Literatura
Misantrópicus

Pisó accidentalmente una lombriz, sintió la blanda consistencia mucilaginosa bajo el zapato, miró los convulsos movimientos de la agonía y siguió su camino.
Diagnóstico. Luxación congénita de caderas. Su progenitor suspiró resignado, la costumbre de ver tanta “patoja” no le sorprendió. Inevitable, nada qué hacer en este pueblo maldito y sin solución a la vista, hizo un recuento de los parientes aquejados de esta tara, consultó la memoria de sus hermanos que lo consolaron apesadumbrados y repitió el “nada que hacer” para apañar culpas. Pobre, mi hijita, y con esa carita angelical, su andar de dos años, el arco de sus piernas abiertas por instinto de equilibrio, su desplazamiento asimétrico, sus llantos de frecuentes caídas, raspones, chichones, moretones, la cansada caricia de su madre corriendo detrás de la niña, levantarla una y otra vez, asimilar los golpes en su corazón que poco a poco se iría endureciendo. “No es mi culpa” auto conmiseración del silencioso frio en ese “pueblo maldito” al que fue llevada contra su voluntad. “Qué va a ser mi culpa sí lo único que hice fue parirla nada más como a todos los demás” Un zapato de tacón más alto que el otro, obra de artesanía de su padre para paliar la inequidad, ese pueblo se movía olvidado en el ostracismo de la montaña desde donde se divisaba a lo lejos la ciudad, amenazantes alambrados disuadían el acercamiento. Y los casos se multiplicaron, la gente supersticiosa atribuyó a una maldición de gitanos que alguna vez sentaron allí campamento, bailaron extrañas danzas, con movimientos sugestivos de caderas ampulosas, tintineo de collares y cinturones llenos de cristales de todos los colores, pañoletas de colores escandalosos anudando a los esbeltos cuellos largas cabelleras de un negro azabache de otros mundos, los hombres con bombachos descoloridos, sandalias raídas, camisas blancas, chalecos multicolores, y bonetes en sus cabezas, adivinanzas del futuro, el destino de los ingenuos en las líneas de palmas de dedos callosos, barajas de cartas con palos de bastos, ases y figuras demoniacas que pronto desaparecían en las mangas de las hábiles agoreras, curiosidad infantil asomándose al espacio de una carpa dentro de la cual ardía un haz de leña y despedía sombras siniestras alrededor, justo una de esas barajas cayó al piso de tierra apisonada de tanto caminar encima, ¿cuánto tiempo estuvieron esos gitanos? Un ave espeluznante se mostró en la carta caída a los ojos de la curiosa niña de rostro angelical, levantó la vista y se topó con ojos escrutadores de la gitana, se disculpó con un gritito asustado y la vieja sonriente en sus dientes amarillos de hierbas masticadas en esta y en la otra vida la miró complaciente y pareció decirle señalando la carta recogida del piso que su camino estaba ya trazado; incomprensión y carrera de pánico a los brazos de su padre. Esos gitanos maldijeron este pueblo.
Pronto, acuciosos médicos investigadores se enteraron, acudieron, montaron carpas ausentes ya de gitanos, gracias a Dios, logo gigante de cruz roja, batas blancas, tapabocas, guantes quirúrgicos, polainas, gafas protectoras. Curiosos, escépticos, chismosos, agoreros, santurrones, asombrados, esperanzados, todos acudieron, la mayoría fueron rechazados, solo los enfermas, solo las enfermas gritaban los soldados intentando ordenar el tumulto alrededor de las gigantescas carpas, el progenitor llegando de su trabajo con una “talega” y el exiguo mercado para alimentar a la prole, harina hecha en Gringolandia dizque Alianza para el Progreso a cambio de exponer los brazos infantiles a pinchazos de “vacunas” que luego fueron rechazadas por sus padres con el rumor de conejillos de indias -¿qué era eso? Ni idea, pero era algo malo remachado con de eso tan bueno no dan así gratis- fideos Cereavión, papa recogida en el potrero de los alambrados sin dejarse pillar por el hurto; se acercó a la muchedumbre en la carpa de la cruz roja, el pálpito con el interrogante en sus pequeños ojos, ¿qué pasa aquí vecino? El corrillo deformado de una boca a otra, ¿y curan la cojera también? Sus ojos pequeños taladrando las carpas, sin soltar su mercado avanzó por entre la multitud, se camufló entre las fallidas esperanzas, insultos que en su eco reflejaban la certeza cruda de un no se puede joven. Volvió a salir del tumulto con su talego y quizá era el único con luz, le sorprendieron la sonrisa, ese viejo nunca sonríe, los demás celaron al aire fresco del señor del talego y aguardaron por meses su significado.
