Literatura
El primer soplo del carrizo

En la música tradicional del Caribe colombiano, el millo —también llamado carrizo— es uno de los instrumentos más antiguos y singulares dentro de la organología de las músicas tradicionales de la región.
Su sonido áspero y vibrante, que parece dialogar con el viento, acompaña danzas como la cumbia y muchas músicas de carnaval. Sin embargo, como ocurre con muchos instrumentos populares, su origen se pierde entre la historia, la memoria oral y la imaginación colectiva.
El texto que sigue no pretende reconstruir ese origen desde la investigación histórica, sino desde el territorio del mito. A partir de elementos simbólicos presentes en la tradición oral del Caribe —el viento, el monte, el río y la escucha de la naturaleza—, el relato propone una posible historia fundacional del millo: el momento imaginario en que un hombre descubre que el sonido no se conquista, sino que se recibe.
Se retoma la figura de Agripino, un cañamillero legendario presente en la memoria oral de la Isla de Mompox, y se le hace figura central del relato, expandiendo la fábula relatada por el maestro cañamillero Aurelio Fernández Guerrero.
Más que explicar el nacimiento de un instrumento, el mito intenta sugerir una idea que atraviesa muchas culturas musicales: antes de soplar, hay que aprender a escuchar. En esa escucha del viento y del monte se funda no solo la música, sino también una forma de relación con la naturaleza y con la comunidad.
El mito de origen propuesto
Cuentan los viejos que hubo un tiempo en que no había música en la Isla. Había agua, candela, tierra fértil y mucho viento. Pero el viento pasaba de largo y nadie sabía retenerlo.
Vivían entre la creciente y la sequía, entre la canoa y la tierra firme que nunca era del todo firme.
Los hombres cantaban mientras desenredaban las redes y golpeaban el agua con la atarraya, mientras cortaban leña o cazaban en los pastizales, pero sus cantos se quedaban pegados al pecho. El viento no respondía. El río escuchaba, sí, pero no devolvía ni una sola palabra. Las mujeres cantaban mientras ordenaban el mundo del bohío, cuidaban a los menos fuertes, y oraban a la luz de las fogatas, pero sus cantos no llegaban más allá de sus manos. El viento no respondía. El río escuchaba, sí, pero no devolvía ni una sola palabra.
En ese tiempo primero, cuando todavía la noche era más oscura y no había otra luz que la de la luna sobre la ciénaga y las luciérnagas, vivía un pescador al que después llamarían el primer cañamillero. Se llamaba Agripino. No era más fuerte que los otros ni más sabio. Solo tenía el oído atento. Mientras bogaba, tarareaba melodías que no sabía de dónde venían, como si alguien se las susurrara al oído y se las sembrara en la garganta.
Una tarde, estando el agua quieta y las Calandrias parecían clavadas en el cielo, el viento cambió de rumbo. No vino de arriba como el Martín pescador: salió del carrizal. Un murmullo que parecía susurrar su nombre.
Agripino dejó de remar.
El carrizo se movía sin que el agua se agitara. Y entre ese temblor, escuchó un sonido más antiguo que su propio canto: un silbo grave, profundo, como si la ciénaga respirara. Entonces comprendió que el viento no era vagabundo. Como todos, tenía una madre. Y que esa madre no vivía en las alturas, sino en el fondo del agua, que todo lo sostiene.
La madre del viento era la Madre Monte: la que guarda en el barro la memoria de los que nacen y de los que mueren, la que gobierna las lluvias, las crecientes del río y todos los animales.
Se hizo sentir en la neblina que humedeció el aire, en el temblor del junco y la taruya, en la piel erizada del pescador. El viento no se persigue —parecía decirle—. Se escucha. Y cuando estés listo, entrará en ti.
Agripino extendió la mano hacia el carrizo. No lo arrancó de inmediato. Esperó. El viento volvió a pasar y el junco vibró entre sus dedos como si estuviera vivo.
Esa fue la primera vez que un hombre entendió que el aliento no le pertenecía y que había que estar preparado para recibirlo.
*
Agripino cortó el carrizo al amanecer, cuando la neblina todavía no había levantado. Lo hizo con cuidado, como quien pide permiso. No tomó el más grueso ni el más alto, sino el que había vibrado bajo sus dedos la tarde anterior.
Lo llevó al bohío y, durante días, no logró que sonara. Soplar no era suficiente. El viento se le escapaba por las manos como agua entre los dedos. A veces salía un chillido seco que asustaba a los perros; otras, apenas un suspiro que moría no más nacer.
Pero recordó lo que la Madre Monte le había insinuado: el viento no se persigue.
