Literatura

Visiones de un Caribe diverso

Samuel Whelpley H.

06/05/2026 - 06:45

 

Visiones de un Caribe diverso

 

Sobre la poética de Pequeño mal de María Matilde Rodríguez y Retrato de una mujer en silencio, de María Angélica Pumarejo.

La editorial Corazón de Mango, que dirige la poeta Beatriz Vanegas Athías, presenta en su serie “Dos poetas en una”, la obra poética de dos hijas del Caribe, esa compleja construcción cultural que en multitud de ocasiones ha sido poco entendida en el discurso político colombiano. Hablamos de María Angélica Pumarejo, vallenata, quien nos presenta sus poemas agrupados bajo el título Retrato de una mujer en silencio, y María Matilde Rodríguez, sanandresana por decisión, con los poemas reunidos en Pequeño mal. A simple vista, voces diferentes, pero unidas por lazos invisibles pero profundos.

Haciendo una digresión inicial, el Caribe como construcción cultural ha dado cinco premios Nobel de Literatura. Dos de ellos de poesía: el santalucense Derek Walcott y el francés, nacido en la isla de Guadalupe, Alexis Léger, más conocido como Saint-John Perse. El uno, un criollo en el sentido más general del término (Walcott) (1), y el otro, un “beké” (2). Diferentes, pero caribeños, padres de una línea cultural que se puede trazar hasta nuestras autoras: María Matilde como heredera de Walcott y María Angélica como heredera de la línea de Saint-John Perse.

La poética de María Angélica es una combinación de poesía reflexiva, pensada, elegante, contenida, de gran sobriedad, que nos brinda una mirada al pasado de una mujer en un intento de describirla: una autora que recuerda con cariño sus relaciones familiares en una casa en el valle con sus padres y hermanas:

“Solo papá dormía a mi lado hasta el amanecer,
vigía eterno de los latigazos de mi alma.”

(Insomnio de la infante)

“Las hermanas mayores son destino,
como las brisas de diciembre son certeza
y uno va, corre y abre la ventana.”

(Amor)

Todo ello unido a valoraciones críticas sobre el ser mujer y la violencia que contra ellas se sucede diariamente:

Una pequeña niña
aceitada y vencida,
silencio de la tarde,
desesperación de la noche,
no será ya nombre.

Cada día, hay madres
que recorren las calles
recogiendo pequeños zapatos de charo
l.
(Desgracia)

Una poesía de escritura cuidada, pudorosa si se quiere afirmar, que abreva en los poemas de Anne Carson, Wislawa, Jorge Gaitán Durán, Juan Manuel Roca, para crear una serie de poemas sutiles, reflexivos, con bellas figuras literarias que muestran el profundo conocimiento de la autora de la literatura. Y aquí me permito una digresión: María Angélica es la autora de una de las novelas más interesantes y ambiciosas de la literatura colombiana de los últimos años: Una canción para Ethan, que merece mucha más atención de la que se le ha dado.

No es una poesía citadina, de ciudades y preocupaciones de la vida en ellas; es una poesía llena de jardines, de infancia, donde una niña asombrada puede descubrir el mundo, que nunca más la va a abandonar:

Una niña se empina, trata de abrir con sus dedos la persiana de vidrio que impide
que entre el polvo o el ruido, o la calle. Hay faldas de campana, zapatos de tacón,
una rueda de bicicleta y en los pedales unas botas blancas, también un pantalón
de flores en unas piernas flacas, una envoltura de papas fritas, dos botellas
cuelgan de las manos de unos brazos secos, una bolsa con plátanos maduros, un
carrito lleno de pan, una volqueta cargada con ladrillos rojos.