Algunos años después, el logo de la cruz roja envió la señal, un hombre y una niña tomaban el bus rumbo a la capital, el desigual caminado sería compensado en el futuro, la inmensa ciudad, los penetrantes ojos de la niña, su boca con el asomo de un rencor leve en la comisura, todos caminan “derechos”, buscaba con tesón a su par para consolarse sin encontrarlo, se sentía despreciada y los amagos de burla imitando su caminar acentuaron el rencor en la comisura sin por ello demostrarlo y a cambio acuñó con paciencia el gesto de niña bonita y sonrisa de conquistas que pronto reclamó réditos en el halago, la caricia y la compasión, ganancia secundaria -ya lo verían- Cambió el llanto por miradas de ternura, mohín de la marca maldita en su corta pierna a cambio de lisonjas y mimos mientras los días pasaban lentos, las amplias ventanas de un piso alto desde la cual se divisaba la gran ciudad, olor a líquido antiséptico para lavar los pisos, específico, así lo llamaban, olor sui generis; enfermeras circulando día y noche, doctores en grupos que la examinaban todos los días, tomaban medidas de sus piernas, poses circunspectas a su alrededor, ella los observaba intrigada, uno de ellos, el jefe de médicos con la mano ahuecada sosteniendo su mentón, gafas gruesas y calvicie prematura en la región frontoparietal, estudiando las novedades del momento a propósito de una cruenta cirugía en niñas de edades como la paciente en quien se iba a hacer un procedimiento pionero en el país. En los más chicos el procedimiento tiene un mejor pronóstico, pero en esa niña bonita, ummm, lo intentaremos. Meses fueron lamentos, laceraciones, heridas quirúrgicas serpenteantes en su pierna económica, abrasiones en otras partes del cuerpo para formar colgajos y cubrir el vacío de huesos sometidos a la sierra, al martillo, al tornillo, a los alambres, a los yesos, figura retórica de adefesio sostenido en sus dos extremidades inferiores a sendos ángulos de la cama, carita miserable sonriendo en compensación a sus verdugos, a sus amigos ocasionales y transeúntes de otras camas del gran hospital que nunca volvería a ver, a su progenitor causante de su desgracia, viejo pendejo, su diario visitar el sétimo piso, su niña, sus pequeños ojos del cansancio de responsabilidades de buen padre ansiosos por evoluciones y buenas noticias y su salida nocturna del gigante hospital, desandar la angustia que con llanto le pedía no la dejara sola, el corazón contrito de la noche de farolas de luz exangüe por donde contaba sus rápidos pasos, de las noches inagotables de la capital alejando sumiso la culpa del sombrío hospital allá en la loma y entrando a un cuartito ofrecido generosamente por un militar devoto de la virgen, ese algo que los unía en oración por la recuperación de su niña. ¡Virgen Santísima! ¡Ánimo compadre que todo va a mejorar! El molde de la carita redonda exenta de vendas y esparadrapos cambiaba imperceptiblemente en las largas noches y la sonrisa fruncida adoptaba un maligno gesto misántropo más allá de sus espacios de comprensión de los misterios escondidos bajo el asqueroso yeso donde los engendros reptaban a través de suturas sanguinolentas que luego permanecerían incólumes, pétreas, esculpidas, adosadas sin solución de continuidad y con rabia a la piel subyacente. Años fueron y los viajes se hicieron constantes, nuevas intervenciones quirúrgicas, corrección de lo no deseado, pausas de anestesias, nuevos trazados en la ya deplorable piel por donde volvería a pasar el bisturí, técnicas quirúrgicas en fases de experimentación, cebándose en el cuerpo que encontró en la cama el medio de superación para “cagarme en el mundo miserable que me tiene en estas condiciones” Adolescente con pensamientos siniestros, sus primeros periodos anunciaron pubertad dejando huellas sucias en el yeso adyacente, el asco y la rabia por todo aquel que se atreviera a pasar el umbral de la habitación del séptimo piso del gran hospital que se convirtió en cueva de sombríos pensamientos. Los horóscopos de fin de año alimentaron su desesperada búsqueda del futuro, Aries, energía y valentía. Tomó una pañoleta que alguien le regaló, la anudó por detrás, el espejo del baño de la habitación del séptimo piso le devolvió la figura de la vieja de dientes amarillos levantando la carta del piso de barro, esa mirada cómplice de la infancia dentro de una sucia carpa quedó esculpida en su memoria, simuló un movimiento de caderas tarareando alguna balada de los Cárpatos retenida en su cabeza, hizo arabescos con sus brazos arriba, un dolor agudo en su pierna lacerada abortó la danza, lágrimas, boca de labios fruncidos y vuelta a la cama. Seguiría esperando.
