Literatura

Ahora solo un cadáver

Félix Molina Flórez

01/02/2013 - 11:30

 

Esa noche sonaron tres disparos. Recién había arreciado un aguacero ensordecedor; sin embargo, el eco de las detonaciones se alcanzó a oír claramente. Mamá y yo nos miramos las caras. —Eso fue cerca— susurró ella. Me abrazó fuertemente y entramos al cuarto. Pasados unos segundos, entró papá emparamado con una bolsa en las manos y cerró tras sí la puerta. —¿Qué fue eso?— le preguntó mamá. —Parece que fueran tiros— le respondió mi padre algo asustado, mientras pasaba al cuarto a cambiarse de ropa. Al poco tiempo los vecinos empezaron a abrir tímidamente las puertas. Mamá hizo lo propio, se asomó y decidió salir, papá lo hizo luego. Yo, con apenas 10 años, creía estar preparado para ver lo que sería mi primer cadáver. Arribé a la esquina, y ya un pequeño grupo de gente había rodeado lo que en ese momento era un muerto. Caminé unos pasos, y me acerqué con un ojo entre cerrado. Alcancé a ver, en medio de un charco de agua teñida de sangre, el cadáver de Rubén, el vecino de al lado, con un ojo destrozado. Al poco rato llegó su mujer, y su hijo y se inició a esa hora de la noche, un llanto desgarrador.

Mamá me tomó de la mano y me hizo entrar a la casa. Desde ese momento, la imagen de Rubén quedó inmersa en mi cabeza: su camisa de cuadros, su jean negro y sus zapatos de charol negro. La cadenita de oro que aun colgaba de su cuello. La posición de la mano sobre la pequeña piedra. Su otra mano sobre el pecho y ese rostro demacrado donde se dibujaba un grito desesperado, agonizante. Y ese ojo entreabierto (que parecía mirar el cielo negro que aún expedía gotas de lluvias), me seguiría mirando con desespero. Mamá observó en mí una evidente preocupación y me pidió que me sentara en uno de los muebles de la sala. Me preguntó qué me pasaba, yo la miré a los ojos y, con un movimiento de cabeza, le dije que nada, que todo estaba bien. Luego, regresé a la terraza de la casa, desde donde podía ver a muchos curiosos que se acercaban a observar a los peritos recolectar las evidencias. Podía ver claramente el movimiento titilante de la sirena del carro de policía. Me pegué a las rejas y desde allí escuché el llanto, ya menguado, de la mujer de Rubén.

Esa noche fue larga. Sobre las 10 de la noche papá me ordenó ir a dormir. Lo miré como suplicándole que me invitara esa noche a dormir a su cuarto, pero ni para qué hacerlo. Ya sabía su respuesta. A él nunca le habían interesado mis miedos. No le importaba, para nada, el fantasma que con frecuencia me corría las sábanas hasta desnudar mis píes. No le preocupaba, tampoco, que la imagen del cuervo que se dibujaba en la pared se moviera de izquierda a derecha sobre todo después de las 11 de la noche. En cambio mi mamá era diferente. Cuando escuchaba que mi respiración se incrementaba saltaba de su cama y llegaba rápidamente hasta mi cuarto a constatar que todo estuviera bien. No se despegaba hasta que yo no me durmiera, aún en contra de la voluntad de mi padre quien argumentaba que estaba haciendo de mí un niño consentido y débil.

Caminé hasta mi cuarto. La lluvia había cesado. La noche se había vuelto silenciosa, y solo podía escuchar el ritmo acelerado de mi corazón. Miré el reloj antes de entrar a mi pequeño cuarto: las 10:15. Las luces apagadas de la casa iban reduciendo el espacio que tenía para mirar. La orden de mi padre era clara: dormir con las luces apagadas. Cerré los ojos antes de presionar el interruptor. Lo hice. Brinqué hasta mi cama. Me arropé de los pies a la cabeza y allí, empezó una noche espantosa. Al rato, sentí que la puerta de la casa se abrió. Me rehusé a abrir los ojos. Luego, escuché claramente que se cerraba de nuevo. Alguien, desde afuera (o adentro), le echaba cerrojo.

Rubén era un buen tipo. Todos en la cuadra sabíamos que era un aficionado al fútbol y al cigarrillo. Además era común verlo jugar cartas mientras mezclaba sus dos pasiones. Era un hombre amable y cordial, aunque no lo auscultara fácilmente, pues era, al mismo tiempo, callado y tímido. Solía sentarse a las afueras de su casa una vez llegaba del trabajo. Recuerdo aquella vez que me llamó: —Niño, ven acá un momento. Ve a la tienda y me compras medio paquete de cigarrillos. Toma, estos 10 pesos son para ti— Fui corriendo por la otra cuadra para que mi padre no me viera. Llegué a la tienda y compré los cigarrillos para Rubén y un dulce de bocadillo para mí. Se los entregué y quedé contemplándolo un rato. Vi en su rostro una magia extraña, mientras dejaba escapar una bocanada de humo. Por un momento anhelé que fuera mi papá, a diferencia del mío, Rubén sí jugaba con los niños y nos permitía correr por la terraza de su casa. Mi papá, en cambio, era un tipo rancio e inexpresivo. No había en él un atisbo de cariño o bondad expresos.

Pero últimamente Rubén se notaba extraño. Algo en sus facciones había cambiado. Poco se le veía en la puerta de la casa y ya no jugaba carta con los amigos de la cuadra: —una rara enfermedad lo tiene aislado— le dijo papá a mamá una tarde cuando ella le preguntó por Rubén. Papá lo visitaba frecuentemente, pero nunca me permitió que yo lo hiciera. Quería verlo, saludarlo y decirle que por qué ya no sacaba el televisor para ver jugar a su equipo en la terraza. Quería decirle que me mandara a la tienda a comprarle cigarrillos que ya no le iba a cobrar por el mandado. Pero nada, pasó mucho tiempo para poder volverlo a ver.

Una noche antes de que lo mataran lo vi que caminaba por la calle con una cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra. Me fui tras él con la intención de descubrir hacia dónde iba. Quise abordarlo para bombardearlo a preguntas pero decidí seguirlo. La calle estaba sola. Rubén caminó un par de cuadras más hasta meterse en un lote baldío donde estaba una casa a medio acabar. Al fondo vi su cigarrillo que semejaba una luciérnaga. Levanté mi cabeza por sobre el espacio reservado para la ventana y pude apreciar que Rubén hablaba con alguien. Al principio no pude reconocer al interlocutor, luego de un rato escuché la voz de papá que le sostenía la cabeza a Rubén y le exigía que fuera hombre. Le dijo que no se preocupara, que todo iba a salir bien, que el sufrimiento pronto acabaría.  Rubén le entregó una bolsa a papá quien al recibirla dijo: —listo Rubencho, mañana en la noche hacemos la vuelta—.

 

Félix Molina-flórez

flex20_06@hotmail.com

Sobre el autor

Félix Molina Flórez

Félix Molina Flórez

Piedra de sol

Félix Molina Flórez (Valledupar 1986). Docente, promotor de lectura y bibliotecario. Ha publicado algunos textos poéticos, narrativos y ensayísticos. La columna "Piedra de sol" es un espacio donde se abordan temas relacionados con la literatura, la cultura y las artes en general.

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