Historia

Pedro Claver, entre la esclavitud y la evangelización en Cartagena de Indias

Paola Vargas Arana

10/09/2020 - 04:45

 

Pedro Claver, entre la esclavitud y la evangelización en Cartagena de Indias
San Pedro Claver / Ilustración: jesuitasaru.org

Pedro Claver nació el 26 de junio de 1580 en Verdu, un pequeño poblado de la actual Cataluña (España), al norte de la península ibérica, y allí vivió hasta los 16 años. Desde la infancia recibió la mejor educación, pues su familia formaba parte de la aristocracia campesina del pueblo. A los 15 años recibió del obispo de Vich la primera preparación para iniciar una vida eclesiástica y fue enviado Barcelona como estudiante externo, donde realizó tres cursos de gramática y retórica. En 1601 ingresó en el colegio jesuita de Belén, y en 1602 entró en el noviciado de Tarragona. Luego de completada esa instrucción, pasó un año en Gerona, donde realizó estudios de latín, griego y oratoria13. Claver creció en un período de importantes transformaciones en los reinos europeos y en la Iglesia católica, que vendrían a convulsionar la vida social de la península. En 1580, se firma la Unión de las Dos Coronas, tratado donde Felipe II, rey de España, absorbió el reino de Portugal. La Iglesia, mientras tanto, estaba realizando el Concilio de Trento.

El Concilio fue fruto de un proceso ideológico, social y político de al menos tres siglos, en los cuales la Iglesia católica y los reinos europeos mantuvieron tensas relaciones y poca claridad en el campo de la acción política que correspondía a cada uno. No menos importante, era la variación regional de las devociones populares que habían escapado del control de esta institución y estaban siendo aprovechadas por el clero. Por último, el arribo de los europeos a América, China, India y África había significado el “encuentro” con nuevas poblaciones que salían de los patrones con los cuales se pensaba a los no cristianos. Esta serie de problemáticas alimentaron contradicciones y reflexiones con respecto a la manera legítima que la Iglesia debía establecer para vivir y enseñar el Evangelio. Así, Trento se encargó de determinar la forma de comprender la naturaleza de las poblaciones no cristianizadas y de impulsar e innovar métodos de evangelización. Dentro de ese proyecto, los jesuitas y, en particular Pedro Claver, desarrollan su misión.

De hecho, una de las motivaciones para fundar la Compañía de Jesús, en 1540, fue la necesidad de innovar métodos apostólicos. Pocos años después, la labor de la orden era tan amplia y eficaz que se convirtió en un elemento fundamental del Concilio. La Compañía había sido ideada por el español Ignacio de Loyola, quien, en su tránsito por Manresa, cerca de Barcelona, recibe una iluminación divina que, según refiere en su biografía, significó la experiencia más inspiradora de su vida. Es entonces cuando piensa las bases de una orden religiosa que fuera capaz de conducir la vida espiritual católica con discípulos que cumplieran un doble objetivo, servir a la evangelización de poblaciones no conversas y perfeccionar la devoción cristiana dentro de Europa.

Ese proceso comenzaría tan solo 60 años antes del nacimiento de Pedro Claver. No es de sorprender entonces que desde los primeros años de su vida estuviera influido por la fuerza ideológica y pedagógica de la orden. Una vez terminados los estudios en el Noviciado de Tarragona, salió de Cataluña para unirse a los jesuitas en el Colegio de Montesion, Mallorca, donde realizó estudios eclesiásticos. Allí mantuvo una estrecha relación con el presbítero Alonso Rodríguez, portero del convento, quien gana fama de santo por suscitar la vocación evangélica en las “Indias”. Dado el espíritu evangelizador de la Compañía, además de los tres votos obligatorios de las órdenes mendicantes: obediencia, pobreza y castidad, los jesuitas de alto rango se comprometían a cumplir un cuarto voto, donde delegaban al papa el señalamiento del lugar y la función que ese jesuita debía cumplir. La imperativa necesidad de hacer misiones eficaces que fueran controladas por el Vaticano hizo que la orden cobrara importancia de inmediato.