Bella chica, cabello negro azabache, carita redonda, mejillas redondas, envidia de sus compañeras, ninguna es amiga mía, no lo consiento; hoyuelos de coquetería y principio de devaneos de su edad. El sacrificio de sus añitos infantiles dieron resultado, caminaba esbelta, su leve cojera residual fue superada con plantillas apropiadas, colegio, compañeras, nunca amigas, no lo consiento, más chicas que ella, años escolares perdidos en esa maldito séptimo piso que ahora veía con resentimiento mientras caminaba por los atestados andenes de comercios sofocantes de la Avenida Caracas, corrillos en los pasillos del colegio, paseos al centro de la gran ciudad donde fijó su destino siempre de la mano de sus padres ahora instalados con los demás hermanos, lejos quedó ese “maldito pueblo” con sus gitanas y brujas, nunca volveré allá. Después de todo la vida le sonreía, pero lo suyo era un lamento de noches insomnes acariciando los nudos sinuosos de cicatrices, bulbosos queloides de su pierna lastimada, paseos de piscina rechazados con violencia, paseos al río, no era lo suyo, baños de grupo tomados con sigilo cubierto de un falso pudor con lo que ponía a salvo sus vergüenzas. Siguió la obsesiva búsqueda de patojas en la gran ciudad, las encontraba, se complacía al verlas y sin hacerse notar caminaba al lado de ellas alardeando de ya no ser de ese grupo odioso. Y ellos, los hombres, también los encontró y se burló sin vergüenza remedando el andar lo cual hacía con propiedad, lo heredado no se olvida.
Noches de odio, noches cómplices, la puerta hermética de su habitación apenas separada con hojas endebles de triplex, templo de resentimientos, paredes cubiertas de modelos exuberantes en trajes de baño, páginas de revistas frívolas, grandes palacios campestres en países lejanos, un sueño perenne, un suspiro en lamentos deslizados por debajo de su puerta hermética, rutinas de masajes, cremas poderosas intentando el milagro en sus piernas lastimadas, lecciones de física, química, matemáticas mandadas a la mierda, eso no es lo mío, eso no me sirve. Calificaciones mediocres en el colegio salvadas en el último instante apelando a su ya perfeccionada carita de niña mimada.
La capital se hizo pequeña, los andenes de Chapinero pretextaron un poder oculto al ver caer a una estúpida mona que se atrevió a parodiar su caminar, justo verla caer con estrépito y dar con la nariz en el piso, la sonrisa de satisfacción, el deseo cumplido. Luego, la escena se repitió con un tonto engreído, sí, aquel que le espetó su falta de pericia en el baile, eres muy difícil de seguirte, y ella lo empujó por encima de una baranda observando como daba la cabeza contra el césped del primer piso de una finca campestre en las afueras de la ciudad. También eso lo pensó. Otro con la nariz reventada.
Movió decepcionada su inventiva, caminando bajo la lluvia de una primavera que lejos estaba de parecer a las de las baladas de sus años tempranos, letras insulsas, ninguna de ellas asomaba siquiera a la tragedia íntima, a su propia tragedia; novios a los que no les permitió caricias más abajo de su cintura, castidad sublimada en queloides toscos que no iban a ser objeto de explicaciones, el reflejo del andén mojado de una piedra sin pulir al pie de Montmartre, Sacre Coeur amenazante, el mechón de su negro cabello empapado, desechó el deseo de víctimas caídas en desgracia -no es más que eso, un deseo, ojalá todos se fueran de bruces a la mierda- se lo dijeron alguna vez o pensó que quizá su tara daba para lo que le tintineaba en el recuerdo doloroso: “esa mierda que tengo como hija”. Si, soy una mierda. Caminó soportando la vaguedad del silente desequilibrio, acá tampoco existen las patojas, somos una raza maldita, la magnificencia del error congénito taladrando el maligno espíritu que crecía bullendo planes siniestros.
