Literatura
Las acuarelas de Adriano (II)

Luis Enrique Martínez pulsaba las notas de Polo Norte mientras la audiencia, en un silencio absoluto, se entregaba al rito de su canto. Abraham Batista, observaba desde su mecedora tallada en corazón de guayacán, observaba la escena con una mirada que parecía divagar entre el presente y el mito. El aroma de la carne fresca, sellada al calor de la leña, le aumentaba el apetito; era el perfume propio de las parrandas en su hacienda, celebraciones que desafiaban al tiempo con una duración de catorce días.
Durante las festividades del Santo Cristo, el calendario perdía su coherencia: comenzaban en septiembre y solo hallaban tregua en noviembre. En aquel festín de meses, jamás escasearon el bastimento ni el ron de caña. En el primer mes, por estricto mandato en honor al Santo, se sacrificaba únicamente ganado macho de pelaje blanco. Pasado el tributo, el color y el sexo de las reses perdían importancia ante el hambre de la multitud. Si el bastimento llegaba a flaquear, camiones cargados arribaban desde El Carmen de Bolívar, tierra bendita donde el ñame y la yuca brotan silvestre.
Adriano, en un arrebato de confianza, le mostró sus nuevas composiciones a Luis Enrique. Éste, con la astucia del juglar, improvisó al amanecer un viaje a Barranquilla para inmortalizar aquellos versos en el acetato antes de que el olvido se los arrebatara. Por su parte, Abel Antonio prefirió rumbear hacia Venezuela, donde la pieza que hábilmente le sustrajo a Salas, Tere en la Villa, se replicaba en cada esquina. El hijo de San Pedro poseía ese don esquivo: convertir el léxico sencillo en un himno universal, logrando que el pueblo hiciera suyas sus penas y alegrías. Incluso Luz Marina, llevada a México por las manos de Andrés Landero, resonaba con más fervor que el propio himno nacional de aquella tierra azteca.
Calixto Ochoa, por su parte, relató mil veces cómo Cerro Verde se convirtió en el bálsamo de alegría para los parranderos. «¡Bendito, Adriano, bendito!», solía exclamar.
A pesar de la ausencia de su pierna derecha, Adriano persistía en los oficios del campo. Vertía el cuajo en la leche fresca para iniciar el rito enigmático de la creación del queso en la hacienda El Líbano, un manjar cuyo prestigio era ley entre las mejores cocineras de la región. No obstante, los constantes mareos le recordaban su fragilidad, impidiéndole «jardear» el ganado bajo el cobijo de los atardeceres encendidos de los playones de Caño Lindo. A veces, entre tropezones, lograba enrejar a los terneros más mansos o llamar desde los zarzales a las vacas viejas. También disfrutaba arreando a los puercos de vuelta al chiquero; en cada hacienda donde trabajó, fue acogido como sangre de la propia sangre.
Muchos decían que sus afectos pertenecían a El Guímaro o a Caño Lindo, pero solo él guardaba la certeza de que ninguna tierra se comparaba con aquella joya oculta entre los cerros de Varas Blancas: Las Mercedes. Allí habitaban sus recuerdos más diáfanos. No fue el paisaje ni el canto de las aves lo que terminó por seducirlo, sino el espejismo de dos mujeres idénticas, Mercedes Antonia y Mercedes Isabel, las mellas Zulbarán.
Eliécer Jiménez
@drjimenez1a
(Relato extraído de la obra “Juglares, espantos y aparatos”)





