de la parte andina del interior de la Nueva Granada, el poblamiento de los territorios de las provincias de Santa Marta y de Cartagena se realizó como una forma de detener a los bravos chimilas. La actividad frenética de Antonio de la Torre y Miranda y del Maestre de Campo José Fernado Mier y Guerra en el siglo XVIII de fundar los pueblos a las orillas del río Magdalena y en el corazón del territorio chimila obedeció a esta lógica. Es decir, muchos pueblos del Departamento del César fundados en el siglo XVIII, que hoy languidecen, respondieron a la lógica de la guerra contra los Chimilas.

Los mestizos y los vecinos organizaron “Salidas” o las llamadas “Entradas” al territorio indígena y liquidaron su base de abastecimiento alimenticio y los agruparon en pueblos de indios. Pueblos de Indios eran Villanueva, Urumita, Atánquez; lo mismo harían con los guajiros que ocupaban en el siglo XIX las fértiles tierras del Sur, la llamada Provincia de Padilla.

Cuando se escriba la historia de la ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar se deberá llamar la atención que la historia del Valle, como la llaman con cariño sus habitantes, una gran parte será la historia ambiental de la ganadería costeña. Desde sus inicios, sus principales habitantes españoles se dedicaron a la ganadería: “en estas tierras no tienen los españoles mas trato que sus ganados vacuno e ovejuno e pagan e compran lo que tienen necesidad a trueque de cueros e sevo e no hay otro género.” A mediados del siglo XVIII cuando se liquidaron los últimos poderes étnicos de la Provincia de Santa Marta, las tierras de los Chimilas fueron ocupadas por las máquinas de guerra vivientes, el ganado. El mismo don José Fernando Mier y Guerra quien llevó la guerra al territorio étnico chimila fue un gran ganadero de la Provincia de Santa Marta.

Para una historia ambiental de la ganadería sería importante elaborar mapas que muestren las rutas de transhumancia y la dinámica espacial de la ganadería. Es un lugar común afirmar que la ganadería transformó el paisaje, particularmente de la cuenca del río César pero poco se ha estudiado el asunto. Los trabajos de Andrew Sluyter acerca del impacto de la ganadería en la ecología de la Nueva España muestra cómo las prácticas ganaderas andaluzas se adaptaron a la ecología de Veracruz. Además, la ganadería sería el principal rubro de la economía regional hasta la explotación carbonífera que pasó de representar el 8% del PIB en 1990 al 34% en 2005.

Desde el siglo XVI, la ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar comerció con la Guajira: “se provee de sal de la del río de el hacha”. A finales del siglo XIX, recuas de burros seguirían cargando bultos de sal por todos los pueblos de la Provincia de Padilla, Villanueva, El Molino y hasta el Valle. En el desarrollo de la confrontación contra los chimilas en el siglo XVIII, se logró sostener una red de caminos, como el de San Ángel la cual permitió que la ciudad de los Santos Reyes se integrara en el espacio económico colonial del Caribe. Algunos vecinos, por ejemplo, aparecen como deudores del gran comerciante y segundo marqués de Santa Coa, don Julián de Trespalacios Mier, primo del poderoso hacendado José Fernando Mier y Guerra, por una suma cuantiosa. En las inmediaciones del Valle de Upar, en el Sitio La Pedregosa, justamente, “entre los ríos de la ciudad de Los Reyes del valle de Upar y en tierras realengas” el marqués de Santa Coa tenía una estancia de caña, trapiche, esclavos, 19 mulas trapicheras, 19 caballos y 11 esclavos.

Calle de la Estrella hacia la plaza Alfonso López / Foto: Familia Castro Daza

En el siglo XIX, Valle de Upar fue cantón de la provincia de Santa Marta, continuando la ciudad y su región histórica bajo dominio del Magdalena. La relación del Magdalena con esta ciudad es similar a la sostenida con Río de Hacha: una especie de colonialismo interno que drenaba los recursos hacia la capital e impedía que éstas se desprendiesen del Magdalena. Apenas, a mediados del siglo XIX, en el ambiente de las reformas liberales se creó la Provincia de Valledupar.

Para aquel entonces, las dinámicas comerciales del Valle seguían supeditadas al largo proceso de construcción del espacio colonial: los ganados del Valle continuaban vendiéndose a la ciudad de Cartagena de Indias y el palo de Brasil y cueros salían por el puerto de Río de Hacha, no obstante los asaltos de los guajiros. Se propusieron para fortalecer la economía de la Provincia de Valledupar alternativas como mejorar la navegación por el río César. A finales del siglo XIX, escribía un publicista que promovía la construcción del “Ferrocarril de Rio de Hacha al Valle Dupar” que no obstante “perturbado el orden en las otras provincias de la Nueva Granada i aun llegado el caso de cortarse la comunicación con ellas, Rio Hacha i el Valle unidos formando por la naturaleza un estraño país .” Esta afirmación del publicista no solo era un reconocimiento a las relaciones comerciales históricas entre ambas ciudades coloniales sino una negación a lo que todavía era una idea: la del Estado Nacional donde tuvieran cabida “las otras provincias.”

