Historia

Simón Bolívar visto por sus contradictores

Patricia Cardona Zuloaga

29/01/2020 - 04:45

 

Simón Bolívar visto por sus contradictores
El caudillo Simón Bolívar

Una de las personalidades más polémicas de la historia latinoamericana es Simón Bolívar (1783-1830); su procedencia social, su formación intelectual, su destreza militar y su vida política configuran un panorama polifacético, cargado de claroscuros y matices que impiden emitir una valoración unívoca sobre sus acciones y decisiones.

Es imposible estudiar su vida política sin entender sus diversas campañas militares, o analizar su pensamiento sin concebir en él la herencia del liberalismo del siglo XVIII al lado de algunas ideas provenientes de la tradición hispánica más conservadora. Más que un ilustre político, un lúcido patriota o un héroe empeñado en libertar a América y en consolidar una gran república hispanoamericana, Simón Bolívar es hijo de su tiempo, y es, sobre todo, una imagen que se ha fundado a partir de amores y odios, de necesidades políticas y de glorias que redundan en el engrandecimiento fundacional de los países a que dio lugar su lucha emancipadora. En efecto, cuando se estudia la manera en la que se ha integrado la figura de Bolívar como punto de anclaje de la historia de los países que libertó, se puede notar que fue de manera paulatina como el “culto bolivariano” se edificó; a la vez que sus promotores iban dejando de lado la versión más polémica de su vida, iban difundiendo explicaciones tendientes a minimizar el efecto de muchas de sus acciones, al tiempo que condenaban a las personalidades que en su época hicieron oposición o se enfrentaron a las decisiones políticas de libertador.

Bástenos enunciar el caso colombiano, en el cual la historiografía relegó hasta más o menos 1872 la figura de Bolívar a un segundo plano, no hizo parte de ninguna celebración especial e incluso, fue vista de manera crítica, toda vez que sus acciones tuvieron repercusiones directas en la disolución de su gran proyecto: una poderosa y gran república hispanoamericana, que empezó a vertebrar a partir de lo que se conoce como la Gran Colombia (1819-1831) –llamada en la época la República de Colombia– y que soñaba con extender por todo el subcontinente latinoamericano; también porque a partir de las adhesiones y enemistades alrededor de su personalidad se fraguaron las pugnas que enfrentaron a los militares con los políticos, a los caudillos con los legisladores, a los propios territorios torpemente unidos por una legislación y una economía en ciernes y a las facciones que, después de disolución de Colombia, dieron origen a los partidos políticos en los tres países resultantes4.

No fue pues una figura conciliadora y fundacional en términos historiográficos, sino una línea divisoria cuyo trazado alineó bandos y selló enemistades. También sirvió para explicar los rumbos equívocos de la primera parte de la historia de los países en cuestión. Por esta razón su presencia en la historiografía resultaba polémica y tuvo, hasta cierto punto, un tratamiento crítico, sobre todo en los textos históricos de la Nueva Granada, país en el que había generado resentimientos entre los focos ilustrados y liberales de la Gran Colombia, cercanos al vicepresidente Francisco de Paula Santander (1792-1840), quien fuera su más fuerte opositor.

Los líderes de estos focos incidieron de manera directa en la formación de la joven intelectualidad liberal, a través de figuras como Ezequiel Rojas (1803-1873), Florentino González (1805-1874) –quienes participaron en la conjura contra el Libertador el 25 de septiembre de 1828–, José Antonio de Plaza (1809-1854) y Cerbeleón Pinzón (1813-1870), todos ellos escritores y juristas destacados, profesores de derecho constitucional y personalidades emblemáticas del pensamiento y las letras neogranadinas, bajo su tutela se formó la generación del “Olimpo radical”, conocida por su convicción acerca de la implementación de un liberalismo total que llevara al país por la senda civilizadora, distante de la herencia hispano católica, considerada por esos jóvenes un lastre que dificultaba la llegada de vientos modernizadores.