Para Loyola, además, los verdaderos espíritus misioneros debían ser élites educadas en la vanguardia académica del período, es decir, el Humanismo renacentista. Los jesuitas no fueron actores pasivos con respecto a esa vanguardia; ellos mismos comenzarían a diseñar propuestas pedagógicas que combinaran la enseñanza teológica y la ciencia. Pedro Claver haría parte del selecto grupo de aristócratas españoles educados en los colegios europeos de la Compañía. En 1610, después de recibir la educación básica, viajó a la Nueva Granada con el doble fin de terminar sus estudios y ordenarse como jesuita. Allí cumplió los estudios de teología y artes en los colegios jesuitas de Santafé y Tunja. En 1615 viajó a Cartagena y siete años después rindió el cuarto voto, con el que se comprometió a dedicar su vida a la salvación de “sus dilectos negros”.

Contexto social de Cartagena a la llegada de Claver

Pedro Claver llega en el apogeo del tráfico de personas africanas por Cartagena. En 1580, año que coincide con el nacimiento del santo, Felipe II firmaba el Acuerdo de las Dos Coronas por el cual España absorbía el reino de Portugal y que modificó profundamente el negocio de venta de personas esclavizadas, pues, desde el Tratado de Tordesillas, de 1493, ningún español había podido desembarcar en las costas africanas, mientras que ningún portugués, al menos legalmente, había podido habitar en las colonias americanas. El período de unión de las dos coronas generó inestabilidad en esas políticas, al punto de crear una porosidad normativa, aprovechada principalmente por los comerciantes portugueses.

Mientras tanto, Cartagena ganaba una prosperidad económica inusitada. Debido a su ubicación geográfica, en el puerto convergían los metales provenientes del interior de la Nueva Granada, de Nombre de Dios, en la Provincia de Panamá, y de Potosí, en la Provincia de Perú. Desde ahí eran conducidos a los mercados europeos. La confluencia metalífera atrajo a los tratantes de esclavos que buscaban el menor número de intermediarios para canjear personas africanas por metal. El florecimiento quedó demostrado en la designación de Cartagena como único puerto legal de la Corona española para recibir africanos en América. Desde 1615, dicho estatus fue compartido con el puerto de Veracruz, en Nueva España. La determinación fue fundamental en la vida de Claver, pues implicó la circulación de todos los africanos que entraban legalmente al continente.

Aunque el número de africanos que llegaron aún es objeto de debate, ya es posible afirmar que ese período presenció la entrada de personas de la costa Atlántica de África occidental y de la región de África centro-occidental, destinadas a sustituir la mano de obra indígena. Los nativos americanos habían sido empleados de manera abusiva en la minería y habían comenzado a morir masivamente desde el comienzo de la “conquista”. En 1545, el Virrey Toledo, en Perú, había advertido la catástrofe e inclusive propuso reformas al régimen laboral de los nativos, pero la Corona nunca le prestó suficiente atención y, para finales de siglo, la gran devastación golpeaba con fuerza al continente.

Por su parte, las expediciones de europeos al interior del continente mostraban que los minerales todavía eran abundantes. Tan solo en la región antioqueña de la Nueva Granada se habían localizado grandes concentraciones de oro en Remedios, Zaragoza y Cáceres. Esos hallazgos motivaron la sistematización de políticas y normas para la explotación de minerales. Entre ellas, se incitó a la introducción de mano de obra africana. Sin embargo, la normatividad establecida nunca llegó a cumplirse a cabalidad, pues el auge del mercado de oro hizo de Cartagena uno de los sitios más apetecidos por piratas ingleses y franceses, quienes varias veces atacaron y saquearon el puerto. Para completar, los mercaderes portugueses eludían impuestos y compraban títulos y funcionarios de manera que pudieran establecerse permanentemente en la Nueva Granada. Tal como afirman Vila Vilar y Navarrete, este último sector estaba compuesto por portugueses judaizantes –recién convertidos al catolicismo– y algunos “herejes” pertenecientes a las sectas protestantes del norte de Europa.

Como arriba se mencionó, el Tratado de Tordesillas establecía que los portugueses eran los únicos transportistas legales de africanos. Ese “privilegio” estaba acompañado de la prohibición para asentarse en las colonias españolas. Evadir la segunda parte del tratado les permitía tener un negocio redondo, pues eran a la vez dueños de las minas y de los africanos que ellos mismos introducían sin intermediarios. No contentos con esa posibilidad, introducían africanos ilegales a todo lo largo de la costa americana. Basta imaginar que los mismos contrabandistas utilizaban los africanos en sus minas para medir la opulencia que alcanzaron. La insistente creación de normas que impidieran la habitación de “extranjeros” y la imposición de altísimos impuestos para el ingreso de africanos demuestran el temor que ese fenómeno suscitó en la Corona.