La historia urbana apenas se inicia en nuestro país, Bogotá y Medellín han monopolizado, por razones obvias, los primeros esfuerzos. Germán Mejía analizó los años del cambio urbano en la capital y la historiadora Adriana María Suárez Mayorga en su libro La ciudad de los elegidos: crecimiento urbano, jerarquización social y poder político analiza el proceso de modernización de Bogotá en los años 50 del siglo XX y el ideal de metrópoli de las élites. Sin embargo, estas obras de pronto no ofrecen un modelo analítico para comprender una ciudad como Valledupar la cual tiene en su zona rural 25 corregimientos y 140 veredas.

La ganadería moldearía el carácter rural de la ciudad y de la sociedad del Valle. El crecimiento urbano fue muy lento: en 1938 tenía 3.339 habitantes, es decir en verdad era un caserío, en 1940 contaba con 4.254 habitantes y en 1951, había alcanzado los 9.011 habitantes. Para que el lector pueda captar los ritmos comparados de crecimiento de la ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, vale la pena señalar que Manizales tenía en 1851: 2789 habitantes; en 1870, 10.362, en 1884: 14.603, en 1905, 24.700, en 1912, 34.720 y 1918, 43.203 habitantes.

En ningún momento Valledupar superó la población urbana de las otras ciudades intermedias del país, incluso, de la otra ciudad rural de la Costa, Montería. Valledupar no vivió el fenómeno de la feria comercial de Magangué a principios del siglo XX o de Lorica, poblaciones que contribuyeron a estructurar el comercio por el río Magdalena. Valledupar, mucho menos vivió la gloria comercial de la ciudad portuaria de Barranquilla. Durante varias décadas la actividad principal fue la ganadera y la agrícola. Apenas el milagro del boom algodonero, el cultivo del arroz y el sorgo le dio cierta importancia a la economía regional; justamente, en aquellos tiempos creció la población de Valledupar con los trabajadores agrícolas.

Vistas aéreas de Valledupar en 1994 y en 1954 / Foto: Geográfico Agustín Codazzi

En 1958, Louis Lebret realizó una de las primeras regionalizaciones del país y estableció la Región Norte , con centro Barranquilla, luego en 1960 se constituyó la Región Costa Caribe y se insistió en que el epicentro era Barranquilla.

En tales circunstancias, el lector podría preguntarse hasta qué punto existió una cultura urbana en Valledupar, cuando el Presidente Carlos Lleras Restrepo, en 1967, en aras de “la Concordia Nacional” transformó a la antigua ciudad colonial en capital departamental del César.
Eric Van Young muestra que el proceso de construcción de una región histórica depende de varios factores, primero, la existencia de una élite regional y de cierto grado de desarrollo autónomo de su economía. Valledupar logró con mucho esfuerzo dibujarse como una región independiente del Magdalena y reconocida políticamente por el Estado a mediados del siglo XX.

A finales del Frente Nacional, se inició el declive de los líderes naturales, es la época del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) y la insurgencia de nuevos líderes políticos regionales. El Viejo Caldas se divide en tres departamentos, a pesar de la oposición de Manizales y el Gran Magdalena no puede hacer nada ante las aspiraciones de la élite ganadera de la vieja ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar de segregarse del Magdalena. Según información del periódico La Patria de Manizales, el Cesar fue erigido en Departamento “en un proceso parlamentario relámpago.” La élite conservadora de Manizales que no había visto con buenos ojos la división del Viejo Caldas decía a través de La Patria acerca del nuevo Departamento que ésta era una “manifestación inequívoca de la explosión desmembracionista que azotó al país.”

En acto solemne, el 21 de diciembre de 1967, en Valledupar, el Presidente Lleras acompañado de su ministro de gobierno, Misael Pastrana Borrero, el alcalde de Bogotá, Virgilio Barco y 100 senadores, fundó el Departamento del César y el Valle se inventó como su capital y como primer gobernador, al líder del MRL que regresaba al partido liberal, el senador Alfonso López Michelsen. Como reconocimiento al poder de los ganaderos, el Presidente Lleras incluyó en su programa, almorzar en CICOLAC, el 22 de diciembre como parte de los festejos de inauguración del nuevo Departamento.

Además de la antigua ciudad colonial, formaron parte del nuevo departamento ganadero y algodonero, las pobrezas de Aguachica, La Gloria, Curumaní, Chimichagua, Gamarra, González, Pailitas, Río de Oro, Robles y Tamalameque. No obstante, el gobierno nacional, en 1969, en un estudio de los investigadores Ernesto Guhl y Miguel Fornaguera estableció la Región Costa Atlántica y nuevamente, Barranquilla su centro. Simplemente, en 1967, como se dijo, se había inventado una capital departamental que carecía de claras funciones. Diez años después cuando Gregory Lazarev realizó la regionalización fundamentada en los distritos agrarios del país, caracterizó a Valledupar como una zona de mediana y gran propiedad con una débil densidad de población rural. Cabría decir que la población se marchó al Valle. El estudio situaba a la ciudad en la misma categoría que Ocaña, El Banco, Fundación y Magangué, puntos que el lector deberá buscar en un buen mapa.

