Literatura
El escapulario de la sabana blanca

Griselda Espinosa tenía la lengua dulce y los ojos de agua mansa, tanto que le juró a José Orozco ser tan pura y cristalina como los arroyos que bajan saltando piedras desde la serranía. Se lo juró con una mano puesta sobre el pecho, ahí donde el latido se confunde con el tambor, asegurando que su honra estaba intacta, guardada bajo siete llaves como el tesoro de un galeón hundido.
María La Baja era entonces un hervidero de chismes. El rumor del amorío corría como la brisa en medio de la tempestad, saltando de patio en patio, enredándose en las hojas de los almendros. Muy cerca de la Iglesia de la Inmaculada Concepción, cuando las sombras pesan más que las piedras y el reloj marcaba la una de la madrugada, José esperaba. Estaba cobijado por una ansiedad que le roía las entrañas, fumándose el tiempo en cada esquina de esa calle antigua que parecía no tener fin.
Griselda, por su parte, le había hecho una finta al sueño. Fingió dormir ante sus familiares, con una respiración tan rítmica que engañó hasta al gato. Pero pasada la medianoche, el corazón le dio un vuelco. Se levantó sin hacer ruido, agarró el escapulario de la Virgen del Carmen para que le cuidara los pasos y empacó sus tesoros: dos faldas de esas que tienen vuelo propio cuando ella cantaba bullerengue, la blusa marrón que le resaltaba el color de la piel y las chancletas nuevas, esas que todavía olían a caucho y a promesa.
Abrió el portón del patio con la cautela de un fantasma y caminó hacia la Calle de la Iglesia. Allí, agazapado entre la negrura y el miedo, la recibió José. Sin decir palabra, impulsados por esa urgencia que solo conocen los que aman a escondidas, huyeron hacia Mahates. Se refugiaron en casa de los Mejía, donde una comadrona de ojos cansados alquilaba cuartos a los agentes viajeros y a los amantes sin destino.
El calor allí no era de este mundo; era un vaho infernal que salía de las paredes y se pegaba a la piel como una condena. Entre caricias de salitre y suspiros ahogados por el bochorno, el acto sexual fue consumado. José, con la fe del carbonero, esperaba el bautizo de la sangre sobre la tela. Pero el destino tiene sus propias leyes de gravedad.
Al llegar el alba, la sábana permaneció blanca, de un blanco insultante, declamando ante el mundo un engaño que ya no tenía remedio. El virgo se había perdido hacía muchos años, quizás en un baile de tambores o en un descuido del destino, pero no estaba allí. El silencio que siguió fue más pesado que un fardo de tabaco.
José, con el alma transida de rabia y el orgullo vuelto pedazos, no esperó ni a que el sol terminara de salir. Aún de madrugada, con el amargor de la traición en la garganta, regresó a Griselda a su casa. La devolvió como quien devuelve una mercancía averiada, sin una palabra, dejando que el frío de la mañana hiciera el resto.
Griselda, cobijada por una vergüenza que le quemaba hasta el nombre, no aguantó el escarnio de los vecinos. Antes de que el chisme se volviera leyenda en María La Baja, huyó para la capital, perdiéndose entre el ruido de los carros y el olvido de la gente.
Dicen los que todavía caminan por el Viejo Bolívar que a José Orozco se le ve a veces por las trochas, con la mirada perdida y el paso errante. Va embriagado, pero no de ron, sino de un mal de amor que le secó el alma. Camina buscando todavía la mancha que nunca apareció, mientras el eco de un acordeón lejano parece burlarse de su desdicha, recordándole que en el amor, como en el realismo de estos pueblos, no todo lo que brilla es agua clara ni todo juramento es ley de Dios.
Eliécer Jiménez
@drjimenez1a
Sobre el autor
Eliécer de Jesús Jiménez Carpio
Juglares, Espantos y Aparatos
Eliécer de Jesús Jiménez Carpio nació en el Caribe colombiano, en el municipio de Ariguaní (Magdalena). Inició su formación académica en la fría Santa Fe de Bogotá y la culminó en la alegre Barranquilla. Posteriormente, se trasladó a México para realizar sus estudios profesionales, donde se desempeña como odontólogo especialista en Ortodoncia, Prótesis e Implantes Dentales. Además de su labor en odontología, es un poeta de la vida, un pescador de historias y un escultor de paisajes llenos de realismo mágico. Su inspiración proviene de realidades universales que moldea en el jolgorio del paisaje caribeño. Ha escrito once libros, de los cuales cinco han sido publicados por Editorial Ibañez: Cuentos del Tucurinca, Crónicas del Ariguani, Guille La Prostituta, Historia de Piaches, Juglares Espantos y Aparatos; numerosos pensamientos, crónicas, ensayos y cuentos cortos que trascienden la dialéctica y reflejan la cotidianidad, la magia y el folclore. Es el presidente fundador del Festival Vallenato de Monterrey, que cuenta con doce ediciones. Asimismo, ha participado como conferencista internacional en temas como el folclore colombiano, la motivación personal, diversas áreas de la odontología y la Diabetes. Ha sido invitado a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara y Monterrey (México), así como en Bogotá (Colombia). Además, es miembro y embajador plenipotenciario del Parlamento de Escritores de la Costa en Cartagena (Colombia), destacándose también como promotor cultural gastronómico y deportivo.
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