Historia

La telegrafía en sus inicios

Arnoldo Mestre Arzuaga

10/08/2020 - 04:25

 

La telegrafía en sus inicios
Un telegrafista en su puesto de trabajo / Foto: Telegrafistas.es

El primero de noviembre de 1856, un ingeniero inglés envió al presidente colombiano Manuel Murillo Toro el primer mensaje telegráfico en la localidad de Cuatro Esquinas (hoy Mosquera, Cundinamarca).

El telégrafo moderno fue creado en 1833 por Carl Gauss y Wilhelm Weber, después de años de experimentaciones de personajes como el Barón Schilling von Calstatt y el Dr. David, y poco antes del alfabeto desarrollado en 1837 por Samuel Morse. El telégrafo es un dispositivo que usa pulsos eléctricos para transmitir mensaje codificados a través de un cable hacia un receptor, quien decodifica el mensaje. Este sólo transmite el contenido por medio de pulsos, por lo cual usa el código morse.

El clave morse, es un sistema de representación de letras y puntos mediante señales emitidas de forma intermitente. Tales puntos y rayas que reproducen el alfabeto latino. Por ejemplo, la letra A equivale a un punto y una raya (.-); la B a una raya y tres puntos (-…); la C a una raya, un punto, una raya y un punto (-.-.) y así sucesivamente. Uno de las señales más conocidas del código morse es el S.O.S o tres pulsos cortos, tres largos y otros tres cortos (…_ _ _ …).

El producto de la transmisión del código morse a través del telégrafo son los telegramas. Estos son, básicamente, pequeños trozos de papel, donde se transcribía una nota con lenguaje recortado. Hoy en día podemos comparar a los telegramas con los mensajes de texto de los celulares o el Twitter, los cuales se limitan a una cierta cantidad de caracteres. La diferencia es que por cada palabra de un telegrama se pagaba un cierto precio. Por lo tanto, cuanto mayor cantidad de palabras se usaban, mayor era el precio.

Cuando recién se instalaba el cableado, muchos colombianos no entendían cómo se podía decir algo sin hablar, emitiendo una serie de ruidillos sin relación alguna. A falta de explicación, se corrió el rumor de que era una cosa del diablo y por eso, no era raro que algunas líneas de poste a poste fueran destruidas. Solo sería hasta 1871 que la telegrafía lograría consolidarse como un sistema fiable de comunicación a lo largo de toda Colombia. Esto se debía a que, en aquella época, no había otra forma de comunicación pues no existían teléfonos y el correo era bastante demorado.

En consecuencia, la profesión de telegrafista adquirió un grado de importancia equivalente al del alcalde y el cura de un lugar. Por eso no es de extrañar que muchos recuerden a Gabriel Eligio García, el telegrafista de Aracataca y padre del premio Nobel, Gabriel García Márquez; quien inspiraría a Florentino Ariza, uno de los protagonistas de la novela El Amor en los Tiempos del Cólera y quien enamoraría a Fermina Daza a punta de telegramas. Es que por las manos y oídos de los telegrafistas pasaba la comunicación del pueblo, desde las más cursis discusiones de enamorados hasta los pertinentes asuntos electorales. Un telegrafista tenía la posibilidad de conocer de primera mano quién era quién en los pueblos y sus alrededores.

Por eso mismo, era un código de honor guardar silencio acerca de lo comunicado. Se tenían reglas estrictas al respecto, como el hecho de que nadie podía ingresar a las oficinas donde se transmitían los telegramas. Esto puede aclararse diciendo que, cuando alguien enviaba un telegrama, se acercaba a una oficina donde dictaba el mensaje a un oficial de recibo. El oficial de recibo contaba las palabras, cobraba y luego, pasaba el mensaje a los manipuladores de los equipos. Ellos se encargaban de codificarlo a código morse y enviarlo, a su vez, a otro telegrafista que se encontrara en el pueblo donde viviera su receptor. El código morse se decodificaba a palabras y, por último, se pasaría a un cartero que se encargaría de llevar el telegrama a su destinatario final

Ahora bien, los telegramas, si bien mucho más cortos, no eran muy diferentes a los de hoy en día. Había mensajes típicos de felicidades como “Feliz Navidad y Año Nuevo”, los cuales se enviaban más de 1000 veces por día en temporada. O telegramas con recados tales como “Jodióse venta macho.” o “Yeguas diez. Encuentrome sin plata.”, y su respuesta: “Venda nueve. Devuélvase en una.”. Las típicas razones confusas como Mañana llegaré allá antes que este. Y los infaltables mensajes de amor como “Te envío con embeleso mi cariño más profundo, un fuerte, tronado beso, que haga retumbar el mundo.”. Incluso había telegramas obscenos como “Abracaribes.”. La palabra Abracaribes era una palabra prohibida en Telecom que abreviaba “Abrazos, cariños, besos”; toda una declaración profana para la época.

Alcancé a conocer a la telegrafía en sus finales, muchos juglares fueron repartidores de telegramas en veredas, fincas y pueblos aledaños, también recuerdo a los guarda-líneas, estos eran los encargados de vigilar el cableado, a veces el viento y las lluvias, interrumpían las comunicaciones por culpa de árboles que caían y rompían el cableado.

Valledupar, en su zona rural cuando fue ministro de correos y telégrafos Pedro Castro Monsalvo, tuvo mucho auge. Los venados fue una central de telegrafía, incluso hubo una escuela para futuros telegrafistas, donde salieron telegrafistas famosos por su cultura y su léxico, como, José Manuel Baute Torres, Eugenio Rivera Vargas, Galezo y otros que se escapan.  Castro Monsalvo fue nombrado ministro de Correos y Telégrafos por el presidente de Colombia Alfonso López Pumarejo mediante Decreto 1954 del 7 de agosto de 1942. Castro Monsalvo renunció al cargo el 17 de diciembre y fue reemplazado en el cargo por Ramón Santodomingo.

Hay una anécdota simpática respecto a la expresión “Yeguas diez”, que significaba encuentrome sin plata. Una señora que hacia el aseo en la telegrafía escuchó la frase y la interpretó a su entender e hizo separar a una pareja que para esa época habían tenido una hermosa niña, regó en el pueblo que ella había escuchado cuando el telegrafista informaba en clave que la amante había tenido una niña, yegua parió yegüita, lo que se entendió como una prueba de infidelidad.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

Sobre el autor

Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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