Adultez, misantropía en su máxima expresión. Ahora eran “arrondissements” de categoría clase privilegiada, trajes suntuosos hasta el borde de sus tobillos, zapatillas altas, guantes cubriendo los antebrazos, moños sostenidos por peines de nácar, y una diadema adornando la frente, todo el esplendor de bellas damas detrás de esas gruesas paredes de altos muros y arquitecturas de cortes victorianos o romanos, escudos en el frontispicio con iniciales pomposas, justo encima de portentosas entradas y puertas de recia madera de los bosques de los Alpes. Pasó su mano -acarició- los altos muros de los barrios lujosos, ella rodeada en su pequeña estatura por las damas elegantes, sus hoyuelos tentadores atraían miradas cautivantes de jóvenes vestidos de frac y corbatín, pantalones de pliegue militar, zapatos de negro charol, cabellos cortos peinados con gomina hacia atrás, tez blanca, ningún negro, no, ningún moro, eso no, sonrisas a los hoyuelos y los ojos color canela atrapando el amor detrás de las gruesas paredes, candelabros con bujías iridiscentes, alfombras rojas. La lluvia primaveral arreció y debió guarecer el despertar de su sueño bajo un enorme portón a cuyos lados asomaban gárgolas terroríficas vomitando agua a la calle. Se estremeció entrecerrando los ojos mientras arriba seis o siete pisos -ese maldito número la perseguía- los edificios suntuosos de la Rue Bourgogne parecían adosarse en un susurro lento, gutural, ven, ven niña, tu perteneces a estos palacios, ven, corre que la dicha es tu casa. Sonrió corriendo rumbo a la estación de metro Varenne, sobre el imponente Boulevard des Invalides. Dinero. Atrás, Rodin la puso a pensar, bajó con cuidado las resbalosas escaleras del metro, con el puño bajo el mentón caviló en la estación, gruesas gotas de lluvia se deslizaban de su impermeable formando un círculo húmedo en el piso, ella como centro se irguió, su cuerpo ardiendo como una tea, una sonrisa siniestra encajó la bóveda del túnel por donde aparecería el metro, la idea afloró y afincó la convicción de sus manos agarrotadas dentro de la gabardina en un solo objetivo, el dinero. El ruido de los vagones alertó sus instintos, el fuego de su cuerpo se desvaneció, un olor a prisas quemadas quedó en el círculo húmedo del piso, el próximo paso la situó dentro del vagón, avanzó decidida -dinero, eso es- buscó un asiento lejos del gamberro cuyos fuertes olores a cebolla podrida y aliento alcohólico despertaron en ella la sensación de querer vomitar llevándose una mano a la nariz como mecanismo de defensa. Eso fue un accidente, ese nauseabundo olor que la acompañaría por el resto de su vida como un recuerdo tenebroso de lo que haría en adelante en cada gesto, en cada acción, en cada trampa. El metro inició su marcha, acomodó la gabardina, adoptó posición de hastío y se auto consoló con la idea matriz de su vida. Dinero, lo conseguiría a cualquier precio. Alguien en la banca en frente la miró, también su gabardina empapada dejaba caer gotas al piso del vagón, blanco, rasgos indefinidos, ¿moro? ¿descendiente de moros? Los años posteriores delataron el dinero, banquero para sus amistades -odio esa palabra- empleado de banco para su lastimado fuero interno. Apellido nuevo en su cédula, familia luego desechada una vez logrado su objetivo. El “banquero” empobrecido fue abandonado a su suerte.