Durante este período las acciones de Simón Bolívar fueron vistas de manera crítica; destacaban sus habilidades militares y talante político, así como su papel al frente del proceso emancipatorio de la parte norte de América del sur; pero fueron enfáticos al señalar las pretensiones “dictatoriales” y contradictorias de un hombre que, en nombre de la libertad, defendió en la Constitución Boliviana (1826), una presidencia central tan fuerte, que tenía características de vitalicia y hereditaria; también evidenciaron sus yerros políticos en la resolución de las rivalidades entre los caudillos y los legisladores en el cénit de la República de Colombia.

En síntesis, fue solamente después de 1872 que se dio inicio al culto bolivariano, el cual tomó un ímpetu mayor a partir de 1882, cuando los liberales cedían su poder y empezaban a abrirse camino los conservadores bajo la forma de la Regeneración; fue el Papel Periódico Ilustrado uno de los medios que más contribuyó en ese proceso, así como la dirección de Instrucción pública encargada de llevar a cabo la celebración del natalicio de Bolívar en cabeza de Don Constancio Franco (1842-1917)8, un hombre embebido por el afán patriótico de exaltar el pasado heroico de Colombia en la personalidad, ahora sí dimensionada en la forma de un prohombre, tan grande y majestuoso como la patria a la que había dado vida9. La exaltación de la figura de Bolívar coincidió con el afán centralista y el celo por fortalecer el poder ejecutivo, así como la certeza de que eran la religión católica y el legado hispánico (representado en la defensa del español) los elementos aglutinantes y conciliadores en un sociedad dividida por los fueros regionales y por los partidos políticos (liberal y conservador) alrededor de los cuales se definieron las lealtades de los ciudadanos y las acciones para promover una idea de Estado e instituciones coherentes con sus respectivos derroteros10.

II

En 1830, año en el que está fechado el documento que transcribimos, la República de Colombia era casi un cadáver insepulto, sometida a los vaivenes de las tres porciones que la conformaban: Venezuela, en franca disputa con Bogotá, una capital distante donde campeaban los juristas neogranadinos que, según los venezolanos, poca capacidad tenían para intervenir en su política; por otra parte, los ecuatorianos débilmente integrados y escasamente representados tanto en el ejército como en la burocracia, y la Nueva Granada sometida a las tensiones entre Santanderistas y Bolivarianos y al temor de los alzamientos de los caudillos que luchaban por mantener su poder. Bolívar estaba menguado anímica y físicamente, la enfermedad hacía estragos en su vida cotidiana y su imagen política se desmoronaba a medida que se profundizaban las tensiones en su loado artificio político. Del animoso combatiente y del político sagaz apenas quedaban sombras; su imagen deteriorada era una espada de Damocles que, según sus detractores, ponía en vilo la estabilidad de la república por cuenta de su carácter autoritario y de la vanidad que lo había embargado durante sus días de gloria, la misma que ahora le enrostraban como un defecto vergonzoso y una calamidad para el esclarecimiento de los rumbos de la república.

El documento que publicamos aquí recoge en gran medida los resquemores y antipatías que había despertado Bolívar durante casi diez años al frente de la presidencia de Colombia. Valga decir que la mayor parte de este período lo pasó en las campañas libertarias de Ecuador, Perú y Bolivia, lo que seguramente aumentó la desazón, no sólo por la ausencia del presidente, sino por el gran despliegue de recursos que suponía para Colombia sostener ejércitos libertadores más allá de sus fronteras, lo que produjo, finalmente, un desequilibrio enorme en las arcas de la emergente república, en la que aún gran parte de su territorio estaba en guerra contra los españoles, mientras la otra, liberada, disponía de los escasos recursos para sufragar los gastos que la empresa bélica requería.