El miedo también queda plasmado en el establecimiento de una infraestructura institucional y arquitectónica que fortaleciera el control del puerto y fuera capaz de conducir a los delincuentes a la justicia. A comienzos del siglo XVII, se decide amurallar la ciudad y organizar el ejército. También se procede a abrir el Canal del Dique para comunicar el puerto con el interior de la Nueva Granada a través del río Magdalena. En 1610, se establece el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, llegan órdenes de caballería y cofradías para velar por la catolicidad y se construyen los hospitales y conventos. Es de resaltar que la mayoría de esas construcciones fueron realizadas por la población africana o afrodescendiente del puerto.

Análisis del Proceso

Según los testimonios del proceso, Claver ganó popularidad y reconocimiento desde 1615, año de su llegada a Cartagena. Participaba en la vida del colegio de la Compañía, fundado tan solo 25 años antes de su llegada; era enfermero en los hospitales colmados de africanos que padecían diferentes epidemias; recorría calles y murallas para entregar o pedir limosnas y visitaba casas de aristócratas. Además, predicaba en barrios periféricos del puerto, especialmente en Getsemaní, sector habitado por esclavos huidos, prostitutas, marineros y contrabandistas; subía a las embarcaciones para dar la bienvenida a los africanos; participaba en juicios civiles, y era colaborador del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. Los testigos describen un hombre que hablaba, se enfurecía y denunciaba ante la Inquisición cualquier irregularidad que se alejara de aquello que consideraba la verdadera vida cristiana.

Fruto de su extensa educación en teología, filosofía y ciencia en colegios de la Compañía, el sentido que Claver daba a la “verdadera vida cristiana” tenía al menos dos inspiraciones: los razonamientos tridentinos y la literatura sugerida por los jesuitas, muchos de ellos misioneros en India y China. Esos primeros jesuitas integraban la práctica de la piedad medieval con la innovación de técnicas apostólicas y devocionales. Con suma cautela, para no aproximarse al impulso separatista del protestantismo, habían proyectado al misionero jesuita como el prototipo de persona cuya labor estaba en el marco de la tradición católica, pero quién poseía gran capacidad para innovar, según el contexto, en la manera más adecuada de evangelizar.

Con este objetivo, los jesuitas mantuvieron el precepto de Imitatio Cristi –base de la práctica cristiana en la Edad Media–, así como la devoción a la Virgen y los santos, las festividades sacras, el pago de indulgencias, la realización de procesiones y peregrinaciones y la importancia del régimen sacramental. Pero, a diferencia de la casi irreflexiva religiosidad medieval, sugirieron además la lectura analítica de los humanistas clásicos y el desarrollo de la ciencia, el arte y la tecnología.

Los grandes intelectuales de la Iglesia católica apoyaron el proyecto de integrar la piedad medieval y el Humanismo y así nació la Devotio Moderna33. Durante el Concilio de Trento, esta forma de devoción se instituyó como la manera más adecuada para establecer una relación con Dios. El estímulo al estudio de la tradición literaria trajo consigo la práctica de la lectura personal, la cual viabilizaba la reflexión individual en los misterios de la fe. Leer las obras de los místicos y orar en privado hasta alcanzar la contemplación posibilitó la comunicación entre Dios y el creyente sin la mediación del clero. Pedro Claver es un claro representante de esa tendencia, tal como lo muestra el testimonio de Nicolás González, el más amplio del Proceso, quien se refiere a la lectura constante de Claver así:

Siempre tenía al frente el libro impreso arriba mencionado; y esto lo veía este testigo porque el padre mantenía toda la noche la lumbre encendida en su cuarto. Y viéndolo todo fijo y concentrado en su Creador, no le decía nada por no interrumpirlo en su meditación”.

Este testimonio, como muchos otros, describe un hombre dedicado largas horas a la oración individual –al punto de alcanzar estados de éxtasis trascendental–, que también organiza procesiones a la Virgen, reparte medallitas sagradas y realiza misas de indulgencia. Entender la lógica que existe tras la devoción es importante, pues allí nace el concepto que Claver tuvo de los africanos, así como su relación con ellos.

 

Paola Vargas Arana

El Colegio de México

Acerca de esta publicación: El artículo titulado “ Pedro Claver, entre la esclavitud y la evangelización en Cartagena ”, de Paola Vargas Arana, corresponde a un extracto del ensayo académico “ Pedro Claver y la evangelización en Cartagena: Pilar del encuentro entre africanos y el Nuevo Mundo, siglo XVII ” de la misma autora, publicado anteriormente en la revista Fronteras de la Historia.

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