Entonces, dejó de soplar con fuerza, guardó el carrizo en su mochila y empezó a escuchar primero. Cargaba con él para todas partes y en las noches lo colgaba en la cabecera de su hamaca. Lo apoyaba en el pecho apenas amanecer, lo giraba hacia el río mientras bogaba, lo alzaba hacia la brisa de la tarde. Un día, sin darse cuenta, el sonido salió distinto. No era un sonido destemplado sino una caricia. Un llamado.
Los hombres que remendaban redes levantaron la cabeza. Las mujeres dejaron quietas las manos sobre el pilón. Los niños guardaron silencio mientras jugaban.
El río respondió con un pequeño remolino en la orilla.
No fue una canción completa. Fue apenas una hebra de aire afinado. Pero eso bastó.
Desde entonces, en los descansos de la pesca, Agripino soplaba el carrizo y el sonido iba creciendo, mejorando. Primero aprendió a imitar el canto de la tanga gaviota cuando planea sobre la ciénaga. Luego, el silbo del martín pescador al lanzarse en picada. Después, el sonido del pundungo, el toche, el ponche y el rumor de la creciente cuando se anuncia desde lejos.
La gente empezó a reunirse cuando lo escuchaba. No porque él los llamara, sino porque el viento ya sabía el camino hasta sus oídos.
En la primera fiesta en que el millo sonó junto al tambor y las palmas golpeadas contra el cuerpo, algo cambió. No era solo baile. Era autorreconocimiento. El sonido parecía ordenar el mundo, como si el aire encontrara por fin su cauce en el cuerpo de los que danzaban.
*
Y fue entonces cuando la espesura del monte volvió a cerrarse. No ocurrió de golpe. Primero fue un cambio en el aire. El sonido del millo empezó a subir más alto de lo necesario, como si quisiera dominar al viento en vez de caminar con él. Algunos decían que Agripino ya no escuchaba antes de soplar. Que ahora el soplo era más fuerte que la espera.
La fiesta se extendió hasta la madrugada. Las fogatas ardían, los cuerpos giraban y el millo parecía no querer callar. Fue en medio de ese júbilo cuando el carrizal del otro lado de la ciénaga respondió. No era eco. Era otro soplo, otra nota.
Un sonido igual de antiguo, pero más áspero, más cerrado. Como si el viento hubiera decidido resonar por su cuenta, sin mediación humana.
Los perros aullaron. La neblina descendió más espesa. La orilla del agua se volvió confusa.
Agripino sintió que el carrizo vibraba entre sus manos con una fuerza distinta. Sintió que ese sonido era, en realidad, un desafío.
Del lado oscuro de la ciénaga, al otro lado del carrizal emergió una figura. No tenía rostro fijo. A veces parecía hombre, a veces sombra, a veces simple movimiento entre las hojas.
Le soltó una melodía fuerte, aturdidora. Agripino contestó con otra brillante, luminosa.
No era una pelea de gritos, sino un cruce de respiraciones. Uno lanzaba un motivo breve; el otro lo devolvía transformado. Uno ascendía; el otro descendía. El sonido se enredaba como bejuco sobre bejuco.
La comunidad guardó silencio. Ya no era fiesta. Era prueba.
La espesura se hizo tan densa que nadie distinguía dónde empezaba el río y dónde terminaba la tierra. Algunos sintieron miedo. Otros cerraron los ojos.
Entonces Agripino recordó la tarde primera: que el viento no se persigue.
Bajó el carrizo. Escuchó.
El contendor sopló una nota larga, sostenida, como si abriera el pecho de la noche. Agripino no respondió de inmediato. Dejó que ese sonido pasara por su cuerpo. Cuando volvió a soplar, no buscó vencer. Buscó acompañar.
Las dos melodías empezaron a acompasarse en lugar de oponerse.
El aire dejó de chocar. Comenzó a fluir.
La neblina se levantó poco a poco. La espesura retrocedió como agua cuando baja la creciente. El carrizal dejó de temblar.
No hubo derrota al final. El contendor se disolvió en el mismo viento que lo había traído.
Y la comunidad entendió que el millo no era arma ni trofeo. Era puente.
Desde esa noche, cada vez que el millo suena en la Isla —en nacimiento, en fiesta o en velorio— no lo hace para imponerse sobre el río, sino para recordar que el aliento que lo mueve viene de más lejos que el pecho humano.
Por eso, cuando la creciente sube y el agua reclama su espacio, el millo no calla: dialoga.
Cuando la sequía aprieta y el barro se agrieta, el millo no ordena: acompaña.
Dicen los viejos que por eso la música aquí no espanta al viento. Lo hospeda.
Y que fue así como aprendimos que no somos dueños del aire ni del agua, sino hijos de la tierra que respira.