Desde 1819 se levantaron voces contrarias a las acciones de Bolivar, en ese año se publicó en Caracas un folleto que denunciaba los desmanes del libertador, conocido como Vindicación y repulsa de las inicuas acusaciones de la maledicencia, escrito por Rafael Diego de Mérida (1772-¿?), abogado caraqueño, defensor de la causa americana “incuestionablemente justa”, pero mancillada por el Supremo como irónicamente llamaba a Bolívar, quien en su concepto hacía odiosa la causa emancipadora entre los venezolanos con “sus delirios de despotismo, é incapacidad, tanto más torpe, quanto que la inquietud, y el temor de perder la autoridad que se ha usurpado, le embargan el poco discernimiento que la naturaleza le dispuso”. Partidario de la causa libertaria, Rafael Diego de Mérida inculpaba a Bolívar por despóta y autoritario, al mismo tiempo que invocaba la “instalación de un gobierno representativo” que pusiera remedio a sus descalabros y pudiera, efectivamente, dar origen a lo que él llamaba entonces una nación. Estas quejas mantuvieron su vigencia durante toda la década de 1820; incluso podemos decir que arreciaron su relevancia a medida que se desmantelaba el país y que la crisis política, económica y militar hacía estragos en las recién creadas instituciones.

La actualidad de las quejas de Diego de Mérida pueden constatarse en la reimpresión que se hizo de su Vindicación en Lima en 1827, y que respondía a la metamorfosis que a lo largo de 7 años había sufrido la imagen de Bolívar: de genio de la guerra durante la primera etapa, seguida por la de Dictador y, al final (1826-1827), señalado como Tirano gracias a la promulgación de la Constitución Boliviana, que convertía al presidente en una figura vitalicia, con la potestad de designar sucesor, e inexplicable para los opositores, pues no entendían cómo después de tanta sangre derramada por la libertad, aquella se dilapidaba para alimentar las ínfulas personalistas del Libertador. La motivación de la reimpresión de la vindicación fue, según su anónimo editor, que se diera a conocer entre más lectores, ya que probablemente en la época en la que se publicó por primera vez no tuvo la circulación debida. La “justa gratitud” debida a Bolívar por sus sacrificios no debía cegar a la sociedad “hasta el punto que consintamos que destruya nuestra libertad”. Por eso, sin menoscabo de la gratitud y la admiración por las gestas realizadas, el texto pretendía que “todos los pueblos se convenzan de que no es nuevo en el general Bolívar el deseo de mandar como absoluto”.

III

El texto que presentamos hacía parte de una corriente política que intentaba denunciar las avanzadas dictatoriales del libertador, el empeño por imponer su voluntad y el egocentrismo develado en su afán de poder, en la persecución a todos aquellos que intentaran oponérsele, incluyendo la prensa. Un granadino a sus compatriotas i a sus hermanos del Norte es una pieza de gran valor para entender las tensiones políticas que fustigaron a la República de Colombia, así como las rencillas en torno a la figura de Bolívar, a veces vista de manera poco crítica y parcial por parte de la historiografía patriótica, cuya función es sobre todo crear consensos a través de la composición de figuras estereotipadas y exaltadas antes que promover la crítica o una visión objetiva de los sucesos; de ahí que se presenten hombres y acciones bajo la forma de la virtud o del vicio, que a la vez se difunden como un modelo a seguir por parte de los potenciales patriotas.

El texto, entonces, tiene la función de recoger de primera mano las impresiones que los coetáneos no afectos a Bolívar tenían de él, así como evidenciar algunos puntos señalados como motivos de animadversión, desconfianza y prevención entre parte de las elites políticas de la República de Colombia

