Literatura
Rafael Orozco, la voz del amor (III): la historia detrás de la canción "Momentos de Amor"

Antes de cantarle la primera estrofa de aquella icónica canción, Meneses le contaba a Rafael Orozco cómo y dónde se inspiró "Momentos de Amor".
En la brisa densa y húmeda del río, Fernando Meneses encontró finalmente el sosiego que tanto anhelaba. El vaivén rítmico de la hamaca, colgada entre dos horcones de madera vieja, y los cantos de cabuya hacían bulla con un lamento sordo; esto terminó por adormecerlo en un calor que mezclaba el cansancio físico con la derrota espiritual. Intentaba olvidar, sin conseguirlo, aquellos ojos grises dibujados sobre un rostro inmaculado; una imagen persistente que lo había perseguido sin tregua desde las calles de la ciudad hasta estas riberas olvidadas por Dios.
Allí, en el brazo del cauce llamado Morales, en el pueblo de Río Viejo, Bolívar, Fernando llevado por las normas de la gran institución curaba las heridas del cuerpo con lo aprendido en el claustro universitario, recetando con pulso firme ungüentos y fórmulas para las fiebres palúdicas de los pobladores que llegaban buscando alivio a sus males. Sin embargo, las heridas del alma eran otra vaina. En la facultad de medicina no le habían enseñado que la quinina era sorda ante el llanto contenido, ni que el Mejoral resulta una sustancia inútil cuando se intenta combatir la ausencia.
Sobre el caño, una hembra de manatí emergía silenciosa para alimentarse de la taruya, rompiendo apenas la superficie turbia del agua. El Río Grande de la Magdalena se renovaba majestuoso ante sus ojos, recibiendo con una paciencia infinita las aguas cristalinas que bajaban con fuerza desde la quebrada de Norosí.
Desde la imponente serranía de San Lucas, la brisa llegó cargada con el olor de la tierra húmeda y, con ella, la inspiración y aquellos versos. Fernando descubrió en ese instante preciso cómo se cura realmente el mal de amor: transmutando la poesía. No se trataba de una fórmula médica convencional, sino de un acto puro de alquimia emocional.
Buscó con desesperación en su mochila de lana, aquel regalo del sabio Mamo en Pueblo Bello, el viejo cuaderno de apuntes cuyas hojas mostraban ya las manchas del tiempo y el rastro inclemente de la humedad del trópico. Comenzó a escribir rápidamente, tal como lo hacía con las fórmulas para aliviar los achaques de los moradores que hacían fila en su puerta. Sus dedos volaban sobre el papel, traduciendo el vacío del pecho en estrofas preñadas de alegorías.
Minutos después, dejó la pluma y levantó la grabadora de cronista que siempre lo acompañaba en sus jornadas. Con voz queda, casi en un rezo o una letanía, comenzó a murmurarle la melodía que le dictaba el lado espiritual, una vaina que solo entienden los poetas. Era un canto que nacía de las mismas tripas, una estructura de lírica y sentimiento que se elevaba sobre el rumor del agua. En ese momento, cientos de pisingos llegaron en bandada intentando distraerlo con su algarabía, pero la iluminación no se detuvo; el trance era absoluto. Fernando comprendió entonces que el dolor de la ausencia solo lo aliviaría la pronta catarsis de la pena sufrida. Esa tarde, frente al río que todo se lo lleva, el médico terminó de sanarse a sí mismo a través de aquella canción. La brisa del Tucurinca que los que trajeron las malas costumbres y las enfermedades de ultramar rebautizaron como Río Grande de la Magdalena terminó por llevarlo a un sueño intenso y reparador.
A la mañana siguiente, el mundo real volvió a reclamarlo. Lo despertaron con un marconi que traía noticias urgentes: debía trasladarse a Codazzi sin demora. Un enorme Johnson lo llevó surcando las aguas hasta La Gloria, y de allí emprendió el camino hacia aquella hermosa población a bordo del camión mixto llamado "Dios es bueno", llevando en su mochila el remedio curador de penas del alma y el corazón.
Aquella mañana llegó a la población de Espíritu Santo, ahora Codazzi; esta apenas despertaba bajo el canto de los gallos, el bramido del ganado y los rezos a la Divina Pastora. Por esas vainas raras de la vida, en la entrada del pueblo, un merolico anunciaba por una trompeta Radson una caseta donde cantaría Rafael Orozco.
Eliécer Jiménez
@drjimenez1a
Sobre el autor
Eliécer de Jesús Jiménez Carpio
Juglares, Espantos y Aparatos
Eliécer de Jesús Jiménez Carpio nació en el Caribe colombiano, en el municipio de Ariguaní (Magdalena). Inició su formación académica en la fría Santa Fe de Bogotá y la culminó en la alegre Barranquilla. Posteriormente, se trasladó a México para realizar sus estudios profesionales, donde se desempeña como odontólogo especialista en Ortodoncia, Prótesis e Implantes Dentales. Además de su labor en odontología, es un poeta de la vida, un pescador de historias y un escultor de paisajes llenos de realismo mágico. Su inspiración proviene de realidades universales que moldea en el jolgorio del paisaje caribeño. Ha escrito once libros, de los cuales cinco han sido publicados por Editorial Ibañez: Cuentos del Tucurinca, Crónicas del Ariguani, Guille La Prostituta, Historia de Piaches, Juglares Espantos y Aparatos; numerosos pensamientos, crónicas, ensayos y cuentos cortos que trascienden la dialéctica y reflejan la cotidianidad, la magia y el folclore. Es el presidente fundador del Festival Vallenato de Monterrey, que cuenta con doce ediciones. Asimismo, ha participado como conferencista internacional en temas como el folclore colombiano, la motivación personal, diversas áreas de la odontología y la Diabetes. Ha sido invitado a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara y Monterrey (México), así como en Bogotá (Colombia). Además, es miembro y embajador plenipotenciario del Parlamento de Escritores de la Costa en Cartagena (Colombia), destacándose también como promotor cultural gastronómico y deportivo.
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