Historia

La embarrada de “Monseñor Perdimos”

Eddie José Dániels García

18/05/2021 - 04:45

 

La embarrada de “Monseñor Perdimos”
Monseñor Ismael Perdomo / Foto: Arquidiócesis de Bogotá

 

Desde que se inició la hegemonía conservadora, prácticamente, en 1886, con la defección de Rafael Núñez Moledo del Partido Liberal al partido conservador, hasta la presidencia de Miguel Abadía Méndez, 1926-1930, último mandatario del conservatismo, todos los personajes que llegaron al palacio de San Carlos, en esa época sede de la presidencia, tuvieron que contar con el visto bueno de Monseñor Bernardo Herrera Restrepo, quien se desempeñó como arzobispo de Bogotá y primado de Colombia desde 1891 hasta 1928, fecha en que abandonó la vida terrenal, llevándose el honor de haber permanecido 37 años el palacio cardenalicio, prácticamente el mismo tiempo que retozaron los jerarcas conservadores en la presidencia de la república. Un largo periodo de cuatro décadas en que el partido liberal se vio ausente del poder, porque la mayoría de las veces, se abstenía de presentar candidato al ver que la maquinaria conservadora estaba bien cimentada en el congreso, y otras veces, no le quedaba más alternativa que hacer alianza con el candidato conservador que estaba ungido por el prelado de la iglesia católica.

Una de las normas de la Constitución de 1886, aparte de haber alargado el período presidencial a un sexenio, determinaba que el congreso sería el organismo encargado de elegir al presidente de la república. Muy diferente al sistema que establecía la Constitución de 1863, en la cual el primer mandatario era elegido por los 9 votos de los 9 estados que conformaban la unión colombiana. Ahora, se realizaría una elección indirecta: el pueblo elegía a los senadores, y éstos serían los encargados de elegir al presidente. Este modelo fue derogado en la primera reforma seria que sufrió la Constitución Caronuñista, y estuvo a cargo de la Asamblea Nacional Constituyente, organismo elegido por el Congreso que empezó a sesionar el 17 de mayo de 1910. En ella quedó establecido que a partir de 1914 el jefe del estado sería elegido directamente por el voto popular. Asimismo, esta reforma acortó el periodo presidencial a cuatro años, anuló la vicepresidencia y, en su defecto, estableció las figuras del primer y segundo designados, los cuales serían los encargados de sustituir al presidente en sus ausencias temporales o definitivas del poder.

Sin embargo, uno de los grandes errores de la Constitución de 1886 es haber permitido la reelección inmediata, condición que permitía a los mandatarios en ejercicio pretender perpetuarse en el poder. Por esta razón, a partir de 1898, tras haber culminado los dos sexenios de Rafael Núñez, de 1886 a 1898, de los cuales el cartagenero apenas estuvo un año largo en el palacio de San Carlos, los liberales deciden participar en las elecciones correspondientes al periodo 1898-1904. Para ello proponen la dupleta Miguel Samper, presidente, y Foción Soto, vicepresidente, quienes son derrotados por la fórmula Manuel Antonio Sanclemente, natural de Buga, y de 84 años de edad, y José Manuel Marroquín, bogotano, de 74. Esta elección, realizada el 2 de febrero de 1898, contó con la aprobación del presidente Miguel Antonio Caro, quien, a la muerte de Núñez el 18 de septiembre de 1894, había asumido en calidad de presidente titular, y el jerarca mayor de la iglesia, Monseñor Bernardo Herrera Restrepo. En un comienzo, los liberales declaran espuria la elección, pero, al rato, terminan aceptándola, atraídos por el apetito burocrático.     