El autor, Lorenzo María Lleras (1811-1868), fue periodista, escritor y educador Neogranadino, reconocido también como poeta patriótico y cultor del teatro, afición que inculcó entre los jóvenes estudiantes del Colegio del Espíritu Santo, que fundó y dirigió entre 1846 y 1853 y al que asistió parte de la élite letrada de la segunda mitad del siglo XIX colombiano. Con el ánimo de fundar esta institución el señor Lleras renunció en 1845 a la rectoría del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, uno de los claustros más tradicionales de la educación neogranadina. Una vez al frente de su propia institución Lorenzo María se dio a la tarea de formar con amplitud intelectual a sus estudiantes, a fomentar en ellos el gusto por las letras a través de la edición de dos periódicos escolares, El Cachifo y la Crónica mensual, y de despertar el gusto por el teatro a través de la composición por parte de los estudiantes de piezas dramáticas que posteriormente representaban17. Al Colegio del Espíritu Santo asistieron jóvenes que se convertirían en personajes centrales de la segunda mitad del siglo XIX colombiano, entre ellos: los hermanos Santiago (1830-1900) y Felipe (1836-1891) Pérez, protagonistas del liberalismo radical colombiano, José María Quijano Otero (1836-1883), connotado historiador y político de la segunda mitad del siglo XIX, y el escritor Jorge Isaacs (1837-1895), autor de la novela María, una de más emblemáticas del romanticismo hispanoamericano.

En 1830 Lorenzo María Lleras estaba residenciado en Estados Unidos, seguramente intentando alejarse de las agrias disputas políticas bogotanas, redobladas después de la conspiración contra Bolívar de 1828 y de la que participó un núcleo importante de jóvenes granadinos y venezolanos. Santander fue acusado de ser el líder del complot, y con él todos sus allegados fueron señalados y mirados con recelo. Aunque Lorenzo María no participó en la conjura, la amistad que le unía a Santander pudo haberle granjeado la antipatía de los amigos de Bolívar; ciertamente partió hacia el país del Norte para distanciarse del clima enrarecido y de la animadversión que rodeaba a los círculos santanderistas. Su estadía en Estados Unidos le permitió escribir con mayor soltura y franqueza y convertirse en vocero “internacional” de la difícil situación en que ponían al país las acciones aparentemente grandes del libertador, pero que, vistas en detalle, “solo retratan al General Bolívar como plagado de pensamientos comunes, puerilidades despreciables, i crímenes atroces” grandes”.

Es por eso que el texto hace un recorrido por acontecimientos que develan el lado más oscuro de Bolívar: hipocresía, ambición, afán despótico, vanidad, crueldad, vicios con efectos palpables en la vida política, como la opresión, los ataques a la libertad de imprenta, la violación a las leyes de la seguridad ciudadana, la conculcación del derecho del país emergente a la instalación de un gobierno representativo a expensas de la creación de una presidencia constitucional con facultades extraordinarias, vitalicia y hereditaria.

Las denuncias hechas por Lorenzo María Lleras ya se encontraban en El Zurriago, un periódico contrario a Bolívar y en el que se le imputaban toda clase de inmoralidades. Probablemente, Lleras encontrara en la lectura de este periódico parte de los argumentos para denunciar a Bolívar, al menos eso puede inferirse en dos puntos: el primero tiene que ver con la afrenta sufrida por Vicente Azuero (1787-1844) (redactor de este periódico y uno de los primeros ideólogos del liberalismo colombiano) por parte de José Bolívar, coronel venezolano afecto a su homónimo, quien aseguraba que habría de quebrar los dedos a los redactores opuestos al Libertador, amenaza que cumplió a finales de 1827, cuando Azuero fue “ignominiosamente acometido y estropeado en la calle” por el coronel en cuestión, quien lo golpeó en repetidas ocasiones “causándome [en palabras de Azuero] diversas contusiones en la cara, en la cabeza, en los brazos y demás partes del cuero, también llevaba un foete con el que intentó herirme la cara”. Esta reyerta, iniciada por el coronel, es sintomática del ambiente tenso y de las hostilidades entre los bandos afectos y contrarios al libertador, y del cual el mencionado periódico dejó constancia.

