Literatura
Rafael Orozco, la voz del amor (II)

Para el pequeño Rafael, el día no comenzaba en el pozo del patio, sino en las orillas del Río Maracas. Allí, donde las piedras pulidas por los siglos cuentan historias de antiguos juglares, Rafael y "El Ñato" cumplían su primer rito sagrado. El agua que Rafael vendía era agua con memoria; era el líquido frío y cristalino que bajaba de la Sierra de Perijá, trayendo consigo el frescor de la montaña para aliviar el sopor de Becerril.
Llenar los calambucos directamente del río requería una destreza que Rafael dominaba con paciencia. Mientras el agua burbujeaba al entrar en los recipientes, el niño escuchaba el murmullo de la corriente. Ese sonido constante, rítmico y profundo, se fue filtrando en su oído musical. El río no solo le daba el sustento; le enseñaba sobre el fraseo, sobre los silencios y sobre la fuerza con la que debe fluir una melodía.
Una vez cargado "El Ñato", comenzaba la procesión. El agua del Maracas, recién sacada, iba salpicando el camino, dejando una huella húmeda sobre el polvo caliente de las calles. Aquel rastro era la señal para las vecinas: "Ya viene el hijo de Cristina con el agua fresca".A diferencia de otros aguadores, Rafael se esmeraba en que su agua fuera la más limpia. La elegía de los remansos donde el río se mostraba más puro. Esa búsqueda de la perfección en lo pequeño sería, años más tarde, su sello distintivo en la grabación de cada canción.Aquel trabajo era el motor de la casa de los Orozco Maestre. Cada viaje al río era una victoria contra la escasez. Cristina, desde la distancia, sabía que mientras el río fluyera y su hijo tuviera la fuerza para guiar al "Ñato", la bendición espiritual de su hogar estaría protegida.
Rafael Orozco Fernández, el padre, solía decir que el hombre que conoce el río nunca se pierde en el mar. Ver a su hijo regresar del Maracas, empapado de sudor y agua, con la sonrisa intacta y tarareando algún verso que se le ocurrió mientras llenaba los calambucos, le confirmaba que el muchacho tenía una conexión especial con la naturaleza.
En ese ir y venir del río al pueblo, Rafael Orozco Maestre no solo transportaba agua; transportaba el espíritu de su tierra. El agua del Maracas se convirtió en su voz, y su voz, con el tiempo, se convertiría en el río que inundaría de romanticismo el corazón del universo.
"El Maracas le entregaba sus secretos en cada viaje, y Rafael, agradecido, los guardaba en su garganta para devolverlos convertidos en canciones."
Eliécer Jiménez
@drjimenez1a