Luis Carlos Ramírez Lascarro
Sobre el autor
Luis Carlos Ramirez Lascarro
A tres tabacos
Luis Carlos Ramírez Lascarro (Guamal, Magdalena, Colombia, 1984). Historiador y gestor patrimonial, egresado de la Universidad del Magdalena y Maestrante en Escrituras audiovisuales en la misma universidad.
Autor de los libros: Confidencia: Cantos de dolor y de muerte (2025); Evolución y tensiones de las marchas procesionales de los pueblos de la Depresión Momposina: Guamal y Mompox (en coautoría con Xavier Ávila, 2024), La cumbia en Guamal, Magdalena (en coautoría con David Ramírez, 2023), El acordeón de Juancho (2020) y Semana Santa de Guamal, Magdalena, una reseña histórica (en coautoría con Alberto Ávila Bagarozza, 2020).
Ha escrito las obras teatrales Flores de María (2020), montada por el colectivo Maderos Teatro de Valledupar, y Cruselfa (2020), monólogo coescrito con Luis Mario Jiménez, quien también lo representa. Su trabajo poético ha sido incluido en antologías como: Quemarlo todo (2021), Contagio poesía (2020), Antología Nacional de Relata (2013), Tocando el viento (2012), Con otra voz y Poemas inolvidables (2011), Polen para fecundar manantiales (2008) y Poesía social sin banderas (2005), y en narrativa, figura en Elipsis internacional y Diez años no son tanto (2021).
Como articulista y editor ha colaborado con las revistas Hojalata, María mulata (2020), Heterotopías (2022) y Atarraya cultural (2023), y ha participado en todos los números de la revista La gota fría (No. 1, 2018; No. 2, 2020; No. 3, 2021; No. 4, 2022; No. 5, 2023; No. 6, 2024 y No.7, 2025).
Entre los eventos en los que ha sido conferencista invitado se destacan: Ciclo de conferencias “Hablando del Magdalena” de Cajamag (2024), con el conversatorio Conversando nuestra historia guamalera; Conversatorio Aproximaciones históricas a las marchas procesionales de los pueblos de la Depresión Momposina: Guamal y Mompox (2024); Primer Congreso de Historia y Patrimonio Universidad del Magdalena (2023), con la ponencia: La instrumentalización de las fuentes históricas en la construcción del discurso hegemónico de la vallenatología; el VI Encuentro Nacional de Investigadores de la Música Vallenata (2017), con Julio Erazo Cuevas, el juglar guamalero; y el Foro Vallenato Clásico (2016), en el marco del 49º Festival de la Leyenda Vallenata, con Zuletazos clásicos.
Ha ejercido como corrector estilístico y ortotipográfico en El vallenato en Bogotá, su redención y popularidad (2021) y Poesía romántica en el canto vallenato: Rosendo Romero Ospino, el poeta del camino (2020), donde además participó como prologuista.
Realizó la postulación del maestro cañamillero Aurelio Fernández Guerrero a la convocatoria Trayectorias 2024 del Ministerio de Cultura, en la cual resultó ganador; participó como Asesor externo en la elaboración del PES de la Cumbia tradicional del Caribe colombiano (2023) y lideró la postulación de las Procesiones de semana santa de Guamal, Magdalena a la LRPCI del ámbito departamental (2021), obteniendo la aprobación para la realización del PES en 2023, el cual está en proceso.
Sus artículos han sido citados en estudios académicos como la tesis Rafael Manjarrez: el vínculo entre la tradición y la modernidad (2021); el libro Poesía romántica en el canto vallenato: Rosendo Romero Ospino, el poeta del camino (2020) y la tesis El vallenato de “protesta”: La obra musical de Máximo Jiménez (2017).
0 Comentarios
Le puede interesar
El 34 Festival Internacional de Poesía de Medellín reúne a 40 países
Con la inauguración en el emblemático Teatro al aire libre Carlos Vieco del Cerro Nutibara, el Festival Internacional de Poesía ...
El azufre en las espaldas
Él aprendió a escribir en la tierra. No era un niño sino un floreciente volcán, cuando su mamá convirtió una rama en una tiza y...
El silencio de las sirenas, el cuento breve de Franz Kafka
Una demostración de que también recursos insuficientes y hasta pueriles pueden servir como medios de salvación: Para preservar...
Leonardy Pérez, sembrando poesía para cosechar una nueva sociedad
Donde se encuentran los sueños con la lírica y la esperanza habita Leonardy Pérez Aguilar. Ese lugar intangible comenzó a ser...
La parada del bus
Ha caído la tarde del lunes. La penumbra es fresca y sosegada en La Paz. Espero en la oficina de transportes la hora del embarque. Voy...