El otro asunto relevante fue la reiterativa semblanza del carácter dictatorial de Bolívar, asunto que acarreó la sanción e incluso la persecución contra este periódico en particular, que solo llegó a cuatro números. Por demás está decir que los redactores, conscientes de su lenguaje crítico y libertario con respecto a las pretensiones del libertador y de los odios que despertaban entre los partidarios del gobierno, recordaron a sus lectores que su función era el control político a través de la proclamación de “los derechos del pueblo i las leyes21” y que si “hubiéramos recomendado la constitución boliviana, el poder dictatorial o la monarquía, entonces sería nuestro papel la obra selecta de la política”22. En su defensa de las libertades políticas remarcaron la urgencia de disminuir el ejército, “que a la vez que amenaza la libertad causa aflicción del herarario”23.

Lorenzo María Lleras retomó en su denuncia alguno de los más acres puntos de la personalidad y las acciones de Bolívar destacadas en el periódico, para así dar una idea amplia y documentada de los descalabros y contradicciones de su mandato y de los peligros que entonces representaba para la recién conquistada libertad, y en nombre de la cual tantas vidas se habían perdido. Quede constancia de que siempre se partía de la gratitud que los sacrificios de Bolívar debían inspirar en todos los colombianos, pero que, sin embargo, no podía ser esta una venda que impidiera reconocer los descalabros políticos y militares los que, finalmente, podían llevar al ocaso el sueño libertario.

Queda en el anecdotario histórico que fue, precisamente a Lleras, a quien correspondió en 1834 la difícil tarea de expulsar de Bogotá a Manuela Sáenz (1797-1856), antigua amante de Bolívar y en torno a quien gravitaban sus nostálgicos partidarios, los que quedaron después de la disolución de Colombia y de la muerte del Libertador acaecida en Santa Marta el 17 de diciembre de 1831, con apenas 47 años y afectado por la enfermedad y la derrota.

Lorenzo María Lleras fue también un divulgador muy connotado de diversos saberes, gracias a las traducciones que hizo de distintos textos de uso popular. Mención especial merece la traducción que hizo del artículo que sobre Colombia publicó la Enciclopedia Británica en 1838, en el que todavía quedaban huellas de las tensiones sufridas en los años anteriores. El artículo describía a la República de Colombia, disuelta 7 años antes; no obstante, fue recibido con beneplácito, puesto que significaba el reconocimiento del país y su inclusión en el contexto de las naciones libres y civilizadas. Dicha traducción incluyó una carta de Francisco de Paula Santander, en la que negaba su influencia entre los redactores de la Enciclopedia; de haberlo hecho, decía, aquellos “no habrían dudado de la realidad del proyecto de monarquía […]i se habría esplanado más en la historia de la dictadura i de la conjuración del 25 de setiembre de cuya época yo soi el único que tiene los más preciosos datos, i los menos favorables al general Bolívar”.

Lleras también se ocupó de tareas diplomáticas; nombrado secretario de relaciones exteriores en 1853, tuvo la misión de negociar con Brasil un tratado de amistad, comercio y límites, y en el que por falta de documentación y preparación cedió inmensos terrenos a dicho país. El tratado fue rechazado por el congreso, pero este hecho produjo burlas e impopularidad al secretario, que debió renunciar y justificar detalladamente su posición al presidente. Las últimas actividades políticas de Lorenzo María Lleras estuvieron centradas en la discusión, promulgación y firma de la constitución liberal de 1863, que fundaba los Estados Unidos de Colombia como un país federal y laico, momento culmen en el que el liberalismo, ahora sí organizado como partido y dirigido por varios de sus discípulos, daba vida a su ideario político y nacional, al margen de la imagen redentora de Bolívar y seguros de que, en ese momento, era un elemento disociador y el recuerdo de todo aquello que se quería olvidar: el despotismo, la tiranía, la sujeción religiosa y el poder de las armas.

 

Patricia Cardona Zuloaga 

Universidad Eafit, Colombia

Acerca de este artículo: Esta publicación de la historiadora Patricia Cardona Zuloaga, titulada “Simón Bolívar visto por sus contrincantes”, es un extracto del estudio más amplio publicado anteriormente bajo el mismo título en la revista académica Araucaria de la Universidad de Sevilla

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