La creación del Departamento, en 1967, y las inversiones del Estado Central estimularon el crecimiento urbano y enderezaron la situación descrita. En efecto, si en 1964 se registraban 43.533 habitantes, en 1973 la cifra se dobló hasta 98.669. Sin embargo, la empresa lechera CICOLAC, seguía siendo la mayor industria de la ciudad.

De 1969 es su primer Plan Piloto de Desarrollo Urbano y aparecen los primeros edificios públicos desafiando la vieja aldea que todavía era Valledupar. Sería interesante acercarse a nuevos estudios para ver hasta donde las viejas aspiraciones regionales se cumplieron. La historia regional de la Costa Caribe apenas está salvando sus archivos del clima y el abandono político y organizando los que milagrosamente se salvaron; sus historiadores han iniciado el trabajo de llamar la atención acerca de la historia urbana como en el seminario de las ciudades del Caribe que se hace en Barranquilla.

En 1984, el Instituto Geográfico Agustín Codazzi realizó un estudio en el que estableció las categorizaciones de los centros urbanos del país y Valledupar ocupó el puesto número 10, al lado de Bello, Palmira y Pasto, entre otras. Otro estudio del IGAC, de 1986, sobre la estructura urbano regional del país, señaló a Valledupar, cuya población había alcanzado a 140 mil habitantes, como un Centro Subregional ocupando el puesto 18 y con Capital Metropolitana, otra vez, Barranquilla, es decir, con influencia currambera. Pero en el ordenamiento urbano fue más claro: en la ciudad seguía predominando la mayor cantidad de “espacios vacíos” de igual manera que en Montería y Sincelejo.

Hoy la ciudad la conforman 146 barrios “de origen y desarrollo diferente” y de los cuales el Anuario estadístico del municipio de Valledupar del 2005 registraba que apenas dos barrios eran de estrato cinco, Novalito y el Conjunto Residencial del Norte.

La construcción histórica de un sentimiento regional, es decir, del regionalismo, es cosa seria. La élite de la ciudad, a finales de los años 60 del siglo XX se tomó la música de las Sabanas de Tolú, la música campesina del río Magdalena y la presentó al país como parte fundamental de la identidad del recién creado Departamento del César. Pero como advierte el antropólogo Peter Wade en su famoso estudio sobre la música del Caribe colombiano, “los textos sobre la música costeña están muy ideologizados”, particularmente sobre el Vallenato. Otro elemento cultural de la ciudad de Valledupar y de sus pueblos que ha escapado a la frivolidad mediática son las fiestas patronales como la de la Virgen del Carmen, la Virgen de la Candelaria, las fiestas del Sagrado Corazón de Jesús, la de San Antonio de Padua y el festival del arroz, ésta última se realiza en la histórica población de Badillo; las fiestas de la Patrona de Santa Elena, las fiestas de San Martín y las de la Virgen del Carmen.

Finalmente, la atracción de Valledupar y de las ciudades del Caribe no está determinada por los serios estudios urbanos sino por la cultura popular, por los vecinos sentados en sus mecedoras y las tardes frescas comiendo nísperos en la terraza. José Asunción Silva lo expresó bellamente en su encuentro con la cultura costeña cuando visitó a Cartagena en 1894, de paso a Caracas:

“Al salir ayer del hotel tropecé con Hernando Villa.Media hora después me había presentado a tres sujetos:los tres me presentaron a seis cada uno, cada uno, cada uno de ellos a otros cuatro, todos de lo mejor de la ciudad; total: esta mañana tuve quince visitas, dos invitaciones a los dos clubes, varias a paseos al campo, una para una visita mañana donde cantará la famosa Conchita Micolao; esta tarde había en la puerta del hotel cuatro personas con sus co ches peleándose cual me llevaría a pasear; esta noche al entrar he encontrado botellas de vino tinto, damajuanas de ron; ¡qué flores para mis versos, qué abrazos, qué acompañarme dos o tres a cualquiera diligencia! “Tú” para acá y “tú” para allá y “mira tú” y “oye tú”, y cada cinco minutos una invitación a tomar brandy o champaña y yo tuteando “hasta al arzobispo”, como dicen allá, y dejándome festejar como un bendito.”

 

Vladimir Daza Villar

Historiador y Magister en Historia, de la Universidad Nacional de Colombia.

 

Referencias:

*Las fotografías de los archivos de la familia Castro Daza y de Rafael Martínez forman parte del trabajo de compilación del historiador Hugues R. Sánchez Mejía, profesor de la Universidad del Valle.

Acerca de este artículo: Este estudio del historiador Vladimir Daza Villar fue publicado anteriormente en la edición impresa de la revista Credencial (septiembre de 2011)

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