Como era de esperarse, por razones de la edad y algunos quebrantos de salud, Sanclemente, que tenía que venir desde Buga, no pudo posesionarse el 7 de agosto y solo pudo hacerlo el 3 de noviembre, de acuerdo con el mandato constitucional, ante la corte suprema de justicia porque el congreso se negó a darle posesión. Mientras tanto, durante casi tres meses, el vicepresidente Marroquín estuvo al frente del ejecutivo. A partir de ese día, la situación del presidente se tornó invivible: el casi impotente anciano se convirtió en un juguete del círculo que lo rodeaba, y él intentaba complacer a todo el mundo. Como no soportaba el clima capitalino, primero lo llevaron a vivir a Anapoima, luego a Tena, más tarde a Villeta y no le permitían regresar a Bogotá, so pretexto de su delicada salud, a la vez que se apoderaban con avidez de los asuntos públicos. Se había roto la unidad administrativa, y los ministros, residentes en Bogotá, ante la ausencia del Presidente, quedaron desligados unos de otros, ejerciendo muchas veces facultades presidenciales y obrando con independencia y sin responsabilidad efectiva. 

Al año y medio de haberse iniciado este desorden, el 31 de julio de 1900, el vicepresidente Marroquín, respaldado por los dirigentes del conservatismo, se presentó a Villeta con un fuerte grupo de conjurados, puso preso a Sanclemente y asumió la presidencia de la república. Desde ese momento Villeta se convirtió en la prisión del anciano expresidente, y toda la turba de aduladores, seguidores, lambiscones, ocasionistas y convenencieros, que antes lo seguían, le dieron la espalda. Allí permaneció hasta el 19 de marzo de 1902 cuando falleció, y, por voluntad suya, fue sepultado en el pavimento de la iglesia de esa población. En Bogotá, Marroquín siguió escribiendo sus versos prosaicos, y administrando el país con los conservadores de su grupo, en consonancia con los liberales desteñidos. Los fines de semana, se trasladaba a Yerbabuena, una hacienda de su propiedad situada en los alrededores de Bogotá. De esta manera, charlando permanentemente con sus amigotes de turno, terminó su gobierno el 7 de agosto 1904, el cual se vio oscurecido por la guerra de los Mil Días, 1899-1902, y la separación de Panamá en 1903.

Para ocupar el sexenio de 1904 a 1910, ni siquiera se pensó en un candidato liberal, pues la postración de este partido era desastrosa. Una coalición conservadora carista y liberal uribista, simpatizantes del general Rafael Uribe Uribe, lanzaron la candidatura del general Rafael Reyes Prieto, y otra fracción del conservatismo respaldó la aspiración del político cartagenero Joaquín F. Vélez, quien gozaba de gran prestigio en la Costa Caribe y contó con el respaldo de Monseñor Herrera Restrepo. En las elecciones, realizadas el 2 de febrero de 1904, Reyes resultó vencedor por un estrecho margen sobre su contendor, quien argumentó que el triunfo fue conseguido merced a un fraude electoral. Reyes inició una política de modernización, y en febrero de 1906 fue víctima de un atentado criminal en el sitio llamado Barrocolorado del cual se salvó milagrosamente. Varios de los asesinos fueron capturados y fusilados en el mismo sitio del atentado. En julio de 1909, acosado por muchos problemas de orden económico renunció a la presidencia y viajó a Europa. Su mandato se conoce en la historia de Colombia como “Quinquenio de Reyes”.

Aceptada la renuncia de Reyes, y para terminar su periodo, el congreso eligió al vicepresidente, general Ramón González Valencia, apodado el “Bayardo Colombiano”, quien asumió el 7 de agosto de 1909 y en un año realizó uno de los gobiernos más felices que ha habido en Colombia. Con el fin de organizar el sistema político administrativo convocó una Asamblea Nacional, que sesionó entre mayo y julio de 1910. En ella se acortó el periodo presidencial a cuatro años, y se dispuso que a partir de 1914 el presidente sería elegido por el voto popular directo. Para el periodo 1910-1914 la Asamblea eligió a Carlos E. Restrepo, quien era natural de Medellín y abogado de la Universidad de Antioquia. Asimismo, era un notable escritor, periodista y poeta. Su nombramiento fue recibido con aplausos por todos los colombianos. No representaba a un partido político en particular, sino a la Unión Republicana, una fracción política que reunió a varios liberales y conservadores de avanzada. El nuevo presidente tomó posesión del cargo el 7 de agosto de 1910, en el momento en que se celebraba el primer centenario de nuestra independencia.