Una libretita de cubierta roja en cuerina, una cinta para señalar la página donde escribía sus asuntos, el calculado olvido de esa libretita en alguna silla de la sala de espera del consulado de su país, sitio predilecto de sus andanzas, “¿es tuya esta libreta? Asombro casual, hola cómo estás, la carta de presentación con direcciones de personas prestantes de su país convertidos como por arte de magia en sus amigos, sí bien ellos jamás cruzaron más de una palabra con la chica de ojos canela, mirada dulce, sonrisa cautivante y andar un tanto disperso. ¿Trabajo? Noo por Dios, yo vivo en Versalles. Ropas de última moda, zapatillas de tacón bajo, una larga lista de cuentas por pagar y nada por recibir. Cambios insospechados de dirección y el honor de las deudas a salvo. Paseos, viajes a países vecinos, el aroma del dinero filtrándose por entre los recovecos de sus torceduras delictivas, parecerse cada vez más a los que tienen, imitar sus buenas maneras, aprender del glamour de los grandes almacenes, de la fina cultura de la mesa francesa, cubiertos de mesa, tenedores de tamaños crecientes, cuchillos de tamaño decreciente, cucharillas de tamaños idénticos y el interrogante de para qué tanta repetición, cucharas de tamaños disímiles para terminar por convertirse en objetos camuflados en su bolso de coleccionista en la fantasía de anfitrionas de élite, cada pieza con la utilidad precisa con cada alimento, las ostras engullidas con la elegancia de una cortesana, meñique levantado; los aperitivos, la disposición de los pasabocas antes de un almuerzo, eso sí, no levantarse de la mesa sino después de cuatro horas de charlas insulsas, temas de moda, la política y un poco de cultura, ¡qué pereza! Los libros, la literatura, la ciencia, las matemáticas eran detestados con ahínco, sólo el dinero que ahora fluía generosamente copaba toda la atención del día a día. Las correspondencias de familia eran desechadas unas, guardadas otras en donde su nombre era mencionado con diversos sentimientos de ingratitud, soberbia, orgullo, tesón, miseria, le servirían luego para vengarse de sus contradictores, no importaban ya sus lejanos padres que en mala hora unieron sus asquerosos genes, no importaban sus hermanos tan normalitos ellos, no importaban las facturas con avisos de requerimiento judicial de cobro, ya otros pagarían por ella. Lazo rojo, el paquete de cartas celosamente escondido en cajas de latón que alguna vez tuvieron galletas y otras golosinas. Alguna vez le sacaría provecho.
Sentí algo así como un aleteo de viento gélido sobre mi cabeza, me agaché instintivamente, evadí el peligro y luego miré a la nada, un escalofrío recorrió la espina dorsal mientras el susurro se alejó con la tarde justo cuando, como tantas otras veces, recibía un dinero fruto del trabajo de una semana, de un mes cualquiera. Carambas, me dije, es como si lo olieran. A la mañana siguiente una llamada del exterior confirmó la premonición. Ahora que ha pasado el tiempo y las noticias desalentadoras de aquellos que también sintieron esos aleteos y sufrieron el engaño se han repetido con mayor fuerza vuelvo a sentir ese desagradable ruido asombrándome de la capacidad de maldad del ser humano. Seguí mi camino.