(Por la ventana)

Si la poesía de María Angélica mira hacia adentro y se ata al Caribe a través del paisaje de su Valle de Upar natal, a la manera de las plantaciones de infancia en las que vivió el joven Alexis Léger, en la poesía de María Matilde Rodríguez, el paisaje vuelve y se hace familiar. Desde su infancia en su Barranquilla natal, en el seno de una familia disfuncional, a su estadía por decisión en San Andrés, vemos desfilar un Caribe diverso y más cercano a lo que conocemos: a la cumbia se une el calypso, el reggae, el konpa, la soka, la propuesta musical del costarricense Walter Ferguson, para crear una poesía con ecos de Derek Walcott, el recientemente fallecido poeta haitiano Frankétienne, el dominicano Frank Báez, la obra de Maryse Condé, la diva de Trinidad Calypso Rose y el mexicano Rodrigo Balam.

A la poesía de María Matilde hay que tomarla en serio: en ella se perciben ecos del citado Walcott de El reino del Caimito, y para quienes nacimos en el caribe el paisaje se hace familiar. Y hay que tomarla en serio porque detrás de ese mundo colorido detrás subyacen estructuras opresivas contra las mujeres y las minorías, historias de sangre, tragedias como las desapariciones que están presentes en ese crisol (o albañal como le gustaba decir a Borges) que es el Caribe de hoy presentes en estos poemas, como un pequeño mal, una molestia de cuerpo que soportamos con una mezcla de resignación y estoicismo. Vuelve la infancia y la familia, en este caso con su carga de violencia doméstica:

Tal vez por eso madre dejaba poemas tristes al lado de mis juguetes
y cantaba
ven, pescadito, ven, que tus padres ya te llaman a comer
y el pescadito no venía

(Biografía inconclusa con acordes)

Nuevamente la violencia contra la mujer, a veces por la propia familia o por actores armados:

A los ocho, un hombre con bata blanca durante un año lamió y susurró en mi oído cosas que no entendí
y que ahora entiendo”

(Biografía inconclusa con acordes)

El árbol que, aunque quiso,
no pudo detener el tiempo
ni las balas
ni las balas
ni las balas.

(Canción del guarumo)

Aquí el jardín de infancia se vuelve paisaje habitual de violencia: ese bronco mar de Frank Báez, “que parece que vienes del gimnasio”, que sirve de escape y a la vez oculta tragedias y desaparecidos, donde las migraciones son cosas de todos los días, y donde confluyeron culturas europeas, africanas y nativas, en una historia que tuvo mucho de sangre, pero creó el mundo que hoy conocemos. Así, por ejemplo, es posible encontrar ecos de la antigüedad en poemas como Anfitrite, la diosa griega esposa de Poseidón:

Se sabe eternidad
Se sabe dios
Caldo de hembra
Destino de todo lo que existe con pavor y melancolía.

(Anfitrite)

O descubrir a Cesare Pavese y Tracy Chapman, con su desaliento y su crisis de ausencia:

Sé lo mejor que puedas dijo Pavese
Basta vivir y morir como las bestias,
evitar el cautiverio
tantear la geografía de tu manada
y, en lo posible, apartarte de los hombres y las máquinas

(Bestias II)

Una obra de 2 autoras nacidas en el Caribe diverso, pero universales. Quizás no quede mucho por ver de nuevo en este mundo, fuera de esperar la llegada del meteorito, pero estos poemas son un estremecimiento para recordarnos que hay algo más por encontrar.

 

Samuel Whelpley H.

@swhelpley

 

Acerca del autor:

Barranquillero, con un único título de ingeniero civil. Con un trabajo, una casa, una esposa, una hija y un gato. Ante todo, lector. A ratos escribe. Textos suyos han sido publicados en la Revista Huellas de la Universidad del Norte, Vía Cuarenta, y en diferentes blogs como El Diablo Viejo, La Cerbatana y varios que ha olvidado. Prologuista de libros poco leídos. No mucho más que eso.

 

Notas:

(1) Criollo es el descendiente de europeos, africanos o indígenas nacido en América durante la época colonial, representando una mezcla cultural y étnica que celebra la diversidad. Como tipo racial es indefinible.
(2) Beké es una expresión en creole que designa al francés blanco de las Antillas, descendiente de los primeros propietarios esclavistas y/o funcionarios coloniales.

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