El 8 de febrero de 1914 se realizaron las primeras elecciones de voto popular directo. En ellas fue elegido el doctor José Vicente Concha, candidato respaldado por una coalición liberal-conservadora, para el periodo 1914-1918, quien derrotó al doctor Nicolás Esguerra, candidato liberal y reconocido jurista bogotano. El 10 de febrero de 1918 fue elegido presidente Marco Fidel Suárez, candidato oficial del conservatismo, para el periodo 1918-1922, quien superó notablemente a su contendor Guillermo Valencia Castillo, destacado poeta colombiano, también del mismo partido. Suárez renuncia en noviembre de 1921 y termina su cuatrienio don Jorge Holguín Mallarino, un destacado militar caleño. Para el periodo 1922-1926, conocido en la historia de Colombia como el “Cuatrienio Dorado”, el 11 de febrero de 1922 es elegido presidente el general Pedro Nel Ospina Vásquez, hijo del presidente Mariano Ospina Rodríguez, 1857-1861, y quien había tenido la fortuna de nacer en el palacio de San Carlos el 18 de septiembre de 1858. Derrotó por una mayoría aplastante al candidato liberal, general Benjamín Herrera, quien solo le saco una notable ventaja en la capital de la república.

La derrota de los aspirantes liberales, Nicolás Esguerra en 1914 y Benjamín Herrera en 1922, motivó a este partido a no presentar candidato en 1926. Por tal razón, el conservatismo, que se encontraba totalmente unificado, se presenta sin opositor a las elecciones nacionales, que se desarrollan el 14 de febrero de 1926, y resulta elegido el abogado tolimense Miguel Abadía Méndez, quien había contado con la aprobación del clero y, en ese momento, se desempeñaba como profesor de derecho constitucional en las universidades Nacional y del Rosario. Para ampliar la simpatía nacional, llamó al partido liberal a colaborar en su gobierno, el cual aceptó complacido. Estando viudo en el momento de la elección, y con la intención de no llegar solo al palacio de San Carlos, dos meses antes de asumir la presidencia contrajo matrimonio con la dama bogotana Leonor de Velasco Álvarez, 40 años menor que él. Le correspondió al doctor Abadía Méndez afrontar la masacre de las bananeras, ocurrida entre el 5 y el 8 de diciembre de 1928 y la muerte del universitario Gonzalo Bravo Pérez, asesinado por el régimen en la noche del 7 de junio de 1929.

Para las elecciones de 1930, el conservatismo presentó dos candidatos: el poeta Guillermo Valencia, respaldado por el Directorio Nacional Conservador, y el general Alfredo Vásquez Cobo, quien tenía el apoyo del presidente Abadía Méndez y el beneplácito de Monseñor Ismael Perdomo, sucesor de Monseñor Herrera Restrepo, quien había fallecido el 2 de enero de 1928. Monseñor Perdomo ordenó a todos los jerarcas de la iglesia proclamar desde sus púlpitos la candidatura del general Vásquez Cobo. Para tumbar esta decisión, los conservadores se dirigieron al papá Pio XI y le solicitaron que le sugiriera a Monseñor Perdomo cambiar su posición y respaldar a Valencia. Y así lo hizo desde sus pláticas en la Catedral. Con esta actitud veleidosa, la colectividad conservadora quedó desconcertada y sin saber por quién votar. Esta situación fue aprovechada por los dirigentes liberales para lanzar la candidatura de Enrique Olaya Herrera, quien, presentando una candidatura de “Concertación Nacional” resultó vencedor en las elecciones del 9 de febrero de 1930. El doctor Laureano Gómez, irónico y mordaz, no vaciló en expresar: “El conservatismo perdió la presidencia gracias a la embarrada de Monseñor Perdimos”, apodo con que fue conocido y llamado a partir de ese momento.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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