Recordó la caja de colores Prismacolor y las hojas de dibujo con los que en ese séptimo piso de ese lejano hospital descubrió que era hábil para pintar, luego sería una moneda de canje en el colegio, tú me ayudas con los exámenes de matemáticas que para eso resulté muy brutica y yo te ayudo con las pinturas en las clases de dibujo. Trueque a cambio de algo, una buena blusa, una falda de moda, unos zapatos elegantes y un interrogante de sus padres ¿de dónde saca esa chiquilla dinero para comprarse tanta ropa? Una tienda de pinturas, un caballete, acuarelas, pinceles, óleos, bastidores, colecciones de pinturas con el color negro, el otoño y los árboles desnudos, cielos oscuros, lluvias sin fin, en un permanente discurrir sin cambio aun con los cielos brillantes de los interminables veranos y primaveras, despreciados en tanto los sinuosos troncos de los árboles en bosques tupidos le recordaban las raíces que mutaban en colores violáceos, rojos, negros, gotas de sangre del desesperante acto de querer arrancarlas de sus laceradas piernas, y de pronto flores de hortensias en todo su cuerpo ahorrando increíblemente su hermosa carita, protuberancias amarillentas con sinuosas líneas rojas, excrecencias repugnantes emergiendo en espalda, pecho, abdomen, y piernas sin respeto por sus antiguas cicatrices. Rápida consulta médica, otro diagnóstico terrible, “resultado de otra situación autoinmune, se exacerba con el estrés” El llanto, su tono de voz, su ruego por un ¡no más! Buscó apoyo, recorrió sendos hospitales con sugerencias amistosas, consideró a las brujas y adivinas, supo de otros desenlaces y ninguno que curara el terrible mal, viajes al Mar Muerto, el barro, sí, untado en todo el cuerpo, baños de lodo, sí, vaya allí niña, vaya. Enterrada en un hoyo de ese lúgubre mar añoró sus constantes devaneos con mujeres de alta clase social a quienes cuidaba en las noches para ganarse el sustento, no había más, nunca pisó una universidad, dilapidó el tiempo en sueños de princesa y el tiempo cobró lo suyo. El alarde de conocer a una gran escritora ya longeva de quien ostentaba cerrada amistad -odio esa palabra- recortes de periódicos con entrevistas a esa mujer famosa a quien le limpiaba el culo en su oficio nocturno “yo soy amiga de ella” ese nombre prodigó créditos en tiendas y el engaño siguió su curso, cuidándose de no volver a pasar por allí donde las cuentas sin pagar aumentaban día a día. Vaya. Sacudió el mal vivir, limpió el barro petrificado de su cuerpo con el agua salobre y fresca, tomó camino al hotel muy cerca del Mar Muerto, se detuvo en el vestíbulo girando su cabeza para ver pasar un hermoso automóvil Audi, negro, “como el que tuve en España, pobre mi primo, que tumbada le pegué”. Soltó una sonora carcajada disculpándose con la recepcionista ya recelosa de esa bonita mujer de caminar desigual y risa triste.
¿Se supo algo de ella? No, ninguna noticia hace años. En un café de vidrieras generosas veo pasar al transeúnte ajeno a la nostalgia. La tarde calurosa es esquivada dentro de la lujosa cafetería donde las aspas de los ventiladores giran con un ritmo lento, agobiante como el sopor, calor asfixiante. El sonido de una llamada cualquiera a mi celular es la evocación del graznido de llamadas a cientos de personas afines a la madre a quien maldijo toda la vida; a todos ellos lanzó consejas, insultos, mentiras y delitos comprometiendo a sus hermanos; el olor a dinero enloqueció sus instintos. Una herencia exigua en poder de su madre a quien de repente decidió amar y proteger contra los ladrones, ¡dinero, dinero! que para su fantasía fueron miles y miles de euros acabó por trastornar su ecuanimidad; denuncias, largos procesos judiciales, la ignorancia de la ley de su país, su certitud de reina de fantasías en la creencia de benevolencia para sus exigencias atolondradas y temerarias chocaron contra evidencias y mentiras urdidas en tiempo irreal, intentos de fraude, intentos de suplantación, sobornos, falsos testimonios, conciliaciones, contra demandas, cierre de fronteras, pasaportes obsoletos, aislamiento de toda la familia, acabó con todo y con todos; un residual ostracismo pesado, lama verde hundiendo el poco afecto de quienes antes fungieron como sus amigos -siguió odiando esa palabra- parásitos chupasangre que medraron a costa de su incesante búsqueda de entender la razón de ser en este mundo perverso. Todos ellos hundidos en la profunda ciénaga del olvido.
Tomo un sorbo de café de la tierra, miro al centro de la mesa, luego a mi interlocutor, pregunto acerca del Rey Midas, asiente en la aseveración, interroga el porqué de esa mención. Ella fue desgraciada en la vida, una víctima atormentada por su destino nunca tuvo final de sueño de princesa, en cambio se puso a la tarea de volver mierda a todo ser humano que se le acercara.
Nunca se supo más de ella.
Edgar Arcos
Pasizara, febrero 2.026
Sobre el autor
Edgar Arcos Palma
El Catabre
Escritor nacido en Pasto (Nariño). Autor de las novelas “Yaguargo” (2021) y “Escalera al vacío” (2023). Médico de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá) y endocrinólogo de la Universidad René Descartes (París, Francia). Es miembro del comité editorial de la revista Estafeta. Publica sus cuentos en la revista Estafeta y PanoramaCultural.com.co.
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