Literatura
El caminante que huía del amor

Jerónimo nació en el cálido Caribe colombiano. Desde niño, su padre nunca le permitió jugar descalzo, lo que hacía que sus compañeros lo vieran como el mimado de la casa. Sin embargo, aquello no le impedía correr tras la pelota de trapo, jugar a la lleva, a la libertad y a todas esas invenciones infantiles que llenaban de alegría las tardes de los niños de su época.
Su mente estaba habitada por dos pasiones: la escuela y el río. Allí, con anzuelos improvisados, arrancaba de las aguas cristalinas mojarras loras, lampreras y doradas que su madre freía en una gran paila, sirviéndolas luego con yuca cocida para él y sus hermanos.
Desde pequeño asumió responsabilidades, y al llegar a la adolescencia la separación de sus padres y la difícil situación económica truncaron sus estudios. Sin más opciones, se dedicó por completo a labrar la tierra.
Creció en un lugar encantado: pájaros de mil colores revoloteaban sobre los árboles, mariposas se posaban en las flores, y en los veranos su oído se afinaba tanto que podía escuchar a lo lejos el crujir de las hojas secas bajo los pasos de animales y personas. Un día, Jerónimo dejó atrás el calor de aquel pueblo a orillas del río que lo había visto crecer y se aventuró a trepar las cordilleras para recolectar café. Al principio, el frío le pareció delicioso y la ausencia de zancudos, una novedad. Poco a poco se acostumbró a la nueva vida y a nuevas amistades. Pero lo inesperado llegó: la violencia derribó su puerta y abrió en su alma una herida que jamás cicatrizaría.
En una mañana lluviosa de octubre, Jerónimo observó sus manos endurecidas por la faena campesina. Frente a un viejo espejo colgado en la pared de barro recordó las palabras de su madre: “Hijo, la vida en el monte es dura; en el pueblo, en cambio, se puede vivir vendiendo periódicos.” Aquellos recuerdos lo llevaron a evocar su niñez, cuando recorría los caseríos vendiendo galletas de harina, caballitos de dulce, cocadas y ropillas. Sin pensarlo dos veces, envolvió sus pertenencias en un bolso y, sin despedirse, emprendió la desconocida búsqueda de la ciudad.
Todo le resultó extraño: desde bañarse en una reducida ducha y extrañar la gran bañera natural de aquel río donde se zambullía sin medir el tiempo, hasta sentarse a comer en una mesa. En la finca lo hacía sobre un tronco, con la comida servida en una vieja tabla. Fue allí donde conoció a Mariela, unos años mayor que él, pero igualmente joven. Se enamoraron y poco a poco construyeron una familia con la llegada de los hijos. Veinte años de matrimonio trajeron discusiones, y la mala fortuna de Jerónimo fue nunca conseguir un trabajo cerca de Mariela. Siempre debía partir lejos, perdiéndose la etapa más importante de un hombre: ver crecer a sus hijos. Esa ausencia la interpretaba como falta de amor de su esposa y de los pequeños.
Llegó el momento en que la vida se le volvió rutinaria, sin propósito. En una nueva búsqueda de empleo aceptó una oferta en un pueblo andino, muy lejos de la cálida ciudad caribeña. En las noches, la soledad lo envolvía: pensaba en Mariela, en sus hijos, en la cama compartida, en la comida hogareña y hasta en las cervezas de los fines de semana. La distancia hacía costosos los viajes, así que optó por enviar dinero y sacrificarse en su aislamiento.
Jerónimo, hombre sociable y buen conversador, se volvió amante de la poesía. Así conoció a Ángela, una joven de ojos claros y piel blanca. Al principio se trataban con respeto, pero con cariño. Las largas conversaciones se hicieron costumbre, hasta que Jerónimo empezó a sentir la necesidad de verla más seguido. Poco a poco disminuyó la comunicación con Mariela y sus hijos, quienes pensaban que era producto de la distancia, sin sospechar que un nuevo amor comenzaba a cautivar el alma de aquel hombre que alguna vez juró fidelidad eterna.
Jerónimo estaba allí no solo por trabajo, sino también huyendo de aquel amor incomprendido: el que la distancia le había arrebatado con Mariela y el que, por coincidencia, lo acercaba a Ángela. Pero en sus largas reflexiones comprendía que, incluso con ella, no se disiparía aquel vacío que invadía su alma.
Una noche cualquiera, atrapado entre los recuerdos de su esposa y los deseos por Ángela, decidió dejarlas a ambas. Continuó su camino, no en busca de alguien a quien amar, sino como un caminante que huye del amor en la búsqueda de ser correspondido.
Nerio Luis Mejía
Sobre el autor
Nerio Luis Mejía
Pensamientos y Letras
Nerio Luis Mejía es un líder comunal, defensor de los Derechos Humanos, quien ha realizado de manera empírica un trabajo de investigación acerca de las causas que han propiciado -y siguen alimentando- el conflicto armado y social colombiano. Mediante sus escritos, contextualiza las realidades territoriales.
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